sábado, 30 de abril de 2011

Por fin, la biografía de Chaves Nogales



La investigadora extremeña pero afincada en Sevilla María Isabel Cintas, que tanto ha hecho por la difusión de Manuel Chaves Nogales, y a cuyo estudio ha dedicado treinta años, acaba de obtener el Premio de Biografía Antonio Domínguez Ortiz que convoca la Fundación José Manuel Lara.
Gracias a ella Chaves Nogales ha ido emergiendo del desconocimiento en que penaba. ¿Qué mejor, entonces que quien tan bien lo conoce publique ahora su biografía? Una biografía rica e iluminadora, pues Chaves, sevillano que fue a morir a Londres tras escribir reportajes magníficos sobre la Rusia soviética o el ascenso nazi, fue testigo directo de mucho de lo más relevante, y peor, del pasado siglo.
Chaves Nogales ayudó en lo que pudo a Cernuda a principios de los años cuarenta, cuando ambos estaban exiliados en Gran Bretaña, y el segundo, a menudo exasperado y exasperante, lo despachó en alguna ocasión con un sumarísimo "periodista", palabra que en su boca era un insulto y que una vez, como recuerda Isabel García Lorca en sus memorias, propinó al mismo Pedro Salinas.



domingo, 24 de abril de 2011

Apenas sensitivo


Terminé hace unos días la lectura de Apenas sensitivo, el más reciente de los diarios de Andrés Trapiello. En este caso, el volumen ha regresado a las extensiones antiguas y se ha quedado en la mitad de páginas de las que tenían los últimos tomos, pero no ha menguado el goce de la lectura. Como en la poesía (y este Salón de pasos perdidos tiene mucho de ella), menos es más (y al decir esto me pongo bergaminiano y visualizo una + y una -, signos gráficos que además evitan la rima con lo que sigue). A los habituales Ramón Gaya o Juan Manuel Bonet, las mañanas en el Rastro o las estancias virgilianas en Las Viñas se unen en esta ocasión páginas sobre Antonio Gamoneda, Delibes y Jiménez Lozano, y a las ciudades por las que lo lleva la promoción de Los amigos del crimen perfecto, novela con la que al inaugurarse el libro el autor gana el Nadal, se suman París o Ronda.
Emocionan la narrada muerte de la mastina Mora, el regreso al Torío natal con un equipo de televisión, y divierten muchos sucesos aparentemente nimios a los que Trapiello sabe sacar punta como nadie. Nos habla en voz baja, incluso cuando se ríe. Y en las entradas cortas afila más, si cabe, su inteligencia, como en esta con la que cierro esta nota de lectura y que se refiere precisamente a estos libros que nos hacen disfrutar desde hace ya casi veinte años:

DE Darío Jaramillo: "X hablaba en yo mayor". Estos cuadernos deberían hablar en tú sostenido, incluso en tú bemol, pero a falta de un registro más amplio, se le perdonará a su autor si reinciden alguna vez en el yo menor.



Portátil



Polvo estelar,

el de las motas

en la noche de la pantalla fúlgida,

cuando lo abro

antes de que amanezcan los poemas.


Lo podría limpiar,

y a veces lo hago,

pero me gusta recordar

esa metáfora.


Y que entre estas pulgadas está

la vastedad del universo.


viernes, 22 de abril de 2011

Pasos en la cera




Tal como anunciaba hace poco, estos días El Mundo en su edición de Sevilla ha ido publicando una serie de columnas mías en su especial de Semana Santa. El sábado no hay prensa, y el domingo saldrá la última de ellas. Recojo aquí unas líneas publicadas el jueves y otras aparecidas ayer en las que me acompañan tres poetas sevillanos.

