miércoles, 24 de octubre de 2012

Una poeta venezolana



Qué gran deuda tenemos contraída los lectores españoles con Francisco José Cruz y, siempre su eficaz colaboradora, Rosario Acal, su esposa. La revista que editan en Carmona, Palimpsesto, está pendiente como ninguna de la mejor poesía hispanoamericana. Esto es algo que se reafirma en cada nuevo número, en cada flamante suplemento. El último publicado de estos recoge al cuidado de Miguel Gomes una antología de Enriqueta Arvelo Larriva (Barinitas, 1886-Caracas, 1962), una poeta que como escribió Guillermo Sucre se decanta por el escorzo. Así, "cristal nervioso" llama Arvelo Larriva al agua:

El agua está viva, y es para vosotros,
los que vais sedientos de un cristal nervioso.

Tiene una gran capacidad para la metáfora esta poeta, como cuando hace que la penumbra sea "madrina de los sueños". Y qué comparación tan estupenda esta, que deja de lado la suntuosidad del objeto en que se unen ambos elementos del verso: "Yo quiero ser sencilla como el hilo sin perlas".
El hilo, no el collar. Enriqueta Arvelo Larriva es sensible como pocas voces a lo pequeño, como ese pájaro al que ofrenda "Tú, el minúsculo". Tras expresar la delicia de ver aletear al pajarillo viene la congoja por verlo "ya plenamente quieto". Los versos que suscita esa emoción están muy cerca del "ver el universo en un grano de arena" que con sabiduría atemporal predicaba William Blake; dice la poeta: 

Confunde ver la inmensa muerte 
entrar toda en un mínimo cuerpo.

Cuando ya siente cerca la muerte propia es capaz de escribir un poema como "Devolución de mi sangre". Qué hermosísima despedida del mundo, entregando el testigo de la vida en un mundo inmanente:

Dios, te vuelvo mi sangre; la hallarás sin mudanza.

Prueba otra vez con ella, bajo tus soles jóvenes.