martes, 6 de diciembre de 2011

Cumbre en Marsella





El tiempo interior, de lecturas y vastas peripecias íntimas, se acuerda ahora con el externo, como dos automóviles que por la Corniche se encuentran en direcciones contrarias y cuyos espejos se hacen una breve, fugaz carantoña. Estoy leyendo Mi medio siglo se confiesa a medias, de César González-Ruano, y justo cuando el escritor madrileño viaja a Marsella se filtra como polizón por la radio la noticia de que no sé qué políticos se reunirán este viernes en la ciudad mediterránea, a tiempo para que los jugadores de bolsa y prestamistas se desayunen al día siguiente con la crónica mientras degustan un bágel junto a su ejemplar de The Wall Street Journal.
No he estado nunca en Marsella, más allá del dilatado viario que la rodea, camino de Saint Tropez y Niza. La que pinta Ruano es exactamente como la imaginaba, como la grosería de visitarla (visitar cualquier sitio) no ha desmentido.
"Marsella: tifus desafiado con gusto ante los mariscos seductores", escribe el memorialista.
Cuando vengan el viernes los índices de los bonos y los vanos intentos de aplacar a la usura, yo seguiré leyendo a Ruano, cada vez más escéptico, más desengañado, más viejo.

4 comentarios:

Sara dijo...

Entradas como ésta son, si no una cura, sí un gran bálsamo para ese envejecimiento prematuro del que hablas. Yo también estoy cada vez más desengañada, Antonio, pero asomarse de vez en cuando a estos blogs... ¡ah, pero qué bien sienta! Go raibh maith agat!

Alfredo J. Ramos dijo...

¿Por qué será que con tanta fecuencia ocurren esas casualidades? (me refiero a lo de estar leyendo un nombre o trabajando en algo y que en ese mismo instante en la radio hablen de ello). Me pasa tan a menudo y desde hace tanto tiempo que me tiene intrigado. Por eso me siento solidario, y aludido, al verlo comentar aquí. Por lo demás, también leo estos días las memorias de González Ruano...

Antonio Rivero Taravillo dijo...

El secreto, querido Alfredo, consiste en mantener cierta actividad lectora o, en general, de recepción de algún tipo. Si no se lee o asiste a la proyección de películas, obras de teatro, etc., difícilmente se darán estas "casualidades", pues faltará uno de los dos elementos del engarce, de la coincidencia. Pasivamente, dejando correr la vida sin lecturas o sus aledaños, cada noticia es única, aislada, desierta, pues no tendremos con qué relacionarla. Un abrazo, que también es cosa de dos.

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias por la respuesta, Antonio, me parece muy sensata. Pero si ese estado receptivo es sin duda condición necesaria, no tengo tan claro que sea también causa suficiente para tanta co/incidencia... No sé si las sincronicidades de Jung (muy bien ilustradas, por cierto, ahora en la excelente película de Cronenberg) tienen algo que ver, o todo se "reduce" a la música del azar que decía Auster. Y (en un "por cierto" bis, ya que sale a colación el cine), vi por fin la película de Keats (Bright star), con tantos minutos de gran belleza y, sobre todo, las palabras del poeta aún tan vivas... Vaya hacia Sevilla de vuelta ese abrazo.