domingo, 30 de diciembre de 2012

La leyenda de Joyce



Joyce temía al trueno,
pero durante su sepelio rugieron los leones
del zoológico de Zúrich.
¿Fue el de Zúrich o el de Trieste?
Qué más da, son leyendas, así como
es leyenda la muerte de Joyce,

escribe Derek Walcott en su poema "Volcán", recogido en Pleno verano. Poesía selecta, libro que Vaso Roto acaba de presentar en excelente traducción del poeta mexicano José Luis Rivas. 
"Leyenda" es, además de otras acepciones, y etimológicamente, el participio pasivo de futuro del verbo leer ("lo que ha de ser leído"), como bien supo Juan Ramón Jiménez y respetó Sánchez Romeralo en una edición de la obra de de Moguer. James Joyce sigue siendo leído y con provecho. Ayer mismo abrían los suplementos ABC Cultural y Babelia con sendos artículos sobre él, firmados por Fernando. R Lafuente y Antonio Muñoz Molina. El primero se centraba en Dublineses (especialmente el cuento "Los muertos"), y el segundo en Ulises (aunque afirma del citado cuento que "se extiende ya con maestría suprema hacia las dimensiones de la novela corta"). Se admira Lafuente: "es difícil entender cómo Joyce, apenas un tipo de poco más de treinta años cuando termina el manuscrito en Trieste, logra sumergirse en lo más dramático de la existencia, la presencia de los muertos en la vida de los vivos, y alcanzar una cota literaria hoy apenas rozada."
El legendario (escojo bien la palabra) Abbey Theatre dublinés está estos días representando una adaptación de "Los muertos". Larga vida al cantor Michael Furey, en su cementerio de Galway, adonde fue a parar tras aquella serenata que agravó su pulmonía. Larga vida, acreditada, a su creador: James Joyce.



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