sábado, 22 de septiembre de 2012

La calle es mía





Treinta y siete años después de muerto Franco, casi todos en Sevilla hacen bueno el lema de un ministro suyo quien, con frase célebre, declaró como un niño egoísta que no presta sus rotuladores: “La calle es mía.”
El suelo común se ha ido privatizando. Un ciego, un minusválido lo tiene cada vez más difícil. Y lo mismo, alguien a quien le suba la tensión ante los atropellos. El problema no es solo el desproporcionado número de veladores que en todos los formatos han ido a aposentarse en las aceras, en pasos tan estrechos que semejan ser la emboscada de Roncesvalles o de comanches entre cerros fordianos; es, también, la multitud de anuncios que en forma de banderolas con peanas (santos laicos de los nuevos tiempos), pizarras de tijera y demás carteles angostan la vía. Se fomenta al personaje hosco y solitario de la fila india; se desanima el paso, cogidas de la mano, de las parejas.
            Los bares sacan sus barricadas. Los árboles se emparedan con reclamos de tapas y raciones cogidos con cadenas. Frente al mismo Ayuntamiento unos ponen sus conitos para hacer prácticas de patinaje mientras otros machacan el mármol como hijos de Atila o se contorsionan (allá ellos) al ritmo de aparatos estéreo que asaltan a quien no quiera oírlas.
            En todo tramo, en fin, hay un cuello de botella, un embudo.
            Dan ganas de salir corriendo; eso sí, con buen cuidado de no tropezar con los muchos obstáculos que impiden el paso en las calles enajenadas. Y, sorteando taburetes y mesas y letreros, viajar, emigrar, marchar lejos de una ciudad que se va convirtiendo no en decorado de cartón piedra, vistoso al menos, sino en una horrenda sucesión de zancadillas, tropiezos, estorbos, traspiés, que hay que esquivar, evitar, rodear driblar, rehuir.
Los encerados de las aulas están, ya se sabe, en retroceso. Hoy los que pitan (un chirrido para los ojos, como uñas en su superficie) son los de las especialidades y los menús del día, las ofertas de botellines y los desayunos en bocacalles apenas visibles entre tanta cartelería. Romero Murube escribió un libro que tituló, tirando por lo alto, con elevada ignorancia de lo que hoy ha venido a imponerse. Hoy, la elegía que Sevilla pide a gritos es otra: Los suelos que perdimos.
Gorriones y palomas volarán. Y murciélagos junto a la catedral, de noche, esas aéreas gárgolas de sombra entre los focos. Pero entre fotos de platos combinados o de paellas –hay sangría, montaditos, ensaladas, baile flamenco–, hoy no podría correr, sin hacerse un chichón, el mirlo.

(Publicado en la edición sevillana de El Mundo, 21-9-12)


2 comentarios:

gatoflauta dijo...

No citas, supongo que por olvido, el título de Romero Murube al que te refieres, y que supongo es "Los cielos que perdimos".

Antonio Rivero Taravillo dijo...

No, no por olvido. La elipsis convenía al lector inteligente, que si es sevillano (en Sevilla se publica el artículo) por fuerza ha de pensar en el título del libro de Romero Murube. Ponerlo tan cerca de la nueva versión sobre los suelos me parecía innecesaria e incluso perjudicial.