sábado, 3 de septiembre de 2011

Huckleberry Finn




Da gusto cuando un crítico demuestra buen estilo a la par que erudición e inteligencia. Manuel Gregorio González reúne todas esas cualidades, como demuestra en su reseña que ha publicado recientemente en Diario de Sevilla de esta nueva traducción del clásico de Twain que ofrece Paréntesis:




Las aventuras de Huckleberry Finn. Mark Twain.Traducción José Miguel Martín. Paréntesis. Sevilla, 2011. 372 páginas. 16 euros En Las aventuras de Huckleberry Finn parecen unirse dos tradiciones de diverso linaje: la vieja novela picaresca, nacida en la España del XVI, y aquel ilusorio adanismo del XVIII, que tomó forma con el Robinson Crusoe de Defoe, el Emilio de Rousseau, y así hasta este Huckleberry de Twain o La isla del tesoro de Robert Luis Stevenson, publicada en Londres en 1883. Quiere decirse, pues, que en Las aventuras de Huckleberry Finn (1884) conviven cierto libertinaje infantil, cierta burla de las costumbres al uso, con una búsqueda de la pureza lejos de la horma civilizada. Esto significa, en primer término, que sus protagonistas son seres marginales, tanto por su equívoca moralidad como por su naturaleza itinerante. Pero también que estos pícaros del XIX dan cuerpo a una grave cuestión muy de la época; en la novela de Twain se plantea vivamente el problema de la libertad, de la remisión de la esclavitud, representada aquí por la figura del negro Jim, compañero de fuga de Huckleberry. No parece casual, por tanto, que Faulkner y Hemingway consideraran esta novela como el germen de la narrativa americana. Poe es todavía, en cierto modo, un escritor a la europea; en él se pueden rastrear con facilidad tanto la tradición británica como el influjo parisino. En Twain, sin embargo, no es sólo una vívida visión de Norteamérica, de cierta Norteamérica, la que nos abisma en un mundo ancho y desconocido, sino la irónica distancia con Europa, presente en su Guía para viajeros inocentes o en Un yanki en la corte del rey Arturo, y cuya burla nos indica ya una seguridad en la propia tradición, en el logro propio, inexistente aún en la primera del XIX. De hecho, en Las aventuras de Huckleberry Finn parecen desplegarse dos de las ideas rectoras que luego explotarían ambos escritores. Me refiero a la épica de Hemingway, al esencial vagabundaje en que se fundamentó su obra, y a la Naturaleza como una fuerza autónoma, larvada, ingobernable, fatídica, con la que William Faulkner construyó sus dramas. Así, en la memorable figura de Huckleberry vienen a conciliarse, sobre la herencia ilustrada, que postuló una nueva Arcadia lejos de la ciudad y el hombre, el eco de una antigua picaresca y la inmediata realidad del continente americano. Chateaubriand, en su Atala (1802), ya había tomado a los colosales bosques de Norteamérica como nuevo paraíso, no hollado por la civilización y el rifle. Pero allí eran dos nativos de la fronda virgen los protagonistas de la tragedia, mientras que en Las aventuras de Huckleberry Finn son los nuevos habitantes del país, ciudadanos y esclavos, quienes dan forma a una prolongada aventura, en la que se resume el vasto precipitado del carácter humano. Quiere esto decir que, lejos de tratarse de una fábula infantil, sustanciada en arquetipos de lo bueno y lo malo, Las aventuras de Huckleberry Finn recogen la compleja realidad moral de aquel momento, donde la esclavitud es el estímulo, el reactivo, bajo cuyo efecto se trasparece la naturaleza y el carácter de cada hombre. Es sabido que Twain, a última hora, abominó de la raza humana y de su expresión más antigua, la religiosa. De este modo, Twain, infatigable lector de la Biblia, devino en una suerte de profeta descreído, cuyo testimonio más notable, no publicado hasta bien entrado el XX, fue Los escritos irreverentes. No obstante, Huckleberry se sobrepondrá a su mentalidad esclavista, a la educación recibida de sus mayores, para propiciar la libertad de un amigo. Y este amigo no es un ser arcangélico y exento de mácula, sino un esclavo ignorante, supersticioso y leal, cuyo sueño era especular con su inexistente fortuna. Así, si no nos es dado negar la aciaga concepción del ser humano que habita la obra de Mark Twain, también es cierto que esos hombres fueron capaces de algo mejor que la rectitud y la obediencia. Huckleberry y Jim, fugitivos y errantes, navegando a oscuras por el Missisippi, soñaron la libertad bajo una luna adversa. Ese sueño inconcreto justificará sus vidas. Ese honorable empeño, expresado con el equívoco lenguaje del pícaro, y no con la ardiente prosodia del orate, justifica y salva la obra de Mark Twain. Da la impresión, en cualquier caso, de que Twain se declaró enemigo del Hombre, de su orgullo teológico, de su vanidad exasperada; nunca del perseguido y sus estigmas.

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