jueves, 26 de julio de 2012

Shakespeare en la Olimpiada







Al parecer, la Olimpiada de Londres va a pregonar la grandeza de Shakespeare, ese plusmarquista de la pluma. La noticia es que hay representaciones en diferentes idiomas en el Globe, una exposición en el Museo Británico, y que motivos suyos tendrán especial protagonismo en la ceremonia de apertura de los juegos. Hace bien una Gran Bretaña en decadencia en volver la vista a su pasada gloria. Aunque, ¿pasa Shakespeare? Creo que no: pasan sus escenógrafos pretenciosos, sus adaptadadores rimbombantes, lo más moderno. Él, el de siempre, no deja de estar de actualidad y es más contemporáneo que cualquiera de sus depredadores. Para brindar por él y con los dos o tres lectores que tenga este cuaderno, aquí dejo el comienzo de uno de sus poemas menos traducidos, "Lamento de una amante", en la versión que incluí en el volumen de su Poesía Completa (Biblioteca de Literatura Universal, 2009):



LAMENTO DE UNA AMANTE

En una loma en cuyo vientre hueco
resonaba el dolor de un valle próximo,
presté atención a la doblada queja,
y me tendí a oír su triste historia;
al poco vi a una pálida muchacha
partiendo en dos anillos y papeles,
bajo el viento y la lluvia de su pena.

Un tocado de paja en la cabeza
su faz protegía del sol, la cual
podía imaginarse que mostrara
otrora su beldad, hoy fenecida;
un rastro juvenil retuvo el tiempo
y a pesar del cielo airado, aquellos años
un resto de belleza conservaban.

Se llevaba a los ojos el pañuelo
en el que había extraños caracteres,
mojados con el líquido salobre
que un largo dolor perlara en lágrimas,
releyendo a menudo lo allí inscrito;
a menudo también su queja alzaba
con agudo clamor y gritos graves.

Ora con sus pupilas enfilaba
cual si éstas apuntaran a los astros;
ora sus pobres ojos en la tierra
impactaban; y a veces recta extienden
la mirada; otras veces, ésta vaga
un tiempo por doquier, sin detenerse,
la mente con la vista confundidas.

Ni sueltos ni peinados, su cabellos
delataban desdén por el orgullo,
pues algunos colgaban del sombrero
mejilla abajo, pálida y llorosa;
otros en su red se mantenían
fieles, sin pugnar por escaparse
pese a estar retenidos con desgana.

Muchas prendas de amor sacó de un cesto:
ámbar, cristal y cuentas de azabache
que una por una fue arrojando al río
cuya llorosa orilla hollaba triste;
tal usura, añadía llanto al llanto,
o como un rey que niega sus mercedes
a aquel que nada tiene y da a quien sobra.


(...)

1 comentario:

Aura dijo...

De lo que lei , no esperando,
encantada quede, con estos versos,
que el alma conmoviesen en su momento,
arrancando suspiros y lamentos ...

No me pude contener ..espero del autor,
su licencia, para comentar tan bellos versos ....

Un saludo