Et in Arcadia ego

Le gusta al capillita recordar aniversarios, fechas. Le aporto un dato, ya que este año se celebra una íntima efeméride local. Sevilla mira hacia adentro, y lo mejor de su arquitectura hay que hallarla en los patios. En uno, de la memoria, el corazón nos late al recordar que hoy, en el tiempo sagrado, se cumple el cincuentenario de la composición de “Luna llena en Semana Santa”, uno de los poemas más hermosos sobre la ciudad, aunque sea de mucho más de lo que trata. Luis Cernuda lo escribió entre el 30 de marzo y el 5 de mayo de 1961; es decir, que, no fruto del azar (del azahar en todo caso), precisamente el Jueves Santo de aquel año, en Méjico, volvió los ojos del alma a la Semana Santa del niño Albanio, trasunto de la pureza infantil.

La salida de la luna

Se la ve, tímida, fosforecer, apenas una línea breve sobre la azotea. Luego irradia centuplicada luz en su remonte, y de la media circunferencia pasa a la espléndida de Cernuda, esa ‘llena / luna de parasceve’ de los memorables versos. Estos días la hemos visto ascender y luego dominar el cielo de la ciudad, pero gracias a la hora justa, y por lo despojado de la noche, un momento inolvidable fue el del domingo al paso de la Virgen del Socorro por Javier Lasso de la Vega, una calle bien trazada aunque sólo fuera por ese instante en que la luna se trasparece en el palio.

Quien da nombre a la calle fue un doctor y erudito, pero viendo la luna no cuesta trabajo imaginar que es a otro a quien honra el nomenclátor: el ultraísta Rafael Lasso de la Vega, quien, precursor ful de todas las vanguardias, pudo haber escrito de ella alguna japonesería, un delicado haiku pasado por la sensibilidad autóctona. Por ejemplo, uno en que la aérea y blanca oblea fuera modelada por la boca de una bocina cofrade, troquelada por un trombón de la banda de música.


Versos contra paraguas

Aquilino Duque tiene no uno, sino dos poemas titulados “Domingo de Ramos”. Es lo que conlleva el tiempo cíclico, que hasta lo comprendió un ateo como Federico Nietzsche, quien escribió del mito –aquí en Sevilla rito– del eterno retorno. Pero Duque quedará en las historias literarias de la Semana Santa por su poema sobre El Cachorro, ese que se cierra con un “Así mueren los Hombres”. Tal vez hoy, ante la climatología adversa, no salga la imagen venerada. En tal caso, los creyentes siempre pueden acudir al templo y refugiarse en el rezo, en la devoción, donde solo llueve cuando la fe se quiebra y se abren goteras en el alma. La religión no es una rama de la meteorología, y permanece ajena a contingencias. Para los creyentes, y para los que no lo sean, esta jornada encapotada es una buena ocasión para leer –para releer– el poema.


Apunte del natural




Lo hallé la otra tarde en el pasamanos de la escalera. Desde que vinimos a vivir a esta casa tengo trato con los de su familia. A veces he tenido que recoger del suelo a sus tíos o incluso a sus padres, cuando aún apenas daban sus primeros pasos y el canto alacre que les estaba deparado aún no era más que un gozo en ciernes, todavía signado por los nervios, por la angustia de tener torpón el revoloteo.
No pareció inmutarse, será también que yo traté de no hacer ruido. Luego, cuando ya mi sombra era inevitable, bajó al distribuidor entre los dos patios. Tenía abierta la puerta del primero, pero era al segundo al que quería regresar, y como estuviera cerrado, y lo mismo la ventana que da a él, se lanzó a la luz promisoria, un cristal. Debió de dolerle, porque fue un gran impacto, pero probablemente sufriría más por la impotencia, por no entender la dura transparencia que no lo conducía a la libertad sino al golpe, al atolondramiento.
Corrí al portón, a dejarlo expedito, pero aún se estampó dos o tres veces contra los otros vidrios, a la vista del magnolio y de las rebrotadas buganvillas.
Por fin salió, aturdido, avergonzado. Se posó en una rama, bajo las hojas mustias (no había llegado todavía la borrasca), tan alicaído como ellas, mimetizado. En el mármol de la casa, sus plumones y excrementos. Debió de haber estado largo rato prisionero, y acongojado, el mirlo.




