miércoles, 5 de octubre de 2011

Martín Códax contra Michael Jackson





Al parecer, están juzgando en la tierra de El Coyote, allá en Nuestra Señora de Los Ángeles, al médico del pobre pelele que atendía al nombre de Michael Jackson. Nada menos aplicable que el epíteto o apodo de matasanos al doctor de ese enfermo con el que tuvimos que ser demasiado pacientes.
Era graciosillo al principio el niño Jackson, en su troupe fraterna y saltimbanqui. Luego, como no queriendo soltar las amarras con su infancia, y sabiendo que en la edad adulta o en la alta mar naufragaba, le dio por la pedofilia soft-core y atolondrada. Y a dar saltos que, centuplicados por regiones de imitadores en todas las legiones del mundo, hasta en la China, vinieron también a tener efecto en el pulgar de mi diestra, irrefrenable cuando buscaba el botón pertinente para cambiar de canal si él meneaba la pantalla del televisor.
Después se apagó él mismo. Recuerdo perfectamente esa noche. Los americanos, y más los de la costa occidental, siempre se levantan tarde, y por eso cuando yo volvía a mi habitación de un hotel de Vigo llegaba el primer coche policial a su casa, a levantarlo (el cadáver). Desde Galicia, tumbado sobre la colcha, por fin veía quieto a ese muchacho contra el que nada tenía salvo la agresión constante, que no es poco, de su sincopado movimiento y su música que me obligaban a escuchar a la fuerza en radios, televisiones y comercios, y que nada tenía de canciones de amigo.
Venía yo de una celebración cunqueiriana, primero en torno a un libro y de seguido en derredor de percebes, pulpo y demás delicias como ofrendas ante el altar de don Álvaro. No faltó, naturalmente, el toque lírico con el pertinente albariño que lleva el nombre de Martín Códax.
Así, alegre e hipnotizado por el rótulo "Breaking News" de la CNN, despedí a ese infortunado cuya muerte se juzga ahora y que me entretuvo, juglar póstumo y por una vez pasable, la pesada digestión, el tenaz insomnio. Si fuera magistrado junto a esas ondas del Pacífico, yo a ese médico, seguramente culpable, lo absolvería, pues no se puede matar a un zombie, a un muerto.
Con todo, seguramente estaré yo equivocado, porque el productor musical que ha ensamblado otro disco póstumo con grabaciones que dejó el acróbata, lo llama, sin tal vez ni quizá, a palo seco, "el mayor artista de nuestro tiempo".


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