domingo, 2 de octubre de 2011

Poesía, taller de revelado



La poesía opera con analogías. Por ello, podemos fijarnos en la fotografía y ver qué tiene ésta en común con aquélla, de qué modo el ejercicio de la técnica de una, mucho más extendida, puede ayudarnos a comprender la de la otra.

Desde que en la segunda mitad del pasado siglo empezaron a abaratarse y extenderse las cámaras fotográficas, y no me refiero sólo a las profesionales, la gente ha querido recoger momentos, experiencias, paisajes. En este camino ha habido incluso auges y caídas, como la de la cámara de instantáneas polaroid, que un minuto después de haber pulsado el botón ofrecía a su propietario el milagro de tener en sus manos, y ante su vista, como con un ligero retardo, ese momento que acababa de pasar.

También ha sucumbido, o casi, el rollo de película, con sus ranuras como muescas del tiempo en la gran rueda del transcurrir, curioso mecanismo que parecía hacer posible volver sobre nuestros pasos y retomar ese instante “inmortalizado”.

Con la aparición de las cámaras digitales, y con la proliferación de los ordenadores personales, incluso de ese apéndice de muchos en que se ha convertido el portátil, su portátil, la fotografía se ha extendido, y ya todos tomamos imágenes que guardamos en los discos duros, en las tarjetas externas, en los lápices de memoria. Que enviamos a los amigos y compartimos en las redes sociales.

Pero aquí comienza la lección, que no es nada elevada o de cátedra, sino que la dicta el sentido común: sólo la pereza exime de utilizar el menú adecuado en la cámara, que, cada vez más sofisticada, tiene una opción para rostros y otra para paisajes, que cuenta con flash (que podemos escoger no usar), que permite elegir la luz y adaptar el funcionamiento de la máquina a una puesta de sol; además, quien más, quien menos, ha aprendido a sacar partido de los menús de retoques fotográficos, de manera que ya no nos conformamos con unos ojos rojos. Y muchas veces recortamos, o damos efectos, jugamos con la saturación, con la temperatura del color, con la nitidez. Podemos volver los pasos en el tiempo y pretender -fingir- que la fotografía fue tomada en tiempos de nuestros padres o de nuestros abuelos.

Así la poesía.

Existe una técnica para ella, y un supuesto poema sin técnica y ejercicio no suele ser más que una polaroid que ha engullido el tiempo. Lo ideal en poesía es utilizar lo menos posible el photoshop, un programa de edición a posteriori, porque en el momento de la escritura hayamos tomado las decisiones acertadas: la posición, el enfoque, la obturación, el zoom si fuera necesario. Pero no hay que despreciar la corrección, el manejo consciente de las opciones que tenemos luego a nuestro alcance: dejar en sus justas sílabas un verso, pasar de la primera a la tercera persona para evitar la sobreexposición, alterar el orden de las estrofas para conseguir un encuadre más armónico.

Hoy que todos llevamos una cámara en el teléfono móvil, muchos también creen que pueden escribir un poema. Y algunos de ellos, sí. Lo que es raro es que, si se descargan una aplicación para mejorar su cámara, no muevan un dedo para mejorar sus líneas, sus renglones, que no se bastan solos a ser versos.


(Retomo este curso el taller de poesía de la Escuela de Escritores Escribes en la Biblioteca Infanta Elena de Sevilla. info@escribes.es)


3 comentarios:

Mita dijo...

Me informaré. :)

Mita dijo...

¿O es solo presencial?
Besos

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Sí, me temo que es sólo presencial. Besos virtuales, sin embargo.