jueves, 21 de abril de 2011

Años de exilio





Tusquets anuncia ya en internet el segundo volumen de mi biografía de Luis Cernuda, dedicada a los años -las décadas- que el poeta pasó fuera de su patria. El libro estará disponible en mayo, y lo presentaré tanto en España como en México, país donde murió el sevillano.
Se incluyen algunas fotos que he ido tomando de los lugares cernudianos en Cambridge o en Middlebury, en San Francisco o Santa Mónica, en Mount Holyoke o en Coyoacán. Como es lógico, no han podido incluirse todas las que tengo. Entre ellas, algunas que me han facilitado amigos. Estas, en concreto, las tomó Brian Crews en Glasgow, y corresponden a la que fue primera residencia del poeta en aquella ciudad y a la universidad desde el parque de Kelvingrove, por el que Cernuda pasó a diario durante mucho tiempo y el cual le brindó la inspiración para los poemas "Los espinos" y "Pájaro muerto".





miércoles, 20 de abril de 2011

Los trabajos y los días


Se han ido espaciando últimamente las entradas, y han cedido en su ritmo quizá excesivo, en lo que un artillero denominaría su cadencia de tiro. Son muchas las cosas que se han ido quedando fuera de esta pantalla, y no por rescatarlas, que viven solas, sino por cierto gris afán notarial, dejo aquí algunas de ellas, un poco al tuntún:

-la recepción de la segunda edición de mi traducción de los Sonetos de Shakespeare en la colección de bolsillo de Alianza, con formato y cubierta nuevos.

-la lectura de versos y algunas prosas en la hermosísima Carmona, con José Vicente Pascual y Francisco José Cruz entre el público. Con ellos, Chari, la mujer de Fran, la responsable de que las cosas de él lleguen a puerto; y Sonia, la de José Vicente, que resultó ser hermana del poeta Antonio Manilla.

-el fin de semana final de Cosmopoética, con momentos deliciosos como el olvido de Lêdo Ivo de que Juan Carlos Mestre había de leer su traducción tras el original. Cuando se dio cuenta, avanzado el segundo poema, se deshizo en risas, como un niño travieso. Luego, no bien acabado cada poema, le entregaba a aquel el libro con la velocidad del rayo, como con un resorte impropio de su edad, para que no se le ovidara.

-la lectura de La parte por el todo, la estupenda antología de José María Cumbreño en Isla de Siltolá, con sus poemas versiculares, muchos de ellos pertenecientes a libros galardonados ¡en certámenes de narrativa!


lunes, 18 de abril de 2011

Gentuza



Fuimos la otra tarde a ver la película Inside Job, que ha obtenido el Oscar al mejor documental. Y me acordé de Ezra Pound en el manicomio de Santa Isabel, en los Estados Unidos, o, antes, en la jaula a la intemperie en que fue encerrado en Italia. Un loco. ¿Un loco?
Pound cargó las tintas sobre el componente hebreo de toda esa basura humana que pulula por las finanzas internacionales. Y queriendo que su país volviera al espíritu de Jefferson se alió con Mussolini e, indirectamente, con el carnicero Hitler. No vamos a justificar a estas alturas ese paso que él dio. Pero viendo la película me rondaba constantemente, como una subliminal banda sonora para mí solo, el Canto XLV, con su estremecedora diatriba contra la usura.
With Usura no man hath a house of good stone, decía Pound. Todo el mundo debería ver Inside Job, especialmente los que hayan perdido su casa o su empleo; o los muchos que han visto reducidos sus salarios por lo que estalló en 2008 y cuyas consecuencias siguen causando estragos.
Jamás he sido liberal en economía. Este documental impresionante me da la razón (una satisfacción bien magra cuando pienso en todo lo que apareja esta prueba del nueve).
En jaulas a la intemperie, y en celdas no de manicomios sino de presidios, deberían estar los tipos que nos han llevado a esto. Pero como recalca el director de esta denuncia, Ferguson, ni uno sólo de ellos ha sido encarcelado.

