viernes, 4 de noviembre de 2011

La ciudad gris

Dublín, la capital de Irlanda, ha recibido de la UNESCO el título de ciudad literaria. Nada más justo. Pero además de escritores de aquella isla, no son pocas las huellas que ha dejado en la poesía española. Me viene a la mente ahora la "Alucinación en Dublín", de José Hierro; y los poemarios La llegada a Dublín, de Antonio Méndez Rubio o La llama del brezo, de Juan Manuel González, dedicado a toda la isla pero con escala dublinesa incluida frente a la Oficina Central de Correos, por no hablar de mis propios poemas, publicados o inéditos, algunos de los cuales han ido apareciendo aquí.
Ahora Toni Montesinos ofrece una segunda edición de La ciudad gris, el libro en que entretejió versos de amor en el escenario de una historia que es geografía urbana.
La grisura de Dublín, su lluvia, su celaje, están presentes en todo el poemario, pero de manera abrumadora, con su epífora que machaca como una lluvia tenaz, en el fragmento V (digo fragmento porque más bien hay que considerar el libro como un único poema).
Es una tristeza reconocible, por propia: "pero entonces el agua recuerda su fuente: / la misma nube -la misma soledad- / que vino del lugar dejado atrás." (XII) Idéntica idea reaparece más adelante: "Igual que esta ciudad / es la misma ciudad en cualquier lugar del mundo / si la penumbra, también, huye a mi lado." (XVI)
No son versos preciosistas, y a veces (y esto es crítica que se le hizo a Cernuda) parecen traducidos, quiero decir que no siempre son obedientes con la prosodia; pero tienen muy bien aprendida la lección de los modelos, en particular los que más vienen al caso: los irlandeses. En el XXIV hallamos un poema en que se enfrenta el ayer y el hoy en la mejor estela dialéctica de Yeats. O como en el XXX, en que percibimos un eco del "Diálogo entre el ego y el alma", de La escalera de caracol y otros poemas. Y, cómo no, hay alusiones a Joyce o a Synge o todo el catálogo de escritores del XLV.
Consigue Montesinos algunas imágenes poderosas, como "El dios del cielo toca el arpa de Irlanda", naturalmente refiriéndose a la lluvia. La gravidez del cielo, que se resuelve en orvallo, es, como debe ser en la poesía, el correlato de unas cenizas interiores.


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