miércoles, 19 de octubre de 2011

La Triple Corona





En el rugby, deporte que no sigo desde que dejó de jugarlo Jonathan Davies con Gales allá por el remoto siglo XX, la Triple Corona es un trofeo que se concede al equipo de las Islas Británicas (incluida Irlanda) que en el Trofeo de las Seis Naciones (cinco entonces) derrota a los otros tres. Excepción hecha de Irlanda, pues, las tierras de Inglaterra, Escocia y Gales.
Inglaterra, el reino hegemónico, hace siglos que tiene el puesto de Poeta Laureado, que ha pasado a ser Poeta Laureado de Gran Bretaña. Pero desde tiempos recientes, con la reinstauración del parlamento propio, Escocia tiene también su equivalente, el llamado Makar, que, si se piensa, no es sino Maker, Hacedor, Fabbro (il miglior fabbro llamó Dante a Arnaut Daniel, y siguiéndolo Eliot a Pound). Y en Gales existe también la figura del Poeta Nacional, el Bardd Cenedlaethol Cymru. Pues bien, en la actualidad los tres puestos lo desempeñan mujeres: Carol Ann Duffy por el conjunto de Gran Bretaña, Liz Lochhead por Escocia y Gillian Clarke por Gales. Por cierto, que su más recién aparecido poemario The Bees, Carol Ann Duffy lo dedica -¡en galés!- a Clarke, una interesante poeta que traduje en los años noventa por encargo del British Council para su revista Impressions.
Así que, lejos del rugby, la Triple Corona de la poesía en Gran Bretaña recae hoy en esas voces no ya emergentes sino plenamente afloradas, las mujeres. Lo cual no es intrínsecamente bueno ni malo, sino una muestra de normalidad.

Esta es la traducción que hice de un poema de Gillian Clarke:

EL MÚSICO


Con su alfombra salpicada como un Jackson Pollock,

de ropa, libros, instrumentos y la NME,

tecleaba todo el día, leía sonatas de Beethoven.

Decía que lo podía oír “como palabras”.

Comenzó piano, obseso, aquel crudo invierno

tocando Bartok de madrugada. Caía la nieve,

velo tras velo, hasta que ya no pudimos sacar el coche aparcado.

Me dormía con dos edredones y las pieles de mi abuela

y despertaba asfixiada en las noches luminosas

para oír las Danzas Húngaras entre la nieve, a la luz de la luna.

La calle bloqueada, inmaculada; la casa,

glacial; barrios silenciosos bajo acuosa blancura.

Al alba, oyendo a Debussy, lo encontraba

enguantado en mitones por el frío,

con el abrigo puesto. No se había ido a la cama.

La nieve se amontonaba en las puertas, llegaba a los alféizares,

obstruía el ático, ponía velos sobre las ventanas.

Olores, sonidos, colores y desechos yacían enterrados.

Soñé que la casa era una cripta con columnas de nieve,

una catedral ahogada que aguardaba el deshielo,

y desperté al oír las amortiguadas campanadas del piano,

un primer pianísimo de nieve desprendiéndose del tejado.



2 comentarios:

Sara dijo...

Dedico una parte de mi estantería de poesía a los libros que más releo, y entre ellos están todos los poemarios de Carol Ann Duffy... ¡y tu 'Lejos' también, of course! ¿Has traducido algo de ella? (si es así, me encantaría leer alguna de esas traducciones....)

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Pues gracias, Sara. Y no, no he traducido nada de Duffy. Quizás algún día...