
sábado 30 de abril de 2011
Por fin, la biografía de Chaves Nogales

domingo 24 de abril de 2011
Apenas sensitivo

Portátil
Polvo estelar,
el de las motas
en la noche de la pantalla fúlgida,
cuando lo abro
antes de que amanezcan los poemas.
Lo podría limpiar,
y a veces lo hago,
pero me gusta recordar
esa metáfora.
Y que entre estas pulgadas está
la vastedad del universo.
sábado 23 de abril de 2011
Pasos en la cera
Et in Arcadia ego
Le gusta al capillita recordar aniversarios, fechas. Le aporto un dato, ya que este año se celebra una íntima efeméride local. Sevilla mira hacia adentro, y lo mejor de su arquitectura hay que hallarla en los patios. En uno, de la memoria, el corazón nos late al recordar que hoy, en el tiempo sagrado, se cumple el cincuentenario de la composición de “Luna llena en Semana Santa”, uno de los poemas más hermosos sobre la ciudad, aunque sea de mucho más de lo que trata. Luis Cernuda lo escribió entre el 30 de marzo y el 5 de mayo de 1961; es decir, que, no fruto del azar (del azahar en todo caso), precisamente el Jueves Santo de aquel año, en Méjico, volvió los ojos del alma a la Semana Santa del niño Albanio, trasunto de la pureza infantil.
La salida de la luna
Se la ve, tímida, fosforecer, apenas una línea breve sobre la azotea. Luego irradia centuplicada luz en su remonte, y de la media circunferencia pasa a la espléndida de Cernuda, esa ‘llena / luna de parasceve’ de los memorables versos. Estos días la hemos visto ascender y luego dominar el cielo de la ciudad, pero gracias a la hora justa, y por lo despojado de la noche, un momento inolvidable fue el del domingo al paso de la Virgen del Socorro por Javier Lasso de la Vega, una calle bien trazada aunque sólo fuera por ese instante en que la luna se trasparece en el palio.
Quien da nombre a la calle fue un doctor y erudito, pero viendo la luna no cuesta trabajo imaginar que es a otro a quien honra el nomenclátor: el ultraísta Rafael Lasso de la Vega, quien, precursor ful de todas las vanguardias, pudo haber escrito de ella alguna japonesería, un delicado haiku pasado por la sensibilidad autóctona. Por ejemplo, uno en que la aérea y blanca oblea fuera modelada por la boca de una bocina cofrade, troquelada por un trombón de la banda de música.
viernes 22 de abril de 2011
Apunte del natural
jueves 21 de abril de 2011
Años de exilio


miércoles 20 de abril de 2011
Los trabajos y los días

lunes 18 de abril de 2011
Gentuza
sábado 16 de abril de 2011
Semana Santa
viernes 15 de abril de 2011
En Turia y Sibila

TIPOS MÓVILES
Es la tipografía de los campos,
ese largo versículo que ritma
con tu alma de ave migratoria;
un rollo de papel que se devana
de izquierda a derecha, interminable;
un único renglón de casas, postes,
eriales y montañas. El paisaje
es el solo carácter que se imprime
en esta hoja que lees, transparente,
e imita a la pantalla de tu e-reader.
Rápido escribe la locomotora.
Cuando llegas al colofón del viaje
desciendes al andén. Se cierra el libro.
jueves 14 de abril de 2011
Cristales
El lenguaje de la poesía es la analogía, el “esto es como aquello”, el ver en cosas cercanas el correlato de lo universal y las realidades de la vida reflejadas en nuestra propia existencia. Usemos, pues, una analogía relativa a esto de la técnica. Podemos tener el mejor de los instrumentos musicales (un stradivarius, pongamos por caso), y podemos ser un consumado intérprete, pero nuestro concierto se irá al garete si no afinamos el violín, si no tensamos sus cuerdas. Con la poesía es igual: no nos conformemos con el primer sonido que extraigamos, afinemos, afinemos. Nos lo agradecerá nuestro público, y el poema, y nosotros mismos. Sucede lo mismo con los prodigios que podemos ver al final de un microscopio o de un telescopio: ahí están las células coloridas, las reacciones químicas, el polvo estelar, las constelaciones, pero si no enfocamos debidamente, si no ajustamos el instrumento de visión, incorporando o quitando, si es necesario, nuevas lentes, no sacaremos provecho de un instrumento que puede ser muy, muy caro. Todos hemos ido alguna o muchas veces al oculista, y para graduarnos la vista nos hemos sentado con una montura bien poco atractiva en la que el oftalmólogo, o el óptico, ha ido colocando y retirando cristales, hasta dar con nuestra verdadera necesidad. Repito: con la poesía es lo mismo. Hay que probar y corregir. No aceptar sin más los cristales que primero se nos presentan.
lunes 11 de abril de 2011
El prólogo al Blake de Chesterton

