jueves, 15 de diciembre de 2011

Casi un cuento de Navidad



Está donde siempre, o casi siempre, que últimamente por cargar con los tácitos reproches del viandante se coloca más cerca de casa, a sólo una manzana. Y toca también la melodía acostumbrada, la única que sabe, no por dotes musicales sino por mera repetición mecánica, como los que no saben tocar un instrumento aciertan a respirar a fuerza de encomendarse a una rutina cuya mecánica no entienden del todo.
Pizpiretilla y algo bailarina, la perrita es el mejor reclamo de su patética ama. El transeúnte que vuelve a su hogar se acuerda de un chucho, Cartucho cree recordar que se llamaba, que llenaba de tristeza un cuento de Ignacio Aldecoa, como ahora Chichi esta estampa.
La acordeonista sobrevenida que siempre, siempre, toca el himno universal de la melancolía rumana, esta noche no tiene a la perrita a sus pies junto a su plato de pienso o haciendo gracias al viandante. Un helor de los Cárpatos ha venido a recordarle la casa a quien seguramente no la tiene, o sólo sumarísima y precaria, y la mujer le ha puesto a Chichi una bufanda donde otras veces está un lacito azul a juego con el jersey canino, encima de las orejas. Semeja esta noche Chichi haber perdido el donaire juvenil de una agraciada si menuda bailarina en la pista de baile que es la calle y, con los años encima, como también bajo el frío, haberse tornado vieja como su venerada ama, que en romance familiar y exótico le regala palabras cariñosas.
Hoy el viandante camina solo, sin su mujer, ésa que se deja arrancar por la perrita una sonrisa. Y deja en el olvido, aunque sea por esta noche, la comparación de esta musical mendiga procedente de lo que fue la Dacia, y de los paisanos suyos que acarrean el a veces justo motejo de pícaros, con ilustres nombres como Eliade, o Cioran o Ionesco. Pero las lecturas quedan en su caldeada biblioteca, no aquí a ras de suelo y bajo el raso, a unos pasos de donde el clan de la acordeonista aparca malamente el coche sobre la acera cosechando sus maldiciones.
Hoy el transeúnte no tiene que sacar una moneda para quedar bien con su mujer y, en el fondo, con su conciencia. Lo hace simplemente porque le apetece, porque de los ojos de Chichi le llega su fondo animal que nada entiende, pero que muestra, y lanza, ondas de simpatía que también irradian, parejas, de su dueña.
Y deposita una moneda en el platillo; no por la música, si a eso puede llamarse música; no por caridad; por las orejas plegadas de Chichi, esos estandartes plegados que se rinden al frío. La rumana le hace fiestas, la perra observa y oye una frase seguramente muy oída estos días aunque sea a través de la lana. Feliz Navidad, dice su ama, y sonríe quien no tiene grandes motivos para hacerlo.
El caminante saca una foto y le sale, por alguna razón, algo movida.





3 comentarios:

José María JURADO dijo...

Muy bonito, Antonio.

Echa otra moneda de mi parte, o mejor un binladen.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias, José María. No creo que esta noche esté cuando vuelva de la tertulia, en la que sentiré no verte. Abrazos.

Sara dijo...

Es precioso, Antonio.