sábado, 14 de julio de 2012

De un libro de versos en preparación


PAPELERÍA AMPARO

Cruzábamos dos calles
-Tenéis que mirar siempre a los dos lados-,
y allí estábamos, niños,
ante el mostrador de madera
demasiado alto
y la vieja oidora que atendía
como una virgen gótica
nuestras necesidades de milagros:

el exotismo de la goma arábiga
con el harén de sus ensoñaciones,
o bien la cola blanca, más plebeya,
como una escayola líquida
contra la fractura del mundo;

con la escuadra, el cartabón, el compás,
láminas de dibujo, el sacapuntas
y papel cebolla o de seda
acariciando el tacto,
tijeras romas y cajas de lápices
verdes como el recuerdo
perenne de sus copas.

Aquella tienda ofrecía su género,
su hermoso humo,
no de mera papelería
como rezaba el rótulo,
sino de posibilidades mágicas,
de trazos rectos y de estampas bellas,
de cosas unidas, de sumas que cuadraban
cuando aún no existían las calculadoras.

Entonces eran más largos los centímetros
y más seguro el trazo,
las reglas no melladas
ni borradas sus líneas.

Luego, el tiempo se ocupó en desmentir
todo cuanto, silente, pregonaba
la tienda que cerró, como un álbum
nacarado de primera comunión
al que nunca se vuelve.
Y hoy la papelería
es el forro del libro de una edad
de tachones y errores primerizos,
la carpeta que sobre la mesa abre
como un tesoro antiguo
el no querer mirar hacia adelante
sino al pasado.

Sí, cerró la papelería
con toda la heredad de sus renglones,
pero ahora los versos son palanca
-poderosa palanca si, más corta,
envía mayor fuerza-
que levanta su persiana metálica
y silueteando el mapa mudo
de aquellos tiempos,
robando su memoria,
vuelca la elocuencia de quien no sabe
hoy más cosas que entonces
aunque puede que las diga mejor,
o las escriba,
en el cuaderno roto de los años.


                                                (A.R.T., junio de 2012)

1 comentario:

Sara dijo...

Chapeau, Antonio.