PRÓLOGO
UNA SOLEDAD: WILLIAM BLAKE
En las siete décadas –cifra cabalística– por las que derramó la cera ardiente de su vida, William Blake (1757-1827) demostró ser esa imperdonable rareza para el mundo: un solitario, una llama aislada ante un altar distinto que fue modificándose según reflejaba, luces y sombras devorándose unas a otras, su alma singular. A los nueve años le sobrevino su primera visión, la de un árbol con ángeles en las ramas (algo menos insólito de lo que parece, pues como luego escribiría en El matrimonio del cielo y el infierno, “Un necio no ve el mismo árbol que un sabio”). Frecuentador de la Biblia desde temprana edad, como suele suceder con los grandes místicos ni siquiera gozó la compañía del Dios del común, ese sólido consuelo establecido del rebaño: horadando en su propia alma hubo de inventarse no sólo uno nuevo, prístino, no prestado, sino todas una cosmogonía y mitología para acompañarlo (Cosmogonía se titula, precisamente, una entrega poética de otro raro, Juan Eduardo Cirlot, que se abre con una cita del autor de Cantos de experiencia: “Un pensamiento llena la inmensidad”). En esto, la creación de Blake llegó a extenderse hasta alcanzar a la del Creador, a la del Makar (sinónimo de poeta entre los escoceses y título institucionalizado ahora en la vieja Alba en puesto que acaba de abandonar, al morir, Edwin Morgan), a la del Hacedor. Pero de Jorge Luis Borges hablaré más adelante.
Blake realizó durante siete años su aprendizaje como artista plástico en la Abadía de Westminster, y la unión de poesía e imagen ya es patente en su primer título, Bocetos poéticos (1783), que a diferencia de otros suyos no apareció sin embargo iluminado. Se sabía perteneciente a una estirpe extraña de poetas (vate y vaticinio en él confirman su consanguínea etimología), y durante una larga temporada de su vida se proclamó Jefe Elegido de la Antigua Orden de los Druidas. Profetizó de Francia y América, con sus revoluciones. Pero en su juventud, de un grabador de quien fue aprendiz dijo que no le gustaba su cara porque parecía la de alguien que viviría para ser ahorcado. Doce años después, ese rostro, y su pescuezo, conocían las asperezas de la soga.
Su obra en línea y verso, en la página y en el grabado, es variada y abundante. De 1805 a 1808 compuso Milton: un poema (creyó que el autor del Paraíso perdido había reencarnado en él), e ilustró por encargo ese libro prerromántico, Pensamientos de la noche, de Edward Young: un aire a cementerio que inspiró a Cadalso sus Noches lúgubres. Pero nadie menos romántico que Blake, enemigo como los gnósticos o los cátaros de la Naturaleza, ese espejo donde Wordsworth quería verse a sí mismo y al ser humano pero que a él, Blake, le estorbaba para esa otra realidad que ya percibía, sin groseros accidentes externos, en su imaginación.