sábado, 16 de abril de 2011

Semana Santa



Será a partir del Lunes Santo y hasta el Domingo de Resurrección. Jamás he salido de nazareno, y quizá por eso, para dar una visión personal y en lo posible distinta, que es lo que pienso hacer, El Mundo me ha dado papeleta de sitio para ir contando la Semana Santa en su edición de Sevilla. Iré sin antifaz. Si me queréis leer, ya sabéis dónde es la cita.

jueves, 14 de abril de 2011

En Turia y Sibila





Si hace unos días me llegaba el último número doble de la revista Turia, donde un poema mío aparece muy bien acompañado de homenajes a Vargas Llosa y poemas de, entro otros, Álvaro Valverde, hoy me ha llegado el sobre con los ejemplares de Sibila, que también da en su número 35 tres poemas míos junto a colaboraciones de Ida Vitale, Enrique Vila-Matas u Óscar Hahn. Dejo aquí el tercero de los que firmo, que como tantos propios surgió mirando por la ventana en un viaje en ferrocarril:


TIPOS MÓVILES


Es la tipografía de los campos,

ese largo versículo que ritma

con tu alma de ave migratoria;

un rollo de papel que se devana

de izquierda a derecha, interminable;

un único renglón de casas, postes,

eriales y montañas. El paisaje

es el solo carácter que se imprime

en esta hoja que lees, transparente,

e imita a la pantalla de tu e-reader.

Rápido escribe la locomotora.

Cuando llegas al colofón del viaje

desciendes al andén. Se cierra el libro.


Cristales



El lenguaje de la poesía es la analogía, el “esto es como aquello”, el ver en cosas cercanas el correlato de lo universal y las realidades de la vida reflejadas en nuestra propia existencia. Usemos, pues, una analogía relativa a esto de la técnica. Podemos tener el mejor de los instrumentos musicales (un stradivarius, pongamos por caso), y podemos ser un consumado intérprete, pero nuestro concierto se irá al garete si no afinamos el violín, si no tensamos sus cuerdas. Con la poesía es igual: no nos conformemos con el primer sonido que extraigamos, afinemos, afinemos. Nos lo agradecerá nuestro público, y el poema, y nosotros mismos. Sucede lo mismo con los prodigios que podemos ver al final de un microscopio o de un telescopio: ahí están las células coloridas, las reacciones químicas, el polvo estelar, las constelaciones, pero si no enfocamos debidamente, si no ajustamos el instrumento de visión, incorporando o quitando, si es necesario, nuevas lentes, no sacaremos provecho de un instrumento que puede ser muy, muy caro. Todos hemos ido alguna o muchas veces al oculista, y para graduarnos la vista nos hemos sentado con una montura bien poco atractiva en la que el oftalmólogo, o el óptico, ha ido colocando y retirando cristales, hasta dar con nuestra verdadera necesidad. Repito: con la poesía es lo mismo. Hay que probar y corregir. No aceptar sin más los cristales que primero se nos presentan.


lunes, 11 de abril de 2011

El prólogo al Blake de Chesterton






Ahora que ya no está en las mesas de novedades de las librerías, me permito aquí dejar el prólogo que escribí para la biografía de William Blake que, obra de Chesterton, publicó la editorial Espuela de Plata el pasado año. Sin más, aquí va:

