sábado, 15 de septiembre de 2012

Dylan






Posee una voz arisca y de arrastrada lija, áspera como las papilas de una lengua de gato. Y, como uno solo y unánime, sus millones de seguidores han emitido esta semana un general ronroneo cuando se ha puesto a la venta el trigésimo quinto de sus discos, Tempest, a medio siglo de aquel inaugural de 1962 que se titulaba, a palo seco, con su mero nombre artístico.
            Quieren los defensores de un sentido laxo de la creación poética promover a Bob Dylan como candidato para el Nobel de Literatura. Lo mismo podría aspirar, por esa regla de tres, al de Economía, porque sabe hacer de la necesidad virtud y con unos pocos recursos alcanzar grandes metas, como los genios. No es un nuevo Shakespeare, como alguno se ha aventurado a sugerir agarrándose al título del drama que hoy presenta, casi homónimo del último de los álbumes del Bardo, pero su voz es innegablemente tempestuosa y él sigue demostrando ser autor de excelentes letras.
            Uno de estos jueves se reunirá la Academia Sueca y resolverá sobre el premio que ya han logrado Neruda o Eliot. Seguramente Dylan no sea acreedor a ese reconocimiento si nos limitamos a considerar los tipos de imprenta, lo escrito. Ahora bien, si atendemos a lo oral Dylan sería un magnífico candidato, y si hubiera un Nobel de Música, él debería tenerlo hace ya mucho. Pero no lo habrá, porque los rendimientos que da el legado del inventor de la dinamita también decrecen -¡la crisis!- y desde este año el dinero para premios sufrirá los recortes.
Evidentemente, ya no está en su mejor momento, pero qué hermosas y vivas ruinas. Que nos tocan muy dentro, porque si hablamos de él no lo hacemos del Village neoyorquino, de Duluth o de Woodstock, sino del Damas de Asunción donde le compramos el primer disco de vinilo, de aquel bar del Postigo y aquella persona a nuestro lado o del Cineclub de Medicina donde lo vimos con la guitarra acústica y la armónica y el pelo alborotado en el Concierto para Bangladesh. Cambian los tiempos (sí, The Times They Are A-Changin’) y hoy, décadas después, lo rejuvenecemos en el DVD del documental de Martin Scorsese o portándolo en el móvil lo ponemos a cantar retrasando su edad de jubilación (espejo de nosotros mismos).
            En pie, por no contradecir a la lima de ebanista con la que interpreta sus canciones, esa lengua de gato cada vez más rasposa, el cantante no muere, ¿cómo va a morir Bob Dylan? Saca las uñas, bufa y nos mira sin apenas moverse, hieráticamente. Nos recuerda que tiene siete vidas. Ronroneamos.

(Mi artículo en El Mundo, edición de Sevilla, 14-9-12)

4 comentarios:

Sara dijo...

Magnífico artículo, Antonio. El entusiasmo de la crítica me ha parecido tremendamente exagerado, muy mediatizado, y mira que soy fan de Dylan...(en la BBC presetaron el álbum como "histórico" y me acordé que lo mismo dijeron el día que Obama ganó las elecciones: "un día histórico". Parece que este término ya está vacío de todo significado). Pero no iré a comprar Tempest. He escuchado algunas de las canciones; las letras son buenas (no todas), pero la voz... es que no puedo con ella. Y no sabes la pena que me da!! Un abrazo.

Sara dijo...

...Y si le dieran el Nobel de Literatura, yo no sabría cómo interpretarlo. Las letras de Joni Mitchell (por poner un ejemplo) son tan excelentes como las de Dylan, creo yo. Y seguro que muchos escritores excelentes (que no faltan) se sentirían desairados, no sé...

Angelus dijo...

Muy bueno el símil con el gato: siempre independiente, ajeno a los otros a pesar de la unánime admiración y sin apartarse de la línea automarcada. Bob Dylan, lo mismo con el felino, es un enigma. Saludos.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias, Sara y Angelus, por la lectura y los comentarios. Saludos.