domingo, 16 de octubre de 2011

El experimento de Inchkeith


Se la ve si se sobrevuela el estuario del Forth, cuando el aeroplano ya va bajando y al fondo se atisba la obra de ingeniería roja del puente. Desde mi ventanilla, la isla entera en el ojo de buey algo oblongo, casi un retrato oval.
En 1493, el rey de Escocia Jacobo IV ideó un experimento linguístico: trasladar a la isla despoblada a dos bebés con una nodriza muda, para que, llegada la edad en que los niños echan a hablar, saber qué lengua empleaban y, de ahí, cuál era el lenguaje de Dios. Con las turbulencias del final de su reinado, no se sabe a ciencia cierta cuál fue el resultado, y el cronista que refiere el episodio anota que "aunque hay quien dice que salieron hablando un buen hebreo, yo esto sólo lo sé de oídas". Empírica gente, la grey escocesa.
Más racional, Sir Walter Scott demostró que su romanticismo no estaba reñido con la sensatez, y aventuró que lo más probable es que los críos imitaran los gruñidos y chillidos inarticulados de su muda cuidadora; o que, con más seguridad incluso, emularan el balar de las ovejas y cabras de la ínsula.
Y lo repetía yo la otra tarde en el taller de poesía, a cuenta de lo necesario que es el cultivo de las palabras, del aprendizaje en la expresión, porque, sabedlo ya, Sire, ni los niños ni los poetas avanzan mucho en el lenguaje sin la imitación y el ejercicio.


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