sábado, 13 de octubre de 2012

El Día de la Hispanidad




Fue viernes, como hoy. El almirante vio un fuego a lo lejos, y era que desde la Pinta se había avistado tierra. Lo gritó, un río de entusiasmo que desembocó en los labios, un tal Rodrigo, al que llamaban de Triana. Por fin las Indias, el nuevo camino hasta Cipango. Rodrigo se sintió ya el dueño de los prometidos maravedíes. Luego, como tantas veces sucede con las recompensas, del tesoro ofrecido no hubo nada. Aún no había nacido Garcilaso de la Vega, ni Cervantes, ni la inmensa mayoría de escritores de nuestra lengua.
Ese es el día que celebramos, el que ha venido a ser, desde aquel primer grito de cuerdas vocales aparejadas junto al antiguo Betis, la fiesta nacional de España.
Es una festividad hermosa, la nuestra, porque a diferencia de otras no es de ensimismamiento: un encuentro es lo que evoca, el descubrimiento que pronto se vio que no era el de una nueva ruta, sino, insospechadamente, el de un nuevo y luengo continente. Desde las afueras de Ushuaia, en Tierra del Fuego, hay carteles que indican los muchos miles de kilómetros que hay hasta Alaska.
Está bien que un país se celebre en la apertura, en el espejo que hallaría al otro lado del océano. Adonde llevaría su lengua, en trasplante que no soñaran los hablantes de entonces ni sus antecesores, hasta llegar a Virgilio.
            ¿Fue un desastre el descubrimiento de América, como quieren hacernos creer los que, más que indigenistas, son indigentes culturales? Negar que hubo masacres es imposible, pero juzgar desde la perspectiva de hoy los hechos del pasado es una solemne tontería. También de las culturas iberas a las que Roma sojuzgó quedó bien poco. Querer rehacer la Historia es, sobre cualquier otra consideración, inútil.
            Desde hace décadas se estila deplorar todo aquello, pero de aquel viernes surgió la amplitud de esta lengua que hoy hablamos y escribimos cuatrocientos millones de personas.
Sería un enorme error pensar que la invención de la Hispanidad sea poco menos que un invento franquista. Un republicano exiliado, Luis Cernuda, que alguna vez pisaría el Altozano que fue familiar a Rodrigo de Triana, escribió en Variaciones sobre tema mexicano: “¿Cómo no sentir orgullo al escuchar hablada nuestra lengua, eco fiel de ella y al mismo tiempo expresión autónoma, por otros pueblos al otro lado del mundo? Ellos, a sabiendas o no, quiéranlo o no, con esos mismos signos de su alma, que son las palabras, mantienen vivo el destino de nuestro país, y habrían de mantenerlo aún después que él dejara de existir.”

(El Mundo, edición de Sevilla, 12-10-12) 



2 comentarios:

Sara dijo...

"Juzgar desde la perspectiva de hoy los hechos del pasado es una solemne tontería". Desde luego, Antonio, y los que se dedican a esto profesionalmente son pésimos historiadores. De todas formas, es mucho más difícil abstraerse de los valores presentes a la hora de relatar acontencimientos históricos más recientes...

Anónimo dijo...

Sí.