martes, 3 de julio de 2012

De Emilio Quintana





Editada con todo el esmero que acostumbra a desplegar Abel Feu en Los Papeles del Sitio, recientemente el poeta granadino afincado en Estocolmo ha publicado esta plaquette, que se nos brinda a ser leída entera digitalmente. Sobre Emilio Quintana publiqué este artículo hace unos años:



EL MAL POETA: EMILIO QUINTANA


Nunca fui a Granada, no al menos desde que empecé a frecuentar la poesía (es decir, sólo estuve en una vida anterior). Y en Granada, ese lugar que no he pisado, vive un poeta con el que no he tenido más trato que el de una lectura atenta de sus escritos y la escrutación de su fotografía. Comenzaré por esta última: se trata del retrato que ilustra y sirve de pórtico a la espiga de sus poemas recogidos en la antología Selección Nacional (Última poesía española), editada por José Luis García Martín para Llibros del Pexe. Bajo el nombre de Emilio Quintana, y sobrevolando lo que es noticia bio-bibliográfica, breve no tanto por la falta de espacio cuanto por la aún juventud del poeta, la fotografía no se compadece con la supuesta edad suya, aunque más bien habría que hablar de época o de era.
¿Cómo puede un escritor nacido en 1964 ostentar tan grave y desasistido rostro, que es absolutamente el de un seminarista o joven párroco de 1941? Un cabello corto y trasquilado, oscuro sobre la sombra de la mal rasurada barba y el bigote de dos días pasados en ensoñaciones místico-amorosas, constituye, con estas otras umbrías capilares, la periferia de un negro más intenso: el de las gafas de enlutada pasta; no desde luego las de Buddy Holly o Elvis Costello, sino las de, pongamos por caso, un cantor de latines de la catedral de Astorga. El busto de nuestro personaje es una mancha bruna cuyo contorno se confunde con el de las tinieblas de la habitación, y que hace, cuadrándole a su dueño, pensar en una capa pluvial o hábito, también en una camisa azul que explicaría, puestos a imaginar, por qué nos hallábamos ante un colaborador de Escorial o Garcilaso, de Vértice o de La Estafeta Literaria.
Pero Emilio Quintana donde ha publicado es en Nada Nuevo (un curioso cuaderno dirigido por él mismo), en estas páginas de La mirada y en algunas otras revistas y suplementos literarios del presente. Tiene además la plaquette Las leyes de la herencia, título homónimo de un magnífico poema allí incluido, y un libro en “La Veleta”, la colección más codiciada por el poeta y el bibliófilo —valga la redundancia: ¿acaso no es el primero casi siempre lo segundo?—. Este que puede ser considerado su primer libro lleva el título manuelmachadiano de El mal poeta. Hace unos meses leíamos composiciones de un libro inédito.
La poesía granadina joven ha dado desde los años ochenta a hoy una enjundiosa lista de figuras, sobre las que tal vez haya pesado demasiado el marbete de “la otra sentimentalidad”, integrada en principio por Álvaro Salvador, Javier Egea y el hoy encumbrado Luis García Montero. Miguel d’Ors pertenece a otra generación anterior, y Quintana a la siguiente. En medio quedan José Carlos Rosales, Vicente Sabido, José Gutiérrez, y también Antonio Jiménez Millán, Rafael Juárez, Antonio Enrique, José Lupiáñez, y un poeta hermosa y voluntariamente anacrónico como es Fernando de Villena, que no es que reciba influencias de Villamediana, Carrillo de Sotomayor o Góngora, sino que les presta su voz con una radical y original falta de originalidad.
Emilio Quintana tampoco pretende ser original: cuando evoca el dadá o la vanguardia lo hace con comedimiento y buenas maneras, no en vano le es cara la paradoja y ama a Chesterton. También, y esto es lo que me lo hace más cercano, ama desesperadamente a Polonia, con una fijación enfermiza para la que sólo hallo parangón en la mía con Irlanda. Al fin y al cabo, y no deja de ser curiosa la coincidencia, ambos son países católicos que han sufrido la codicia y opresión de sus vecinos, y semilleros los dos de excelentes poetas.
Joseph Brodsky, esa encrucijada donde dialogan Pasternak y Donne, el oriente y el occidente de nuestra tradición poética, ha escrito que la mejor poesía del siglo XX hay que buscarla en una pléyade de oscuros nombres polacos prácticamente inéditos y desconocidos entre nosotros. Nos suenan Milosz, Lemm o Gombrowicz, ¿pero qué sabemos de Leopold Staff, Zbigniew Herbert o Wieslawa Szymborska? Quintana parece moverse con soltura entre estas ásperas consonantes y el secreto de sus versos (por su carácter de rara avis también merece ser mencionada, es justicia hacerlo, la versión de los Sonetos de Crimea de Adam Mickiewiz que realizó Vicente Tortajada y publicó “El Mágico Intimo” en Sevilla  hace una década).
Lo doy en primicia mundial: he descubierto que hay algunos poemas de Quintana en los que no aparece Cracovia o el Vístula; el dato parece sorprendente pero puede ser corroborado por el lector tras una paciente búsqueda. Y es que a nuestro poeta le sucede lo que a su admirado Thomas Hardy, que siempre escribe de una región que hace propia y en la que sitúa, como el ámbito más natural para ella, su poesía. Wessex y Zamosc deben compartir un mismo cielo.
Efectivamente, como decía, en alguna ocasión he sorprendido a Emilio Quintana saliendo a hurtadillas de su internado polaco para visitar otros lugares; pero siempre regresa a su cuarto desde el que se ve la calle Florianska o se atisba Przegorzaly. En esas fugas, Quintana recoge un aforismo, viaja a principios de siglo o traduce a un escritor anglonorteamericano tan oscuro como él mismo. En un endecasílabo camuflado entre la prosa de una poética, ha declarado: “Ser un poeta menor, a eso aspiro”.
Ése es el tamaño de su esperanza, y no seré yo quien lo contradiga sosteniendo que es gran poeta. Pero sí un poeta cuyos defectos y excesos me causan una mezcla de exasperación y simpatía, será que veo en ellos y en él —tan gris como uno, tan blanco a veces, tan negro— un cierto aire de familia, el que se vislumbra en un pariente lejano. Al fin y al cabo, sólo tres mil quilómetros separan Dublín y Varsovia.

Postdata: Plutarco sigue escribiendo, o tal vez sea que su alma vagante se entretiene en el Purgatorio (Dante lo omite) urdiendo nuevos paralelismos. Signado ya el artículo anterior, y en un tris de ser despachado al correo, el Premio Nobel de 1996 le ha sido concedido a Wislawa Szymborska. Es un premio para Emilio Quintana. El de 1995 se me otorgó a Seamus Heaney... Qué cerca quedan, en verdad, Cracovia y Derry.


ANTONIO RIVERO TARAVILLO


La mirada, 114 (El Correo de Andalucía, 14.3.97)




1 comentario:

Alfredo J. Ramos dijo...

Qué buen rescate este artículo, ART. Y cómo me alegra ver citado en él a Vicente Tortajada. Un abrazo