T. S. Eliot supo ver su gran diferencia con Dante, y en El bosque sagrado (1920) escribió que “lo que su genio pedía, y de lo que tristemente careció, era un entramado de ideas aceptadas y tradicionales”. De ahí su excentricidad. Pero en ello no distaba mucho de William Butler Yeats. En Blake, la compleja visión del mundo y del trasmundo se asemeja, por lo libre e independiente, a la del Yeats de Una visión o a la también caprichosa, a veces, La diosa blanca, de Robert Graves.
Su filosofía y religión eran más de la incumbencia de Chesterton, siempre preocupado por la ortodoxia católica. A lo no mucho, aunque certero, que indica sobre sus versos podemos añadir que la poesía de nuestro autor se presenta con tonos infantiles en Cantos de inocencia en 1789, pero en aquella sencillez a veces acecha un acerado retorcimiento, perceptible ya desde el frontispicio de la edición, donde la tortuosa caligrafía se enreda en la figura de un árbol. En “Canción de cuna”, por ejemplo, escribe “Sweet dreams form a shade / O’er my lovely infant’s head”, pero la tal sombra del entrelazado de ramas se le antoja al lector del ilustrado libro como una abrumadora, amenazante pesadilla.
No es baladí que Blake, al crear su propia y proteica religión, que fue mudando de piel con el tiempo, como uno adivina que haría hasta la misma serpiente del Paraíso, creara también sus evangelios, los iluminados manuscritos que contienen sus poemas y que, con el paso de los años, éstos vayan asemejándose, en su versolibrismo, a los versículos de los libros sagrados. Tras su muerte, Dante Gabriel Rossetti obtuvo un cuaderno con borradores suyos, que puso en manos de Charles Algernon Swinburne y que éste utilizó para el pionero estudio que le dedicara. Viene esto a demostrar una vez más que Blake fue todo menos un poeta romántico: dispar de Byron o Keats (a pesar de cierto neoplatonismo que lo emparentaba con éste), empezó a ser apreciado entre los prerrafaelistas, culminando esa incipiente admiración en la doble faz de simbolismo y esoterismo que representan Arthur Symons y Yeats, dos valedores tempranos –pero cuando ya llevaba décadas difunto– de su obra.
Ambos escribieron sobre él, y Yeats, que lo editó en 1893, también se ocupó de su pensamiento en Ideas sobre el Bien y el Mal (1903). Además del citado Swinburne, lo han hecho Harold Bloom, Kathleen Raine o Peter Ackroyd, junto con el propio Chesterton. Después de la revalorización finisecular, el surrealismo ha sido terreno propicio para su reconocimiento, pues se adelanta, más de cien años antes, a no pocos planteamientos de Breton.
En España, Juan Ramón Jiménez pergeñó varias traducciones, entre ellas la del poema “A las musas”, cuya publicación en El Heraldo fue, si no una experiencia mística, sí casi un ejercicio de ascética mortificación para el moguereño, por las insufribles erratas. Miguel de Unamuno, que lo había leído con detenimiento, anotando versos suyos, escribió:
Y yo que no sabía, Blake mío,
lo que ibas diciendo…
Vidente de este cielo, pues no hay otro,
señor de tu sendero…

