domingo, 16 de octubre de 2011

El banquero




Para algunos, el poder (le pouvoir) es su pimienta (le poivre), lo picante, el aguijón o tábano que los empuja a moverse. Es tan evidente como obsceno que el financiero de marras no procuraba una satisfacción sexual con el abuso de la limpiadora; en vez de ello buscaba una relación de poder con la temporal esclava, cual es el uso de los violadores incluso cuando son impotentes (de nuevo, el poder, o su reverso). No había ahí nada de pasión, de amor, ni siquiera de erotismo. Y sí de prepotencia aliada al dinero, sobre el que ya escribió Quevedo líneas más exactas que las mías.

Se diría que plegándose a la caricatura mostrenca, en sus actos el banquero internacional fuera el pelele, la plasmación de las más burdas imágenes estereotipadas. Todo porque no quería pagar el francés y lo hizo a la fuerza, esa prerrogativa de los poderosos, cuando bien podía costeárselo con el –mucho– dinero que cobraba de todos nosotros, los de abajo.

Y como era una cuestión de poder, tengo para mí que el que iba para presidente de Francia no pensaba en la camarera de hotel cuando la ultrajaba o la prostitutía de un modo u otro, sino en violarnos a todos nosotros, que es lo que ha de ocupar la mente de un financiero que se precie.


(Desde aquí mi apoyo a los que, heterogéneos y tan confusos como yo, pero con una importantísima idea clara al menos, siguen estos días protestando contra Wall Street, el mayor cubo de basura del mundo)





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