domingo, 11 de noviembre de 2012

Don Juan (cuento)



Dos semanas antes de cuando suele representarse el Tenorio, en torno al Día de los Difuntos, ha abierto donde hasta hace un año estaba mi pub irlandés de cabecera (y de migrañas jaquecosas, claro) un nuevo establecimiento de hostelería llamado Don Juan de Alemanes (siendo el nombre de la calle el gentilicio). Allí, hojeando el último número de Letras Libres, di con esta reflexión del escritor mexicano Enrique Serna: "En la era del ciberespacio, don Juan Tenorio sólo habría podido hacer dos o tres conquistas, porque las doncellas seducidas y abandonadas se habrían puesto de acuerdo para denunciarlo en su propio muro de Facebook." En la mesa de al lado había una chica muy guapa que tenía abierto su portátil y chateaba en la red social. La estuve mirando de forma intermitente, como un faro contrario, que no busca rechazar a los navíos, sino atraerlos. Finalmente -fueron varias las cervezas-, pasé a su lado en dirección al baño.
No pude evitar mirar la pantalla del ordenador, y vi su nombre, junto con la foto de perfil. A decir verdad, esta no le hacía justicia.
Cuando volví a mi mesa, le dirigí un mensaje privado, en el que le decía que hacía tiempo que la conocía de vista, que teníamos amigos comunes. Le envié una solicitud de amistad. La aceptó. Una cerveza después, ya éramos amigos en su portátil y en mi móvil, espejos de curiosidad y deseo. Y empezamos a charlar, a través de los teclados, físico uno, táctil el otro.
Cuando ya la tenía en el bote, entró mi mujer con una amplia sonrisa teñida por una petición de disculpa. No me riñas, sé que es muy tarde. Solo me dio tiempo de escribir en mi cristal, para que apareciera en el suyo: Adiós, Inés. Vi mi mensaje en su pantalla cuando nos íbamos.

1 comentario:

Isolda dijo...

Fantástico ese moderno Tenorio!
Un cuento tan actual! Un beso.