viernes, 18 de noviembre de 2011

Botellona en el museo








Hace un par de semanas, después de callejear por Bloomsbury y sus librerías encaminé mis pasos al submundo del metropolitano, para tras el oportuno trasbordo aflorar en Pimlico. Lo del inframundo y los infiernos no sabía yo que era premonitorio de lo que iba a hallar en la Tate, tres o cuatro manzanas adelante. Que también fueron proféticas, por lo de la manzana de la discordia. Antes, a esta pinacoteca se la llamaba sin más la Tate Gallery. Pero desde hace ya bastantes años se le ha impuesto el apellido de Britain, por estar dedicada a los autores autóctonos y para distinguirla de la otra, la Tate Modern, que queda a dos o tres millas río abajo, donde se expone toda la abigarrada quincalla de los tiempos cada vez más lamentables que vivimos.
Hacía tiempo que no visitaba la Tate, y al poco pude comprobar que esa ausencia me había ahorrado una úlcera que ahora sería ya sangrante. Cierto es que había una buena exposición sobre los románticos, que hacía uso de los tesoros únicos de Turner allí disponibles, pero no menos cierto es que la geografía íntima que me era familiar había pasado a mejor vida. Yo no sé adónde han ido ahora los magníficos fondos de William Blake, ni adónde el melancólico tropel de los lienzos prerrafaelistas.
Era viernes, día que el museo abre hasta las diez de la noche, y también motivo por ello de nocturnidad y alevosía. Aprovechando que el Pisuerga pasaba por el Támesis se había organizado esa horrible pesadilla, un evento, y en la primera planta, donde había encaminado mis pasos para entablar tertulia con Millais y Burne-Jones, había una hueste de aparecidos, una santa compaña de tipos quizá británicos pero sin duda modernos que invadían salas y galerías, ataviados con fundas de plástico y, también de plástico, vasos de pinta de combinados de colorines y alguna desespumada cerveza.
Hay estos días una exposición sobre el no muy conocido John Martin, titulada muy oportunamente Apocalypse. Martin, un obseso de las catástrofes y nativo de la borgeana Northumbria, pintó en su siglo, el XIX, muchas escenas de hecatombes, como La destrucción de Sodoma y Gomorra o La caída de Babilonia. A la caída de la Tate asistí yo, como testigo involuntario y atormentado, la noche del pasado 4 de noviembre.
Los cuadros de mis amados prerrafaelistas (sólo algunos de ellos, ¿de los demás qué se hizo?) no sólo comparecen ahora en una atestada sala con lienzos de todos los periodos, sino que esa noche aciaga estaban en penumbra a causa de la performance, y tapados por pantallas, escenarios, altavoces y figurantes. Allí, empequeñecida, la dama de Shalott junto a Ofelia muerta, seguramente suicidada no por el desengaño amoroso con Hamlet, sino por la apocalíptica horda que se había apoderado de la sala, entre latas abandonadas por los suelos y gentes que, debo reconocer, no acabaron tan borrachos como para desgarrar las pinturas. Fueron poco a poco encendiéndose las luces, pero entonces el panorama fue más insufrible.
Como insignificante desagravio traigo aquí un poema que dediqué hace años a la Tate, antes de su caída:

TATE GALLERY: UN SIGLO


Ut pictora poesis


Hace cien años comenzó la Tate

a devorarnos los ojos con su fuego,

la hoguera en la que arde la belleza

como Brunilda al fin entre las llamas.


En un círculo ígneo, la pupila,

se enciende la poesía, y rara magia

cae desde la luz a las tinieblas

en que el alma era ciega desde siempre.


El pincel se hizo verso y fue a habitar

entre nosotros junto al bardo del Avon

y el Poeta Laureado y el más triste

de todos los cantores de Inglaterra.


La víspera de Santa Inés, Mariana,

Isabella y nuestra Reina Ginebra,

con el amor de Dante y con Isolda,

sus luces y colores, nos deslumbran.


Ya para siempre Ofelia muerta

quiebra las aguas del riachuelo,

y otro río recorre con su esquife

e irreparable tristeza la de Shalott.


La imaginación de Blake y las brumas

de Turner nos poseen la mirada,

y somos felices de arrebatarle

a la eterna ceguera unos minutos.


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