martes, 14 de agosto de 2012

Jamón y endecasílabos




Gabriele Morelli con Jorge Luis Borges en 1981



Ha pasado una vez más por Sevilla el profesor italiano Gabriele Morelli, el máximo estudioso italiano de la poesía española contemporánea, y con él hemos compartido ratos de conversación Aquilino Duque, Marie Christine del Castillo, Fernando Ortiz, Jacobo Cortines o yo mismo, en una carrera de relevos de los proyectos, o de la simple y fiel amistad, que cultiva este divulgador de nuestras letras. Yo me cité con él en casa del sobrino de Luis Cernuda, y Morelli vino de su pensión cercana a la calle del Aire puntual, entusiasta. Si uno fuera creyente en ectoplasmas como Fernando Villalón diría que las muchas ideas que bullían en nuestro visitante le podrían haber hecho atascarse, como un alejandrino en un verso de haiku, en esas estrechas callejuelas.
            Si de Italia nos vino ese invento superior al de la rueda, el endecasílabo, de este erudito y traductor nos llega un interés por lo nuestro que tiene mucho de bumerán, de retorno. Retornos de lo vivo lejano es título de Alberti, quien sale en la conversación y de quien Morelli ha publicado parte de su correspondencia. Y también los nombres de Neruda, con quien cenó, o de Lorca o Colinas (Morelli es catedrático de la Universidad de Bérgamo, y el leonés, que fue lector allí, autor de “Piedras de Bérgamo”, primera parte del bellísimo Sepulcro en Tarquinia).
            En la sevillana editorial Renacimiento Morelli ha publicado ya varios frutos de su esfuerzo, que va sumando a su inagotable bibliografía de hispanista por la que ha recibido la Cruz de Isabel la Católica. Sobre la mesa tengo ahora su facsímil de la madrileña Nueva Revista, que recoge la breve aventura de esta publicación entre 1929 y 1930. Hay un artículo sobre Bécquer, y sevillanos que colaboraron allí fueron Aleixandre, Villalón o Cernuda.
            Sobre este último es la pesquisa que ha traído a Morelli a nuestra ciudad. No sé si cometo indiscreción al revelar que para la citada editorial de Abelardo Linares (otro viajero del que habría que escribir un día), el italiano se encuentra preparando una edición de las versiones que Miguel Romero Martínez publicó –era 1928– de los Canti de Leopardi, el colosal poeta romántico italiano en cuya obra no hay fecha de caducidad ni se pone el sol, como no declina en la de sus antecesores Virgilio o Petrarca. Romero, a quien José María Izquierdo llamó “bibliófilo humanista”, fue uno de esos ateneístas que pulularon en derredor del ultraísmo. Y astrónomo aficionado, llegó incluso a descubrir una estrella en 1918. ¿Habrá algo más lírico? Muchas traducciones de Leopardi se han publicado después (una, del citado Antonio Colinas), pero la primorosa de nuestro paisano Romero fue la que leyó Cernuda durante su fugaz carrera como miliciano durante la Guerra Civil.
            Juan Luis Panero, cuya poesía empezó a ser justamente conocida gracias a otra edición de Renacimiento, recuerda haber visto en Londres, siendo él un niño, el ejemplar profusamente anotado en que Cernuda mostraba una lectura atenta de Leopardi. Dónde esté ese ejemplar, no lo sabemos. Él mismo es una de las consecuencias del exilio, del arrastrar una biblioteca de un país a otro, de un continente a otro. Cernuda se lo regaló a Panero, y luego desapareció en la almoneda.
            A Morelli le gustaría dar con ese libro para documentar y analizar la influencia de Leopardi en Cernuda. Nadie, seguramente, más indicado que él para esta tarea: su familia es de Recanati, la villa del poeta tristísimo y deforme, y él un gran conocedor de la generación del 27 y del autor de Ocnos, libro que ha traducido en versión que permanece inédita.
            Por lo demás, lo que nos cuenta Morelli, que ha venido de Bérgamo en un vuelo de bajo coste menos gravoso que una cena para dos en una pizzería, es tan universal como deprimente: el declive de las universidades, que allí como aquí se mustian y degradan (maldita Bolonia, y maldita la realidad de la cual los planes de estudio son espejo), el desinterés por las humanidades, el derrumbe del mercado editorial literario, la primacía de lo alicorto.
            Va y viene siempre que puede este viajero con su tráfico de versos y revistas y también de alimentos terrestres (como el título de Gide, también enamorado de Sevilla), pues Gabriele Morelli trae un trozo de buen parmesano para compartir con los amigos y se lleva, halcón o águila, en el buche hasta su nido prealpino o en la maleta, purpúreo papel biblia que sabe a gloria y paraíso, jamón, jamón bien cortado, pasión que comparte con nuestra poesía. En eso también se nota que es sabio.



                                             (Publicado en la edición sevillana de El Mundo el 10-08-12)

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