sábado, 29 de septiembre de 2012

Carmen, feminista




Se ha estrenado en un teatro de la ciudad de México la adaptación “iconoclasta y no machista” de la ópera Carmen. El responsable de la metamorfosis, que no parece que sea Ovidio, ha querido presentar, afirma, “una mujer en busca de libertad, una víctima más de las tantas que sufren violencia de género”.
Nadie duda que en los países hispanoamericanos la mujer sigue padeciendo unas condiciones de vida en muchos casos lamentables, de las que los multitudinarios asesinatos de Ciudad Juárez son un caso extremo. Pero trocar el sentido de una obra ajena para que diga otra cosa, sobre fácil, es una falta de respeto a quien ya no puede defenderse porque tiene en su contra la cronología, que avanza testaruda, y ya sus derechos de propiedad intelectual han prescrito.
Prescrito habrán los derechos a percibir regalías, pero no deberían haber ido tras ellos los que atañen a lo que se conoce como “el derecho moral de autoría”. Dice el director de escena que en el montaje (nunca mejor dicho) se respeta la música original. ¡Menos mal! Como se respetaba en esas versiones de la Tetralogía de Wagner en las que el dios Wotan salía tocado con chistera.
De la Ilíada se han realizado incontables adaptaciones, recreaciones, obras subsidiarias, algunas de gran belleza o muy sugerentes. Pero los escritores que las han firmado han hecho precisamente eso, firmarlas. No se las han endilgado a Homero.
“Esta Carmen pasa en una Sevilla imaginaria que puede ser desde México hasta la Patagonia. Por esa razón, podrán verse grafitis, tribus urbanas y bailes más contemporáneos y propios a nosotros, como hip hop, reggaeton y bachata.” Ya con esto uno se queda tranquilo del todo y sabe a qué atenerse. La Fábrica de Tabacos pasa a ser un solar cuyas paredes están cubiertas de monigotes pintarrajeados. Entre las gentes del teatro algunos obran al modo de las urracas. O, más cucos, ocupan el nido del autor y luego expulsan la creación de este arrojándola por la borda para dejar sus huevos.
Se le llena la boca al escenógrafo con expresiones como feminicidios, lo que está muy bien y mejor estaría si nos ofreciera su obra pero, claro, el director escénico sin duda tiene poderosas razones para, en vez de ir a calzón quitado con su propio nombre y otro título, acogerse a los de Bizet y su Carmen. Los ingresos de taquilla serían bien distintos. Muy inferiores, quiero decir.
            No parece tener gran mérito honrar a las mujeres para robar a los muertos. Pero, claro, los vivos tienen que comer. Y más, los vivales.

(El Mundo, edición Sevilla, 28-9-12)

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