PRÓLOGO


UNA SOLEDAD: WILLIAM BLAKE


En las siete décadas –cifra cabalística– por las que derramó la cera ardiente de su vida, William Blake (1757-1827) demostró ser esa imperdonable rareza para el mundo: un solitario, una llama aislada ante un altar distinto que fue modificándose según reflejaba, luces y sombras devorándose unas a otras, su alma singular. A los nueve años le sobrevino su primera visión, la de un árbol con ángeles en las ramas (algo menos insólito de lo que parece, pues como luego escribiría en El matrimonio del cielo y el infierno, “Un necio no ve el mismo árbol que un sabio”). Frecuentador de la Biblia desde temprana edad, como suele suceder con los grandes místicos ni siquiera gozó la compañía del Dios del común, ese sólido consuelo establecido del rebaño: horadando en su propia alma hubo de inventarse no sólo uno nuevo, prístino, no prestado, sino todas una cosmogonía y mitología para acompañarlo (Cosmogonía se titula, precisamente, una entrega poética de otro raro, Juan Eduardo Cirlot, que se abre con una cita del autor de Cantos de experiencia: “Un pensamiento llena la inmensidad”). En esto, la creación de Blake llegó a extenderse hasta alcanzar a la del Creador, a la del Makar (sinónimo de poeta entre los escoceses y título institucionalizado ahora en la vieja Alba en puesto que acaba de abandonar, al morir, Edwin Morgan), a la del Hacedor. Pero de Jorge Luis Borges hablaré más adelante.

Blake realizó durante siete años su aprendizaje como artista plástico en la Abadía de Westminster, y la unión de poesía e imagen ya es patente en su primer título, Bocetos poéticos (1783), que a diferencia de otros suyos no apareció sin embargo iluminado. Se sabía perteneciente a una estirpe extraña de poetas (vate y vaticinio en él confirman su consanguínea etimología), y durante una larga temporada de su vida se proclamó Jefe Elegido de la Antigua Orden de los Druidas. Profetizó de Francia y América, con sus revoluciones. Pero en su juventud, de un grabador de quien fue aprendiz dijo que no le gustaba su cara porque parecía la de alguien que viviría para ser ahorcado. Doce años después, ese rostro, y su pescuezo, conocían las asperezas de la soga.

Su obra en línea y verso, en la página y en el grabado, es variada y abundante. De 1805 a 1808 compuso Milton: un poema (creyó que el autor del Paraíso perdido había reencarnado en él), e ilustró por encargo ese libro prerromántico, Pensamientos de la noche, de Edward Young: un aire a cementerio que inspiró a Cadalso sus Noches lúgubres. Pero nadie menos romántico que Blake, enemigo como los gnósticos o los cátaros de la Naturaleza, ese espejo donde Wordsworth quería verse a sí mismo y al ser humano pero que a él, Blake, le estorbaba para esa otra realidad que ya percibía, sin groseros accidentes externos, en su imaginación.

T. S. Eliot supo ver su gran diferencia con Dante, y en El bosque sagrado (1920) escribió que “lo que su genio pedía, y de lo que tristemente careció, era un entramado de ideas aceptadas y tradicionales”. De ahí su excentricidad. Pero en ello no distaba mucho de William Butler Yeats. En Blake, la compleja visión del mundo y del trasmundo se asemeja, por lo libre e independiente, a la del Yeats de Una visión o a la también caprichosa, a veces, La diosa blanca, de Robert Graves.

Su filosofía y religión eran más de la incumbencia de Chesterton, siempre preocupado por la ortodoxia católica. A lo no mucho, aunque certero, que indica sobre sus versos podemos añadir que la poesía de nuestro autor se presenta con tonos infantiles en Cantos de inocencia en 1789, pero en aquella sencillez a veces acecha un acerado retorcimiento, perceptible ya desde el frontispicio de la edición, donde la tortuosa caligrafía se enreda en la figura de un árbol. En “Canción de cuna”, por ejemplo, escribe “Sweet dreams form a shade / O’er my lovely infant’s head”, pero la tal sombra del entrelazado de ramas se le antoja al lector del ilustrado libro como una abrumadora, amenazante pesadilla.

