sábado, 31 de marzo de 2012

Absolución del ridículo



Envía uno por correo electrónico unos artículos a su mujer, y a la hora de poner el destinatario se conoce que le tembló el pulso, la vista, o ambas cosas (véase que ya escribe "mujer" y no "novia"). Y el mensaje fue a parar a un conocido y estupendo escritor, en verso y prosa, admirado amigo.
Para no ser seco, y haciendo mudanza en su costumbre, el remitente había puesto unas palabras harto cariñosas, íntimas. Descubierto el desaguisado, alertó enseguida a quien solo era destinatario del mensaje por una metedura de pata, pidiéndole disculpas.
El amigo respondió aliviado. La frasecita ridícula quedaba absuelta, incluso engrandecía al torpe que la puso en manos de quien no debía. A fin de cuentas, el perplejo receptor sabía (como todo el mundo ha de compartir, aunque no la haya leído), la idea de Pessoa: esa de que todas las cartas de amor son ridículas, pero que al final solo quienes no han escrito cartas de amor sí que son ellos ridículos.


6 comentarios:

Olga Bernad dijo...

No es ridículo sino gracioso;-) ¿Tu amigo, por un momento, se sentiría algo confuso? Da para una buena novelita... No sabemos lo que pueden despertar unas palabras cariñosas en su destinatario accidental. Una historia de amor (o lo que sea) que comienza por un equívoco.
Cuidadito con las teclas!

Myriam dijo...

Sin duda se le absuelve. ¿Quién no se ha equivocado en su vida? Al menos fue sin mayores consecuencias.

Un saludo cordial Antonio.

arati dijo...

Ay, el amor ese entorno en el que podemos ser blandos y ridículos.
Menos mal.
:-)

Me encantó el post

gatoflauta dijo...

Yo quisiera reivindicar el lenguaje privado de la pareja. No es que sea (o al menos que tenga que ser) blando y ridículo, sino que es un idioma privado que suena así a quien no tiene la clave, que somos todos los demás. Todo idioma que no conocemos nos suena raro; pero eso no quiere decir que realmente lo sea.

Albert Lázaro-Tinaut dijo...

Los errores son hijos de las circunstancias, que pueden ser fatales, divertidas o, sencillamente, anecdóticas. Si alguien no comprende la voz de la ternura, no merece el amor.

¡Ahí te han «dao»! dijo...

«Quién lo probó, lo sabe»
Saludos.