sábado, 4 de agosto de 2012

La pesquisa de un cuadro




Entre competición y cerveza, cerveza y competición, los visitantes sevillanos a la Olimpiada de Londres tendrán de buen seguro tiempo de hacer alguna visita cultural, aunque sea para reposar un rato al aire acondicionado o resguardarse de la lluvia. En la plaza que los ingleses dedicaron a la batalla en que murió Nelson (“En Lepanto, la victoria / y la muerte en Trafalgar” canta el himno de nuestra Armada), la Galería Nacional es una cita ineludible. Además, sale gratis, lo cual es particularmente conveniente en fechas como las actuales, de naufragios económicos no ante el Turco o la pérfida Albión, sino ante el becerro de oro que no deja de embestirnos en esta forma de tauromaquia que nos desangra.

Hay varios cuadros de Velázquez en la National Gallery, entre los que destaca La Venus del espejo o dos retratos de Felipe IV, pero uno de los más hermosos, ay, no está actualmente expuesto. Ya el año pasado en estas mismas páginas hablaba de otra pintura de nuestro paisano que se conserva en la Galería Nacional, pero de Dublín (La cena de Emaús). En este caso, y también de 1618, el lienzo al que me refiero es Cristo en casa de Marta y María.
            ¿Cómo llegó el cuadro de Velázquez al gran edificio londinense, en el que hoy, descolgado, solo está como fantasma? Su historia atrae, como todas las detectivescas (también muchos visitantes podrán ver la casa de Sherlock Holmes en Baker Street). Sabemos que fue donado, junto con otros tres, por Sir William Gregory en 1892. Gregory era una figura prominente de la aristocracia angloirlandesa, y como sus antecesores fue coleccionista de arte, lo que lo llevó a ser miembro del consejo de administración de la Galería. Él lo había comprado en 1881 tras la muerte de su anterior propietario. Pero, ¿y antes? Sería una más de las rapiñas de obras de Murillo y de Velázquez con las que arramplaron las tropas napoleónicas durante nuestra Guerra de Independencia, como no han dejado nunca de reconocer (empezando por Chateaubriand en sus Memorias de Ultratumba) los propios franceses , esos desagradecidos aliados contra Nelson.
Pero tirando del hilo, o más bien enredándonos en la madeja que figura en el escudo de nuestra ciudad, vemos algunos datos dignos de reseñarse aquí.
            Fue este Gregory el marido de Lady Augusta Gregory, la gran benefactora de William Butler Yeats. Lady Gregory ensambló diferentes narraciones sobre el ciclo heroico irlandés en su libro Cuchulain de Muirthemne, cuya epopeya tuvo una gran circulación oral en la Irlanda medieval y uno de cuyos episodios se perdió nada más y nada menos porque el manuscrito en que estaba copiado se dio a cambio de un ejemplar de las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, muy preciadas en los monasterios hibérnicos medievales.
            El hijo de ambos, Robert Gregory, fue derribado sobre Italia durante la Primera Guerra Mundial e inmortalizado, si no por un retratista plástico como Velázquez (que lo hizo con Góngora, el infante Don Carlos, el bufón Calabacillas), sí por el Premio Nobel de Literatura de 1923, que le dedicó una sentida elegía que lleva su nombre y, sin declararlo explícitamente en el título, uno de sus poemas más justamente antologados: “Un aviador irlandés prevé su muerte”.
En cuanto al propio Yeats, nadie en Sevilla sabe que hace ahora ochenta y cinco años estuvo aquí unos días, donde, lejos de restablecerse de la neumonía por la que había venido al Sur, empeoró y sufrió un estado exacerbado que prácticamente lo retuvo todo el tiempo que duró su estancia en su habitación de hotel, entre delirios y revisiones de poemas.
Yeats perdió la noción de la realidad, y lo mismo decía que estaba en Siena que escribía que se hallaba en Saville (sic) mezclando el nombre de la capital andaluza con el del club londinense al que pertenecía y del que también fueron miembros Thomas Hardy, Henry James o Rudyard Kipling. No es que se hubiera tomado nada, simplemente es que a su natural propensión a la dislexia se unió durante su estancia aquí una elevada fiebre.
Hoy, los franceses, malquistados con nuestros deportistas y más desde que fueron apeados de la reciente Eurocopa por nuestra selección nacional de fútbol, en vez de robar cuadros dirían que Velázquez se dopaba, que no se puede ser tan buen artista sin extraños estímulos.
Pintado dos años después de morir Shakespeare, Cristo en casa de Marta y María está en Londres, pero como si no estuviera. En la Olimpiada del arte, Velázquez ya no tiene que competir y se queda en un sótano del museo. Ya tiene todas las medallas de oro.

(Este artículo, perteneciente a la serie "Galería de viajeros sevillanos", se publicó ayer en la edición sevillana de El Mundo)