jueves, 6 de septiembre de 2012

La mujer y la sangre





Cuando al hallarme en Dublín la suerte me favorece y mi asendereada sombra (no tengo nada de vampiro) se aloja en el Hotel Shelbourne (más que el aloha que da la bienvenida a islas exóticas, prefiero el vernáculo y gaélico fáilte), al salir a la calle tengo siempre dos opciones que se disputan el resultado de mi indecisión y que me tiran de las solapas de la gabardina en direcciones opuestas bajo una unánime lluvia. Esto parece común, una de las formas en que manifestar el albedrío, pero es todo un grueso dilema sin embargo para un ser dubitativo como es uno, capaz hasta de desdoblarse -como en los espejos que no reflejan a los vampiros y en esta misma frase- en una tercera persona. La primera posibilidad en esta encrucijada es tomar a la derecha en busca de la vida. La otra, enfilando a la izquierda, encaminarse hacia la muerte. En el primer caso me dirijo a la Biblioteca Nacional, a la librería anticuaria Cathach Books, a la de libros nuevos Hodges Figgis (y si es de noche, por qué no, a la visión de las pantorrillas danzarinas de la mitad del cuerpo de baile de Riverdance, en el Gaiety, durante su temporada anual de lleno absoluto). En el segundo, los pasos llevan a los enlutados y recios vasos de pinta de los pubs de Baggot Street, con su alzacuellos de espuma no sé si católica o protestante, a los que trato de hacer transparentes, fantasmales, de dos sorbos, abreviando el plazo; pero antes, nada más salir de este limbo o purgatorio entre ambos mundos que es el hotel alzado frente al Stephen’s Green, se pasa junto al minúsculo cementerio hugonote –cinco lápidas y una herrumbrosa cancela–, testimonio del linaje del que procedía Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), el autor de Carmilla (1872).


(La editorial Ultramarina está a punto de publicar una nueva traducción de Carmilla, el clásico de Le Fanu, al cuidado del poeta y profesor Juan Frau. Con estas líneas comienza a dar tumbos, hasta desmayarse por mi fobia a la visión de la sangre, mi horripilante prólogo al volumen)


Ilustración de Michael Fitzgerald

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