No es baladí que Blake, al crear su propia y proteica religión, que fue mudando de piel con el tiempo, como uno adivina que haría hasta la misma serpiente del Paraíso, creara también sus evangelios, los iluminados manuscritos que contienen sus poemas y que, con el paso de los años, éstos vayan asemejándose, en su versolibrismo, a los versículos de los libros sagrados. Tras su muerte, Dante Gabriel Rossetti obtuvo un cuaderno con borradores suyos, que puso en manos de Charles Algernon Swinburne y que éste utilizó para el pionero estudio que le dedicara. Viene esto a demostrar una vez más que Blake fue todo menos un poeta romántico: dispar de Byron o Keats (a pesar de cierto neoplatonismo que lo emparentaba con éste), empezó a ser apreciado entre los prerrafaelistas, culminando esa incipiente admiración en la doble faz de simbolismo y esoterismo que representan Arthur Symons y Yeats, dos valedores tempranos –pero cuando ya llevaba décadas difunto– de su obra.

Ambos escribieron sobre él, y Yeats, que lo editó en 1893, también se ocupó de su pensamiento en Ideas sobre el Bien y el Mal (1903). Además del citado Swinburne, lo han hecho Harold Bloom, Kathleen Raine o Peter Ackroyd, junto con el propio Chesterton. Después de la revalorización finisecular, el surrealismo ha sido terreno propicio para su reconocimiento, pues se adelanta, más de cien años antes, a no pocos planteamientos de Breton.

En España, Juan Ramón Jiménez pergeñó varias traducciones, entre ellas la del poema “A las musas”, cuya publicación en El Heraldo fue, si no una experiencia mística, sí casi un ejercicio de ascética mortificación para el moguereño, por las insufribles erratas. Miguel de Unamuno, que lo había leído con detenimiento, anotando versos suyos, escribió:


Y yo que no sabía, Blake mío,

lo que ibas diciendo…

Vidente de este cielo, pues no hay otro,

señor de tu sendero…




Pablo Neruda publicó en 1934 sendas traducciones de Visiones de las hijas de Albión y “El viajero mental” en la revista Cruz y raya, que dirigía un cristiano heterodoxo –pero menos heterodoxo y más cristiano que Blake–, José Bergamín. Luis Cernuda vertió algunos versos suyos y reconoció que pocos contemporáneos se dieron cuenta de su genio. Le dedicó el primer capítulo de su Pensamiento poético en la lírica inglesa (siglo XIX), donde analiza sus ideas de visión sencilla y visión doble. Cirlot tiene muchos puntos en común con él, uno de los cuales es haber sido valorado más en vida como crítico de arte (en el caso de Blake, el aprecio fue como artista) que como poeta; hoy, en los logros alcanzados en la poesía, las figuras de ambos no dejan de agigantarse. El barcelonés escribió sobre el londinense un ensayo magnífico, “La ideología de William Blake”; y en su estremecedor legado, el poema “Momento”, un verso que encierra toda la sabiduría y la desesperación de Blake y que podría haber sido firmado por éste, o incluso canturreado en su particular agonía: “El ángel es el peor de los dragones”. Por su parte, Cristóbal Serra, el mallorquín de saberes insólitos, publicó en 1992 su Pequeño Diccionario de William Blake.

De entre los poetas de nuestra lengua, Borges fue uno de sus más íntimos conocedores. No sólo hizo que la Poesía completa del inglés, traducida por Pablo Mañe, apareciera en la colección Biblioteca Personal por él patrocinada, sino que le dedicó esclarecedoras páginas, surgidas no tanto de la fría dilucidación literaria como del idéntico estupor ante las rayas del tigre, en el que Blake veía el Mal que Dios no se resignó a omitir, y el poeta argentino un asombro y hechizo que se remontan a su infancia, visitante de la Casa de Fieras de Buenos Aires (en ubicación anterior a la que hoy se puede ver en las lindes de Palermo). El tigre real de Bengala al que se quedaba horas mirándolo pasó, dibujado, a una hoja de papel, reproducción que hoy se exhibe en el recoleto Museo Borges del 1660 de la porteña calle Anchorena, y la aguda y cenital magia del felino se apoderó de un zarpazo de un maduro libro de poemas, El oro de los tigres (1972).

