sábado, 20 de octubre de 2012

A nuestras mismas puertas



No es solo una cuestión política, en la que se diriman las vías para que los ciudadanos gocen de una vida mejor. Se trata del presente, y de su observación solo se puede concluir que la actual sociedad es muy injusta, sin duda más de lo que lo ha sido en las últimas décadas. En muchos países de nuestro entorno, y en el nuestro mismo, la Constitución, las leyes, son avanzadas. Nominalmente. Ahora, se ve la vida cotidiana fuera de los códigos y del Boletín Oficial del Estado y todo adquiere un tono sórdido, cada vez más preocupante.
            Quien no pasa auténticas estrecheces y simplemente se ha visto obligado a reducir un poco su tren de vida, disminuyendo pongamos las salidas de ocio o la duración de las vacaciones, no puede tener idea de cómo la devastación económica va golpeando alrededor.
            En Sevilla ha sucedido recientemente uno de esos casos que justifican una carta de dimisión irrevocable de este club depauperizado (sobre todo en lo moral) del género humano.
            J.R.L. era hasta la pasada primavera uno de tantos trabajadores más o menos mileuristas. También a él le alcanzó la violencia real de ese eufemismo, la crisis, y empezó a no cobrar la nómina. El protagonista de esta lastimosísima historia era vigilante de seguridad, y siguió trabajando a pesar de que ya el sueldo no entraba en su casa. Luego, la empresa entró en concurso de acreedores (perífrasis que suena a entretenimiento televisivo de lo que es lisa y llanamente una quiebra) y fue subrogado a otra empresa. Le debían 10.000 euros.
            Pepito, como conocían sus compañeros a este vigilante de más de cincuenta años, no abandonó su puesto de trabajo: diariamente acudió al Polideportivo de San Pablo a prestar sus servicios. Como no tenía dinero, empezó trasladándose desde su domicilio de Dos Hermanas en bici y, cuando ya no pudo pedalear porque le robaron esta (uno de los detalles más sangrantes de su historia, aunque no el más grave) no tuvo más remedio que viajar sin billete y si era sorprendido por el revisor, al fin y al cabo casi un colega, tragándose la vergüenza pedía a otros viajeros el importe del billete o, si no daba fruto la colecta, se apeaba.
            Hubo un momento en que este hombre no pudo aguantar más, y se suicidó. Sus compañeros siguen en la misma situación, manifestándose como pueden en un entorno cada vez más duro, porque unos gritos y unas pancartas cada vez dicen menos entre otras denuncias. Todo eso ha sucedido entre nosotros. A nuestras mismas puertas.

(El Mundo, edición de Sevilla, 29-10-12)

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