sábado, 24 de noviembre de 2012

El envés de la trama





Nos pintaban la imagen de un poeta romántico –lo era, aunque tardío–, rondador de arpas y delicadísimas manos prestas al suspiro y hasta el desmayo. Muchas de sus rimas constituían un ejemplo de devocional poesía amorosa. En las leyendas, sin embargo, ya se advertían borrascas, sombras, realidades oscuras que amenazaban la luz mansa, casi angelical, de los versos dirigidos a evanescentes damiselas. Tuvieron que pasar años hasta que descubrimos su faceta más oscura: su condición de poeta obsceno.
            Bécquer, como casi todo escritor, tenía una personalidad compleja; no quiere decirse que con dobleces, pero sí con muchas caras (como las gemas, al fin y al cabo). Estos días pasados, leyendo Memoria de José Moreno Villa, he dado con otra imagen desmitificadora que hace más vivo al personaje al que se refiere; en este caso, no Bécquer, aunque algo tenga que ver en la historia, sino otro poeta sevillano.
Estaba Moreno Villa, empleado de arqueólogo e historiador del arte, en Soria cuando al finalizar las tareas del día fue a cenar al desangelado comedor de la fonda en que paraba. Solo se hallaban allí él y su acompañante, más el camarero que pronto hizo acto de presencia con la tradicional servilleta en el antebrazo. Comentaban el futuro autor de Pasado en claro y el otro comensal lo solitario de aquella sala y de la ciudad toda que la albergaba, donde apenas se habían cruzado con algún viandante, cuando lo que parecía ser casi la mitad de la población local entró silenciosamente en el comedor: dos hombres y dos  jóvenes mujeres, todos vestidos de negro. Uno de ellos era Antonio Machado, ¿sería Leonor una de aquellas muchachas enlutadas? Y enseguida se vio que no habían entrado para aplacar el hambre, pues acercándose al piano de cola que había a un lado “una de las señoritas se puso a preludiar” y poco después los cuatro, el más insospechado coro, estaban cantando no se sabe bien bajo el dictado de qué notas la archiconocida rima “Volverán las oscuras golondrinas”. Sentado, Machado movía la cabeza como afirmando. Cree recordar Moreno Villa que el poeta llevaba ya su bastón.
Impresiona imaginar al poeta del palacio de las Dueñas gozando de un momento así de alegría y esparcimiento, en ese breve plazo en que fue feliz con su esposa casi niña. Jamás lo habría imaginado uno cantando y llevando el compás, aunque se tratara de una letra tan melancólica al cabo como esa de Bécquer, quien por cierto ¡también casó con soriana y habitó un tiempo aquel envés extraño de Sevilla! 

(El Mundo, edición de Sevilla, 23-11-12)


1 comentario:

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

No todo en Machado iba a ser triste. En Baeza todavía se comenta que después de comer don Antonio se daba sus buenas caminatas hasta Úbeda (son unos 9 kms) y, según se dice, no iba allí sólo a estirar las piernas sino que en Úbeda mantenía amores con cierta damisela que allí residía. Rumore - rumore... ¿Será verdad o no? Ah amigo mío, chi lo sá?