Recientemente Jordi Doce ha vertido una muy amplia selección de la obra de Blake, que posee, junto con la pulcritud de su traducción, siempre ofrecida más allá de lo exigible, la virtud de recoger, como una parte más del quehacer de aquél, tan rico, su valiosa faceta plástica.

He juntado aquí algunas páginas sobre Blake habiendo leído previamente el libro al que me refiero, algo que contraviene una arraigada convención entre los escritores de prólogos. No tengo, por tanto, curiosidad por saber qué nos dice Chesterton, sino una certeza: sé bien que siluetea, como tú comprobarás enseguida, lector, una poderosa semblanza de este hombre inclasificable que, no importa aquí desvelar el fin, murió cantando.



ANTONIO RIVERO TARAVILLO

Sevilla y Buenos Aires, verano de 2010.


domingo, 10 de abril de 2011

Posada del Potro



Acabamos de regresar de Córdoba, de Cosmopoética. Aún oigo el eco de los poetas en el recital de este mediodía. En el cuaderno he escrito algunos esbozos. Como éste:

POSADA DEL POTRO

Contra la cal, el verde.
Geranios, clavellinas.
En macetas, las plantas
ordenaban sus sílabas.




jueves, 7 de abril de 2011

Diógenes



Detrás de las paredes de su piel,

en desorden que dicta el pensamiento,

se acumulan recuerdos y experiencias:

los días, las semanas de su paso

por este mundo en que colmó su casa

de soledad que muda en yesca y fuego.


Besos que no dio prenden ahora

un incendio sin llama, y sólo el humo

va tomando hospedaje en las estancias

entre imágenes pálidas de ayer.

Lentamente, la asfixia lo libera

del peso, inútil ya, de la memoria.


Bécquer por partida doble




Paréntesis acaba de publicar dos libros relacionados con el gran poeta romántico español. El primero de ellos, Tres leyendas indias, recoge los textos inspirados en la India que escribió el sevillano, y lo acompaña un estupendo prólogo del poeta español que mejor conoce, por dentro y por fuera, la India. Estoy hablando, claro está, de Jesús Aguado.
En el segundo de estos libros, Un amor de Bécquer, Francisco Juliá idea un episodio apócrifo de la vida del autor de las Rimas, y nos traslada con afinada sensibilidad y parejo conocimiento a la España del XIX. Yo creo que a Rafael Montesinos le hubiera encantado leerlo.


martes, 5 de abril de 2011

Lectura en Carmona




Este viernes leeré poemas en la bella Carmona. Será a las siete de la tarde en la Biblioteca Pública "José María Requena", c/Domínguez de la Haza, s/n.




lunes, 4 de abril de 2011

Una subasta


Junto a la tumba de Keats en Roma


La semana pasada se celebró en Londres una de las más importantes subastas de papeles literarios de las últimas décadas. Salieron cartas y documentos de Philip Larkin y de Edith Sitwell, de Lord Byron y de W. H. Auden, de John Ruskin y de Samuel Beckett. Y el mejor postor se ha llevado una carta de John Keats a su amada y vecina Fanny Brawne por 86.000 libras (110.000 euros).
La escribió en 1820, un año antes de morir en Roma, donde ya dejó de leer las cartas de ella, como recuerda en su poema "A propósito de flores" Luis Cernuda en Desolación de la Quimera. La buena noticia es que la misiva no ha ido a engrosar el patrimonio seguramente obsceno de un caprichoso multimillonario; la epístola ha sido, por el contrario, adquirida por la ciudad de Londres para la casa-museo del poeta en Hampstead. Me alegra enormemente el resultado de la subasta. La casa de Keats es uno de esos sitios que un amante de la literatura no debe dejar de visitar en la capital inglesa. Y en ese inmueble, Wentworth Place, fue donde el autor de la "Oda a un ruiseñor" escribió la carta, la desdichada carta, pues ya estaba muy enfermo. Es hermoso pensar que esas líneas han regresado al lugar que pertenecen. Las de Fanny a Keats se enterraron con el cuerpo de éste en el cementerio para no católicos de Roma, otro recinto poético donde los haya, y bellísimo. Allí, en la lápida de Keats, el indeleble epitafio, "Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua", que también inspiró a Cernuda un texto desechado de Ocnos.


domingo, 3 de abril de 2011

Un poema de Bárbara Pulido



Es Bárbara alumna del taller de poesía que imparto en la Escuela de Escritores. Especialista en Eduardo Chicharro y el postismo, da clases de español para extranjeros.


