viernes, 18 de mayo de 2012

Oda a Psique





Me encuentro en otro blog con la transcripción de esta "Oda a Psique" de John Keats que traduje para aquella antología del poeta romántico inglés que -apasionadamente, como cumplía- publiqué hace unos años en La Veleta. Y ya que alguien se ha tomado la molestia de copiarla, aquí la dejo en estos días en que estoy embarcado precisamente en un proyecto narrativo sobre un contemporáneo de Keats:






Oda a Psique 


Escucha estos versos sin tono, oh diosa,
arrancados con coacción placentera
y remembranza cara;
y perdona que cante tus secretos,
aunque sea a tu oído anacarado.
¿Soñé hoy quizás, o vi a la alada Psique
con mis ojos despiertos?
Vagando a la ventura por un bosque,
de pronto, desmayándome de asombro,
vi a dos bellas criaturas, recostadas
una junto a la otra entre la alta hierba,
bajo el techo gimiente de las hojas
y las trémulas flores, junto al cauce
de un arroyuelo apenas espiado.

Entre calladas flores
de raíz fresca y ojos aromáticos,
níveas como plata, azules, púrpura,
yacían calmos sobre un lecho de hierba,
los brazos y las alas enlazados;
y aunque no se tocaban ya sus labios
no se habían dicho adiós todavía,
tal separados por un suave sueño,
dispuestos a doblar los besos dados
cuando de par en par, tierna, la aurora
sorprendiese su amor amanecido.
Pude reconocer al niño alado,
¿pero quién eras tú, feliz paloma?
¡Su Psique fiel!

¡Oh, postrera visión, la más hermosa
de toda la marchita jerarquía
del Olimpo! Más pura que la estrella
de Febo en sus regiones de zafiro
o la amante luciérnaga de Véspero;
más hermosa que ellas, mas sin templo
ni altar que cubran flores;
sin coro de vírgenes que giman
en las nocturnas horas;
sin voz, laúdes, flautas, dulce incienso
que eleve con fervor el incensario;
sin santuario ni oráculo ni bosque,
ni el celo de la boca macilenta
de un profeta que sueñe.

¡La más brillante! Pero muy tardía
para los viejos votos y la lira
de arrebatada fe,
cuando sagradas eran las forestas,
sagrado el aire, el agua, santo el fuego.
Aun en aquellos días, tan lejanos
de feliz devoción, tus abanicos
claros, aleteando entre las pálidas
deidades del Olimpo, veo y canto,
sólo inspirado por mis propios ojos.
Sea yo entonces tu coro, que gima
en las nocturnas horas;
tu voz, laúdes, flautas, dulce incienso
que eleve con fervor el incensario;
tu santuario, tu oráculo, tu bosque,
el celo de la boca macilenta
de un profeta que sueñe.

Seré tu sacerdote, haré tu templo
en un lugar desierto de mi mente,
donde ramificados pensamientos
recién brotados con dolor muy grato,
en vez de pinos, canten con el viento:
muy lejos esos árboles espesos
emplumarán montañas cuesta a cuesta;
y allí, al lado de céfiros y arroyos,
de pájaros y abejas,
las Dríadas echadas sobre el musgo
serán adormiladas en silencio;
y en medio de esta plácida extensión,
un santuario rosado vestiré
con el denso parral entretejido
de un cerebro que piensa,
con capullos, campanillas y estrellas
de nombres ignorados,
con todo lo que la Imaginación,
jardinera, conciba,
que criando flores nunca son las mismas;
y tendrás todo el sereno placer
que puede dar, umbrío, el pensamiento,
¡una antorcha brillante, una ventana
abierta, que de noche haga posible
que entre el cálido Amor!

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