jueves, 27 de octubre de 2011

Nombres



A veces creo que soy el más solitario de los hombres, aquí encerrado en mi cueva y delante de las páginas del ordenador o de la pantalla de un libro. Y sin embargo, recapitulo qué fue mi día de ayer y compruebo que mi aislamiento no es tal, o desde luego bastante menor de lo que presumo.
Ya por la mañana muy temprano contesté a José Manuel Benítez Ariza sobre su novela Ronda de Madrid, que sacamos en Paréntesis el mes que viene. Luego ojeo los libros -poesía, ensayo, novela- que tuvo a bien enviarme Javier Sánchez Menéndez, editor de la Isla de Siltolá, y me leo uno de esos títulos de narraciones falsamente autobiográficas de José Luis García Martín, Las noches de verano, donde hay pasajes deliciosos protagonizados por Aleister Crowley y Pessoa, Mussolini y Cocteau. Vuelvo luego a laborar y cruzo mensajes con Irene Vallejo, la autora de La luz sepultada, sobre la presentación de su libro la víspera en Zaragoza, y hablo por teléfono con Andrés J. Reina sobre la del suyo, Proyecto Zoorama, esa tarde, en Málaga.
Animado por la lectura de su libro, rozando el mediodía le escribo a García Martín para enviarle una colaboración a su revista, y me leo La ciudad gris, el poemario de Toni Montesinos en la citada Siltolá.
Es el de Montesinos un libro que se desarrolla en Dublín (como anteriormente su novela Solo en los bares de noche), y justo mientras lo estoy leyendo me llama una amiga de Alfredo Valenzuela a la que éste ha puesto en contacto conmigo porque quiere orientación: ha pensado en irse a estudiar inglés a Dublín. Le recomiendo que se vaya aclimatando desde casa viendo la televisión irlandesa por internet y leyendo la edición digital de The Irish Times.
Luego enciendo la RTÉ y veo al candidato presidencial Michael D. Higgins, un agradable señor mayor a quien este verano vimos atender a la prensa en nuestro hotel de Dublín. Y en ese momento me llega un correo electrónico en que se me confirma que el embajador de Irlanda, Justin Harman, se pasará por la presentación madrileña de La gente corriente de Irlanda, el libro de Flann O'Brien que recoge las colaboraciones de éste en The Irish Times. Escribo al editor de Nórdica, Diego Moreno, para decírselo.
Es casi la hora de comer, pero aún tengo tiempo de ver un par de programas de la primera temporada de las Transatlantic Sessions. Por ahí aparece Jim Sutherland, con quien recientemente compartí buenos ratos en Edimburgo, tocando la percusión en un libro de tapa dura roja que antes figuraba estar leyendo.
Por la tarde me ocupo de próximas ediciones de Enrique Baltanás y de Francis Scott Fitzgerald en la traducción de José Luis Piquero, cuya versión de Caín, de Lord Byron, reposa en ese pequeño repositorio de ideas: mi musilla de noche.
A las siete salgo a la presentación de Génesis, el debut de Gonzalo Gragera; en el camino me encuentro con Francisco Robles, su presentador, y el pintor Ricardo Suárez. Voy con prisa, aunque he declinado la invitación a la presentación del libro de la duquesa de Alba en el Alcázar (uno es más del conde de Siruela), tengo cita con José Cenizo, con quien realizo canje de libros en la confitería La Campana. A la salida me cruzo con el novelista Fernando de Artacho y entro escopetado en el antiguo Teatro Imperial, realizando ahora otro canje, o más bien encaje de bolillos para saludar simultáneamente a unos y otros, de besos y abrazos. Rosa García Perea, la editora; el joven escritor Felipe Santa-Cruz; los poetas Juan Antonio González Romano y Ramón Simón...
Cuando acaba el acto, me voy con estos dos a tomar una cerveza. En la esquina coincidimos con Julio Neira, que viene de hablar de JRJ en La Rábida, y me quedo charlando unos instantes con él acerca de Rafael Alberti.
Y lo que más me sorprende de todo el día es que luego el camarero que nos trae las cervezas me llama, como también él poniendo negritas en la noche, por mi nombre.


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