lunes, 14 de mayo de 2012

Luz sin tiempo




Pocas ocasiones de regocijo para el lector de poesía como un nuevo libro de versos de Andrés Trapiello. Y este Segunda oscuridad que da en Pre-Textos está entre los mejores suyos. Decir que se abre y cierra con dos poemas magníficos es solo empezar a delimitar su territorio, pero entre uno y otro es mucho lo valioso y lo que enriquece.
Comúnmente, Trapiello logra la emoción propia (que es el único camino para alcanzar la ajena) con poemas de mediana extensión, de base endecasílaba (como cantos leopardianos), pero los sabe rodear de textos más flexibles de la raíz del romance o la canción, que no solo aportan variedad sino una adecuación a la temática, como sucede, por ejemplo, con"Agropecuaria (Poética)" o "Labores del campo".
La madurez que ha alcanzado Trapiello, como hombre y como poeta, hace posible que evoque magistralmente al niño que fue, no como una mera elegía por aquel, sino más bien por el adulto que él mismo es ahora."De todos los posibles, este raro / disfraz que llevo puesto de mí mismo / hubiera sido el último en probarse,"escribe en el muy hermoso "Mota de polvo". No será la única vez en que aparezca el niño (que es el padre del hombre, como afirmó Wordsworth y gustaba de repetir Cernuda); lo hace en "Una carretera" e incluso puede que desdibujadamente (como supo ver un alumno mío del taller de poesía cuando compartí con el grupo el poema) en "Niños en la calleja", donde el correlato objetivo entre el miedo a la oscuridad de una pandilla de críos y la "segunda oscuridad" de la muerte está perfectamente logrado, así como la simbiosis entre los protagonistas infantiles y unos corderos, y entre el amor y la serenidad que permite afrontar el camino ignoto.
El lector habitual de Trapiello recorre en este libro temas y referencias habituales, pero cada vez traídos con mayor hondura: pájaros, los lagares en derredor de Las Viñas, El Rastro, las Salesas. El Amherst de Emily Dickinson tiene puerta a dos poemas, y comparece Gaya bajo su propio nombre y en la oblicua hermosura de unas flores en un vaso de agua.
Poeta no es el que establece lazos caprichosos entre las cosas, sino el que sabe verlos aunque estén velados y, sobre todo, expresarlos. Los seis versos con que se cierra "Una meditación" lo demuestran con creces:


Ninguna eternidad, ningún empíreo,
ningún afán tras de una fama póstuma
podrán ser nunca más que este minuto
en que tú y las estrellas, sin tener
ni siquiera que hablar lenguaje humano,
podéis decíroslo a los ojos todo.


1 comentario:

Ceciely dijo...

Estos versos son suficientes para decirme la intensidad y calidad del poeta...
Continúo recorriendo las páginas de este interesante blog
Saludos cordiales