domingo, 24 de junio de 2012

"Mi isla" (y la mía)





Brendan Thomas y Dylan Behan son dos autores que, obedientes donde los haya, han venido a dar la razón a esas señoras aburridas, no sé si frígidas, de las asociaciones de templanza y las ligas contra el alcohol. Ambos cumplieron a rajatabla con el tópico de que un escritor céltico ha de ser un borrachín redomado y, a fuerza de dejarse invitar o sablear a este o al otro, pagaron un alto precio por la bebida. 
Restaurándole ya el nombre, del irlandés Brendan Behan se acaba de publicar en la editorial en la que se difundieran sus impresiones de Nueva York un agradable volumen. Mi isla es una obra menor y, por ello, porque carece de pretensiones más allá de la notoria de embolsarse unas libras con las que pagarse unas rondas, se disfruta más con ella que con otras ambiciosas bagatelas que cortejan la maestría para recibir calabazas. Preferible, en fin, un testarudo irlandés con historias y que conoce su genius loci a un sesudo apátrida histérico aspirante a la genialidad.
Este libro es el resultado de la colaboración entre Behan y el dibujante Paul Hogarth, y en realidad no fue escrito sino narrado y grabado en cinta magnetofónica y después pasado a limpio e ilustrado. Se nota -y agradece- el carácter oral de la narración, que a veces cae en repeticiones, en bucles, en momentos en que quien monologa, como está mandado, se vuelve algo pelmazo. Unos cuantos descuidos de edición y traducción contribuyen a resaltar esta oralidad, este emborronamiento como el que recibe una hoja de papel cuando, sobre la madera de una barra, cae sobre ella un desperdiciado líquido que iba para trago de cerveza.
Además de con los estupendos dibujos hogarthianos, Mi isla se enriquece con un apéndice en que se dan las letras de las canciones continuamente canturreadas a lo largo del libro. Lástima que no podamos oírlas interpretadas por el propio Behan. Clásicos del repertorio como "The Foggy Dew" o "Love is Pleasing"aparecen en esas páginas finales después de haber sido traducidos al español donde tocaba; es decir, donde a Behan le vino en gana entonarlos. Una obrita de teatro y sendos poemas en gaélico que homenajean a Wilde y Joyce completan el libro, un viaje por las cuatro provincias de Irlanda, ese país único que, como diría el otro, ní bheidh a léithid arís ann*.




* "Nunca habrá nadie como él", a partir de la frase repetida por Tomás Ó Criomhthain en su libro de memorias An t-oileanach, El isleño.

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