sábado, 18 de agosto de 2012

El poeta de la calle Guadalquivir





Su madre, Josefina Lozano, era del Puerto de Santa María, y el niño se educó en un ambiente en que lo andaluz despertaba evocaciones que solo muchas décadas después adquirieron la consistencia de la realidad.
            Paz vino tres veces a Sevilla. En septiembre de 1986 estuvo entre nosotros para asistir a los cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en la época dorada de esta en la ciudad, cuando concurrían a su llamado escritores de la talla de Borges o Italo Calvino. En aquella ocasión declaró: “Sevilla es para mí el comienzo de América”. En su primera visita dedicó la lectura de sus poemas en el salón del Almirante del Alcázar a dos poetas sevillanos muertos en México: Gutierre de Cetina y Luis Cernuda. Del segundo ya resulta innecesario aclarar quién es, a punto de conmemorarse el cincuenta aniversario de su muerte; del primero, podríamos mencionar que es autor de ese madrigal que contiene versos que muchos recordarán: “Ojos claros, serenos, / si de un dulce mirar sois alabados, / ¿por qué si me miráis, miráis airados?”.
Posteriormente, exactamente diez años antes de morir, Octavio Paz vino de nuevo a Sevilla. Fue con motivo del Primer Congreso Internacional sobre Luis Cernuda, que se celebró también en el Alcázar. El autor de Piedra de sol ya era premio Cervantes pero aún no Nobel de Literatura (recibió el galardón dos años después de su visita), aunque ya era, y desde cuánto tiempo, el primer intelectual mexicano, uno de los más grandes poetas de aquella nación. A Cernuda, uno de los más grandes de la nuestra, lo trató a lo largo de los años y cruzó con él una correspondencia que hasta la fecha permanece inédita.
            También nos visitó poco antes de la Exposición Universal de 1992, a las puertas de la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, cuando leyó una conferencia en la que fabuló sobre lo que hubiera sucedido si en vez de llegar los españoles a México los aztecas nos hubieran invadido. Estaba en su ánimo deshacer el malentendido de que Cortés y los suyos masacraron a unos pueblos salvajes. “Imaginemos por un instante que no son los españoles los que desembarcan en la playa de Veracruz una mañana de 1519 sino que son los aztecas los que llegan a la bahía de Cádiz”, dijo Paz. “Axayácatl, el capitán tenochca, rápidamente se da cuenta de las disensiones que dividen a los andaluces; se entrevista en secreto con el Conde don Julián y se alía con él; seduce a su hija, Florinda la Cava, la convierte en su barragana y en su agente diplomático; tras una serie de maniobras audaces y de combates, conquista Jerez, Sevilla y otras ciudades; los jefes aztecas ordenan la demolición de las catedrales y levantan sobre ellas majestuosas pirámides; se sacrifica a los guerreros españoles vencidos (así se les diviniza) y se distribuyen sus mujeres entre los conquistadores; sobre las ruinas de Sevilla se funda Aztlán, la nueva capital de la Bética; los sacerdotes aztecas convierten a la población indígena al culto de Huitzilopochtli y de su madre, la Virgen Coaticlue; se pacifica al país y se establece una dominación que dura varios siglos; finalmente, a través de la acción combinada del tiempo, el mestizaje y la indoctrinación, nace una nueva sociedad “azteca y bética, rayada de morisca”, como diría siglos después, en el más puro náhuatl, uno de sus poetas.” Se refiere a Ramón López Velarde, que nació en Jerez (estado de Zacatecas).
A Paz, los intelectuales de la náusea sartreana no lo podían ver ni en pintura, y le declararon una guerra con esas herramientas propias del comunismo: el borrado, el ninguneo. Aquí, antípoda de aquellos, ha tenido un fino intérprete en Aquilino Duque.
En las Navidades de 1996, la casa del poeta en la ciudad de México salió ardiendo como consecuencia de un cortocircuito. Las llamas devoraron obras artísticas, recuerdos de la India y parte de la biblioteca, con todos los ejemplares de los autores modernistas del idioma. “Las llamas me han dejado ligero de equipaje”, dijo evocando a nuestro Antonio Machado, cuyos libros también perdió con el incendio.
Los dos últimos años de vida, ya enfermo, los pasó en un predio que le fue cedido en Coyoacán, la llamada Casa Alvarado, a unas cuantas manzanas de donde vivió y murió su amigo Cernuda. Hoy, en ese lugar radica la Fonoteca Nacional de México, donde se pueden oír grabaciones de nuestro paisano y del Nobel.
¿No dije que la vivienda de este que salió ardiendo se halla, con entrada por el Paseo de la Reforma, sobre la calle Guadalquivir?

(Publicado en la edición sevillana de El Mundo el 17-8-12)

3 comentarios:

Juan Antonio Millón dijo...

Un bello artículo, Antonio. Enhorabuena. El relato de la "contraconquista" por parte de Paz, inigualable. Un abrazo.

Alfredo J. Ramos dijo...

Lúcida evocación, al buen nivel de todos estos artículos veraniegos, tan finamente documentados. Esa correspondencia con Cernuda que mencionas, así como otros papeles que el poeta mexicano dejó inéditos, no deberían tardar en ver la luz.

(Menudencias: Creo que hay un curioso intercambio de identificaciones entre Cetina y Cernuda, cuando los menciona juntos. Supongo que en el artículo impreso ya no tiene remedio, pero la red siempre deja abierta la puerta; es una de sus grandes ventajas.)

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Mil gracias. Y ya he corregido el lapsus del que me adviertes, Alfredo. Te debo una.