PALABRAS CON RAYMOND CARVER


“Tú lo entiendes mejor que nadie, Anderson”

“Los cisnes de Harley”

RAYMOND CARVER







Sales cuando es de noche,

casi dormida al cuarto de baño, el sabor del agua

en la piel agotada no hay demasiado tiempo

para deleitarse,

para saborearla.

El desayuno luego con los ojos cansados,

un café muy cargado, denso aroma

entre los labios.

Un poco de color en tu cara desvaída,

los alumnos no tienen por qué notar la mala

noche -dices-,

cuando dormir es como hundirse por un naufragio,

esta vez has leído hasta muy tarde.



La tristeza se instala en tu almohada,

el bálsamo son siempre las palabras.



Conduces contra el viento y la lluvia en la autopista,



la lluvia,



que se estrella furiosa en los cristales del coche,

un día sin estrellas.



Un día de un invierno sales cuando es de noche,

cualquier día al trabajo

suena en la radio una canción de David Grey.



Mientras tus ojos otra vez cansados

evitan unas lágrimas tan desobedientes

que ruedan insumisas

como gotas soplaran vidrio de color siena

sobre tu cara todavía en duermevela.



Desde donde estoy

desde aquí, las violetas afloran despacio.

No te olvides.

sábado, 2 de abril de 2011

Liverpool, prerrafaelista




El número de abril de la revista Mercurio, en cuya dirección me sucedió el narrador Guillermo Busutil, que lleva años haciendo un excelente trabajo, se enriquece con una estampa viajera de Luis Alberto de Cuenca. El autor de La caja de plata narra una breve visita a Liverpool, naturalmente signada por la devoción por los Beatles pero también por la volcada hacia los pintores prerrafaelistas, "por quienes siento una afición rayana en el delirio desde mi más tierna infancia", afirma.
En la ciudad portuaria hay, en efecto, dos excelentes museos, la Walker Art Gallery y la Lady Lever Art Gallery, que atesoran lienzos de Millais, Burne-Jones o Rossetti. Pinchando en los nombres de los citados museos, me podrás acompañar, lector -si existes-, por las salas en que cuelgan los cuadros de estos pintores junto con otros del siglo XIX.
El que ilustra esta entrada es La víspera de santa Inés, de William Holman Hunt, basado en el poema de John Keats, uno de los que no incluí en mi antología, Poemas, de La Veleta y que ha tenido la fortuna de haber sido puesto en español por el propio Luis Alberto, con lo que sale ganando, en este hermoso volumen de Reino de Cordelia.


viernes, 1 de abril de 2011

Durmiendo con la Gestapo





Para Martín López-Vega



En Cracovia, el poeta

Adam Zagajewski

reside en una casa que ocuparon

-palabra terrible, si se piensa

lo que en esos años significaba ocupación-

unos policías alemanes

portadores de insignias y chaquetas de cuero

que tantos envidiamos en los años

en que por edad podríamos

haber militado en la Hitlerjugend.


Son vecinas dos ancianas

a las que aún estremece cualquier ruido,

pues recuerdan

los horrores cacofónicos del gueto.

Al gato que tenían le dio

por escapar a su antigua morada,

en libertad que ellas no gozaron.


No sé si, cuando duerme, al poeta

le asaltan sueños ajenos de una Gran Alemania

y –porque la humanidad es miserable–

las insidias de viejos polizontes,

o bien las pesadillas tras el muro

de dos niñas judías aterradas,

junto a su gato,

que fueron conducidas hasta el gueto.