lunes, 20 de febrero de 2012

Graffiti


Las calles de las ciudades amanecen cada mañana más ricas en fealdad, manchadas por los autorretratos de los grafiteros. De la antigua Roma a hoy se ve que hemos avanzado poco. Por lo menos, en aquellos tiempos era factible poner grilletes a los autores y, con suerte, venderlos en algún mercado de esclavos.
Trazan garabatos, estilizaciones sincopadas de la basura urbana en un alfabeto que no es ni latino ni griego, sino todo lo contrario. Las persianas metálicas se convierten así, en realidad, en fidelísimos espejos de quienes las pintarrajean.
La tolerancia es una cosa muy bonita, que cultivo con Leonardo o Goya, Turner o Velázquez. La que se pueda tener con los graffiti, sin embargo, la dejo para los estudiosos de nuestra sociedad (digo, suciedad) dentro de dos mil años.
Sueño despierto y acaricio la idea de introducir una novedad en su espectáculo: ¿no podrían los fabricantes de botes de pintura en spray aprender de los probos manufactureros de bombas de mano y, poniendo el temporizador a cero, puesto que de todas formas van a verse manchados los cierres hacer que estos se tinten de vísceras y sangre? De sesos, no, que tal cosa no hay.


1 comentario:

Rafael dijo...

En Roma por lo menos escribían cosas inteligibles. Aquí la mayoría emborrona las paredes con garabatos.