Pablo Neruda publicó en 1934 sendas traducciones de Visiones de las hijas de Albión y “El viajero mental” en la revista Cruz y raya, que dirigía un cristiano heterodoxo –pero menos heterodoxo y más cristiano que Blake–, José Bergamín. Luis Cernuda vertió algunos versos suyos y reconoció que pocos contemporáneos se dieron cuenta de su genio. Le dedicó el primer capítulo de su Pensamiento poético en la lírica inglesa (siglo XIX), donde analiza sus ideas de visión sencilla y visión doble. Cirlot tiene muchos puntos en común con él, uno de los cuales es haber sido valorado más en vida como crítico de arte (en el caso de Blake, el aprecio fue como artista) que como poeta; hoy, en los logros alcanzados en la poesía, las figuras de ambos no dejan de agigantarse. El barcelonés escribió sobre el londinense un ensayo magnífico, “La ideología de William Blake”; y en su estremecedor legado, el poema “Momento”, un verso que encierra toda la sabiduría y la desesperación de Blake y que podría haber sido firmado por éste, o incluso canturreado en su particular agonía: “El ángel es el peor de los dragones”. Por su parte, Cristóbal Serra, el mallorquín de saberes insólitos, publicó en 1992 su Pequeño Diccionario de William Blake.
De entre los poetas de nuestra lengua, Borges fue uno de sus más íntimos conocedores. No sólo hizo que la Poesía completa del inglés, traducida por Pablo Mañe, apareciera en la colección Biblioteca Personal por él patrocinada, sino que le dedicó esclarecedoras páginas, surgidas no tanto de la fría dilucidación literaria como del idéntico estupor ante las rayas del tigre, en el que Blake veía el Mal que Dios no se resignó a omitir, y el poeta argentino un asombro y hechizo que se remontan a su infancia, visitante de la Casa de Fieras de Buenos Aires (en ubicación anterior a la que hoy se puede ver en las lindes de Palermo). El tigre real de Bengala al que se quedaba horas mirándolo pasó, dibujado, a una hoja de papel, reproducción que hoy se exhibe en el recoleto Museo Borges del 1660 de la porteña calle Anchorena, y la aguda y cenital magia del felino se apoderó de un zarpazo de un maduro libro de poemas, El oro de los tigres (1972).
Recientemente Jordi Doce ha vertido una muy amplia selección de la obra de Blake, que posee, junto con la pulcritud de su traducción, siempre ofrecida más allá de lo exigible, la virtud de recoger, como una parte más del quehacer de aquél, tan rico, su valiosa faceta plástica.
He juntado aquí algunas páginas sobre Blake habiendo leído previamente el libro al que me refiero, algo que contraviene una arraigada convención entre los escritores de prólogos. No tengo, por tanto, curiosidad por saber qué nos dice Chesterton, sino una certeza: sé bien que siluetea, como tú comprobarás enseguida, lector, una poderosa semblanza de este hombre inclasificable que, no importa aquí desvelar el fin, murió cantando.
ANTONIO RIVERO TARAVILLO
Sevilla y Buenos Aires, verano de 2010.
domingo 10 de abril de 2011
Posada del Potro
viernes 8 de abril de 2011
Diógenes
Detrás de las paredes de su piel,
en desorden que dicta el pensamiento,
se acumulan recuerdos y experiencias:
los días, las semanas de su paso
por este mundo en que colmó su casa
de soledad que muda en yesca y fuego.
Besos que no dio prenden ahora
un incendio sin llama, y sólo el humo
va tomando hospedaje en las estancias
entre imágenes pálidas de ayer.
Lentamente, la asfixia lo libera
del peso, inútil ya, de la memoria.
jueves 7 de abril de 2011
Bécquer por partida doble

miércoles 6 de abril de 2011
Lectura en Carmona
martes 5 de abril de 2011
Una subasta
lunes 4 de abril de 2011
Un poema de Bárbara Pulido
“Los cisnes de Harley”
RAYMOND CARVER
Sales cuando es de noche,
casi dormida al cuarto de baño, el sabor del agua
en la piel agotada no hay demasiado tiempo
para deleitarse,
para saborearla.
El desayuno luego con los ojos cansados,
un café muy cargado, denso aroma
entre los labios.
Un poco de color en tu cara desvaída,
los alumnos no tienen por qué notar la mala
noche -dices-,
cuando dormir es como hundirse por un naufragio,
esta vez has leído hasta muy tarde.
La tristeza se instala en tu almohada,
el bálsamo son siempre las palabras.
Conduces contra el viento y la lluvia en la autopista,
la lluvia,
que se estrella furiosa en los cristales del coche,
un día sin estrellas.
Un día de un invierno sales cuando es de noche,
cualquier día al trabajo
suena en la radio una canción de David Grey.
Mientras tus ojos otra vez cansados
evitan unas lágrimas tan desobedientes
que ruedan insumisas
como gotas soplaran vidrio de color siena
sobre tu cara todavía en duermevela.
Desde donde estoy
desde aquí, las violetas afloran despacio.
No te olvides.
domingo 3 de abril de 2011
Liverpool, prerrafaelista

viernes 1 de abril de 2011
Durmiendo con la Gestapo

Para Martín López-Vega
En Cracovia, el poeta
Adam Zagajewski
reside en una casa que ocuparon
-palabra terrible, si se piensa
lo que en esos años significaba ocupación-
unos policías alemanes
portadores de insignias y chaquetas de cuero
que tantos envidiamos en los años
en que por edad podríamos
haber militado en la Hitlerjugend.
Son vecinas dos ancianas
a las que aún estremece cualquier ruido,
pues recuerdan
los horrores cacofónicos del gueto.
Al gato que tenían le dio
por escapar a su antigua morada,
en libertad que ellas no gozaron.
No sé si, cuando duerme, al poeta
le asaltan sueños ajenos de una Gran Alemania
y –porque la humanidad es miserable–
las insidias de viejos polizontes,
o bien las pesadillas tras el muro
de dos niñas judías aterradas,
junto a su gato,
que fueron conducidas hasta el gueto.

