sábado, 3 de noviembre de 2012

El país imaginado




El domingo pasado ofrecía El Mundo la primera entrega de su curso de chino y ya se ha puesto uno a descifrar esas arañitas, esos insectos desconocidos y a comprobar que no era chiste: a tenor de un nombre propio, veo que nuestra ere se hace ele en esa lengua.
            También con el aval de organismos de aquella nación como Hanban y el Instituto Confucio, en Andalucía se brinda desde hace poco la posibilidad de estudiar chino como segunda lengua en diez institutos, dos de ellos sevillanos. Estas semanas pasadas han ido llegando las profesoras y hoy caligrafían las pizarras como si las aulas fueran calles del Chinatown de San Francisco o del mismo Pekín y ciudades igualmente populosas que burlan nuestra retentiva con nombres arduos, volátiles.
            Me dicen que esas clases de chino son un éxito. Nuestros compatriotas parecen querer devolver la moneda de su invasión incruenta a los chinos que se han asentado entre nosotros; buscan, quizá, una promesa de trabajo en su lejano país. ¿No tendrá China otra Gran Muralla que construir para absorber nuestra mano de obra?
Existen oscuras tramas de delincuencia que ensombrecen la reputación de la comunidad china, pero en parte son sombras chinescas, figuras que distraen de la realidad general. Lo verdaderamente oscuro de los chinos que nos habitan se halla a la vista de todos: en esos atestados bazares mezquinos con la luz, mechinales lúgubres, comercios que tienen poco de detallista porque no se ve nada.
Pero también hay otra China que remonta la caricatura: la que ha cautivado a poetas como Ezra Pound y Agustín de Foxá, que se rindieron a la delicadeza y hondura de aquella literatura, de aquel pensamiento, y trataron de verterlos a sus propias obras. El último en sumarse a esta estela es el argentino Eduardo Berti, flamante ganador del premio Las Américas por su deliciosa novela El país imaginado, que contra lo que pudiera pensarse no es China, aunque allí se desarrolle la acción, sino otro que no debo desvelar yo aquí.
En el seno de una historia de amor y fantasmas se presenta una escritura que no es del mandarín, sino un raro código, el nu-shu, empleado antaño por las mujeres para comunicarse a hurtadillas. Un lenguaje que quedaba en los bordados y no en el encerado, que se transmitía como un rito femenino y del que no tendrán seguramente idea Chen Lin y Li Juyang, las dos jóvenes docentes del IES Sevilla Este y del IES Triana, nuestros focos sinólogos. No se pierdan la estupenda obra de Berti (¡ni la próxima clase de chino!).

(El Mundo, edición de Sevilla, 2-11-12)


2 comentarios:

El infierno de Barbusse dijo...

Totalmente de acuerdo. Una obra deliciosa, amparadora. Escrita con enjundia y dote poético.
Un cordial saludo.

Belén Núñez dijo...

Hola Antonio, hace años leí " El abanico de seda " de Lisa See donde se narra una historia con el nu shu como lenguaje secreto para comunicarse las mujeres. Historia conmovedora que todavía recuerdo. Un beso.