sábado, 1 de diciembre de 2012

El Día de las Librerías



Coinciden –como el hambre con las ganas de comer– la crisis económica general con la particular del mundo de la letra impresa, ya sea la del libro, ya la de los periódicos. En este ámbito todos están afectados por la ordalía en mayor o menor medida, pero pocas decadencias tan funestas como la de las librerías, pues la desaparición de estas empobrece nuestras calles, y da en un país más bárbaro.
            Por eso aparece en el calendario una nueva jornada a señalar, el llamado Día de las Librerías. Mediante él, estas quieren llamar la atención, recordar su necesaria presencia, hacer ruido, ellas que expenden esos objetos, casi siempre hermosos, que piden, casi con un susurro, el silencio de la lectura. Hoy es ese día. Todas las afiliadas a la Federación de Gremios y Asociaciones de Libreros de España, la CEGAL, abrirán hasta las diez de la noche, y ofrecerán un pequeño descuento, el máximo que por ley, y por las circunstancias que atraviesan, pueden permitirse.
            En Sevilla (supongo que como en todas partes, pero es lo que mejor conozco), se da la paradoja de que precisamente las mejores sufren junto al descalabro general de la facturación otro insultante: el de que las ventas de mostrador tengan que financiar a las de clientes como la universidad. Su morosidad, que como fiel reflejo de la sociedad a la que sirve tanto ha derrochado hasta hace nada, más la vasta deuda de la Junta, hace que el estado del enfermo sea aún más grave. Meses de impagos a los establecimientos acreedores hacen atravesar a estos dificultades que exigen hacer con la mermada faltriquera toda suerte de malabarismos, aunque antípodas de los de la ingeniería financiera que ha sido, entre otras desgracias, una de las causas de la presente crisis.
            Hablé de paradojas, ese casi género tan del gusto de un escritor que asociamos a los libros como pocos y director de la Biblioteca Nacional argentina: Jorge Luis Borges. Una, y nada despreciable, es que el alma mater que no bien ayer iba a levantar una nueva biblioteca en los jardines del Prado ahora contribuya con su arrastrada “roncha” al erial, al boquete que pronto pueden ser las librerías que la proveen.
            No hay que lisonjear a las librerías; quien las visita se halaga a sí mismo al frecuentarlas, al ejercitar con ellas su inteligencia. Y si compra un libro, pagándolo religiosamente, hay que recordar que esto, tan de buena educación, no es algo que haga cualquiera, aunque tenga estudios, como la Hispalense. Pero hoy, celebremos. No hurguemos en la herida.

(El Mundo, edición de Sevilla, 30-11-12)


Acompañando al periódico, en El Cultural se publicaba ayer un reportaje en el que diferentes escritores y editores daban el nombre de su librería preferida en el extranjero. Manuel Borrás, de Pre-Textos, citaba Daunt Books, que es también mi favorita en Londres. Aquí una foto del pasado otoño, en la principal de la pequeña cadena en Marylebone High Street.

No hay comentarios: