viernes, 16 de septiembre de 2011

Teotihuacan







En el Caixa Forum de Madrid y hasta el 13 de noviembre se puede ver una exposición, "Teotihuacan, ciudad de los dioses", en la que se muestran importantes restos arqueológicos de aquel lugar mágico del valle de México. También, para las próximas semanas, se anuncian conferencias sobre el papel de la urbe en Mesoamérica, sobre su arquitectura y urbanismo, sobre la lengua, la escritura y la iconografía, acerca de los murales o los sistemas funerarios... La última de ellas correrá a cargo de Diana Magaloni Kerpel, directora del impresionante Museo Nacional de Antropología de México.
Estuve en Teotihuacan a finales del pasado mayo, y naturalmente me dejó estupefacto. Subí a pie la Pirámide del Sol y me envolvió la fuerza telúrica del paraje, que sólo parcial y torpemente se asoma a este poema escrito días después y que va dedicado a la jefa de redacción de La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, que me llevó a las ruinas (¿ruinas esas construcciones colosales?). De ellas son también las fotografías (aunque el tratamiento del color en la segunda, porque hacía un sol de justicia de luz avasalladora, es mío).


POLVO DE TEOTIHUACAN


Para Moramay Kuri, que me acompañó


Rojo como el tezontle,

poroso al sol como esta piedra volcánica,

vas de una pirámide a otra

subiendo escalones, descendiendo

por pendientes agudas, pronunciadas

en una lengua nunca inteligible.


¿Quién levantó estas piedras,

qué profundos

túneles conducen a su inframundo esquivo,

tanto más extraño cuanto hondo,

no en la tierra: en el inconsciente y el eco

de poblaciones oscuras?


¿Quién pespunteó esta argamasa

con la piedra pómez que eruptaron

mitos como conos truncados,

como estas truncadas construcciones

a cuyo pie los frescos

en donde resuena el jaguar?


El ala del sombrero te protege

lo mismo de insolarte que del vértigo,

los ojos clavas como estacas que agarras

en los pies y en el estrechísimo suelo.

Casi reptando vas igual que la serpiente

por no ser esa águila que hizo

pitanza de ella sobre el cactus

y volar un instante para ser luego plomada,

último sacrificio sin creencia.


Como en el amor, jadeas

camino de la cúspide sin cráter,

las piernas apenas si resisten

y el sudor te bautiza nuevamente

en otro sacramento inmolatorio.


De pronto un vendaval remueve el polvo,

el súbito plumaje de la sierpe.

Nube veloz o remolino,

o presencia de un dios importunado.





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