lunes, 21 de noviembre de 2011

CUENTACUENTOS



Bajaba de la última planta

tras hojear libros de versos

y dejar su tristeza entre las páginas

como un separador imperceptible

entre dos elegías.


Saliendo de la escalera mecánica,

oyó a un actor exagerado

invocar el nombre santo de Andersen;

y se dejó arrobar en el regazo

de su olvidada infancia.


Cámaras de seguridad siguieron

su evolución inversa

hasta el fondo de la planta.

Y se perdió en un ángulo

de la memoria.


Los ojos ciegos sólo ven

un adulto encorvado entre los niños;

pero él es uno más,

y ahora habita un tiempo

del que éste está ausente.


Se ha perdido, y no entiende por qué

nadie lo anuncia por megafonía.


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