miércoles, 14 de noviembre de 2012

Una isla en el mar rojo




He leído hace poco Una isla en el mar rojo, novela de Wenceslao Fernández Flórez que gozó de abultado éxito al comienzo de la posguerra (mi ejemplar, todavía de 1940, corresponde a la décima edición). Ni que decir tiene que no es uno de los mejores libros del pontevedrés. Le sucede lo que a tantos textos o películas (la novela se abre precisamente con el pase de una en un cine): que los buenos son buenísimos, como malísimos resultan ser los malos. Se le va la mano, entonces, y estropea el guiso de modo que las terribles circunstancias de los escondidos en el Madrid de la Guerra Civil, espectadores impotentes de las checas y los asesinatos, pierden en credibilidad cuando todo adquiere un aire de simplificación, de brocha gorda. Todo miliciano es un canalla de bajos instintos; y si del sexo femenino, una mujeruca desgreñada y horripilante. 
Con todo, un escritor como él no puede evitar párrafos, y hasta páginas, estupendos, como cuando describe las emociones que despierta un aparato de radio, aventador de esperanzas, o la escena sobrecogedora, con magnífica elipsis, de unas viejecitas que se sientan todas las noches en un balcón, y presentar cómo en el cuadro negro de la habitación a oscuras se ven dos puntos incandescentes, de dos cigarrillos de quienes se ocultan al terror rojo del título (estupendo y al que el contenido no hace justicia) y un día dejan de verse, se entiende que no porque hayan dejado de fumar los que los sostenían.
Fernández Flórez está, incluso aquí, bien dotado para el humor, y a esto es a lo que quería ir, al giro irónico que nos brinda al final de este párrafo dedicado a las prebendas que reciben los para él mequetrefes intelectuales de cuarta plana: "Haber escrito un artículo en El Sol basta para alcanzar un consulado; haber satisfecho los recibos de un trimestre del Ateneo de Madrid -fábrica de pedantes a lo Azaña- vale una secretaría de Legación; pero si se puede probar que se dejaron a deber dos años en la "docta casa", se obtiene el cargo de embajador." Además de rojos y masones, maulas.

1 comentario:

RETABLO dijo...

Pude leer esta novela a inicios del verano, en esa misma edición de 1940. Es, más que nada, profundamente amarga, casi nihilista.

Saludos.