sábado, 29 de diciembre de 2012

La muralla de Adriano


En la muralla de Adriano, a la altura de Birdoswald, 1998

Mi amigo Daniel López-Cañete, catedrático de latín de la Hispalense, no ha podido tomarse una cerveza conmigo estas Navidades porque se hallaba muy ocupado preparando una traducción de Agrícola, el libro de Tácito cuyo título completo encierra una trampa perversa para los malos estudiantes que algunos fuimos, pues De vita et moribus Iulii Agricolae no significa De la vida y la muerte de Julio Agrícola, sino De la vida y carácter de aquel prócer. En esa obra pionera del género biográfico el escritor romano hablaba de su suegro, conquistador de Britania, un país entonces céltico. Poco después de morir Tácito, nuestro paisano italicense Adriano hizo construir al norte de la isla la muralla que lleva su nombre para librar aquella parte del Imperio, como si de una China occidental se tratara, de las incursiones de los bárbaros. Ahora, en la esquina de la sevillana y romana calle Adriano con el universal paseo de Colón, que siguiendo el río desemboca en las Américas, ha abierto un bar céltico; para más señas, irlandés.
            A pesar de la fama de los naturales de los países celtas, muy civilizado es el ambiente del pub. Es, por contra, el barrio del Arenal, que hay que recorrer hasta llegar a aquel, un territorio bárbaro y hostil, con su muralla de bebedores en la calle como apostadas tribus de pictos borrachos que hay que sortear hasta llegar a las pintas bebidas con moderación. Y es que nuestro Ayuntamiento ha ideado una forma genial de hacer desaparecer la botellona: mimetizarla, confundirla con los que con copas de los bares copan tan anchos las estrechas aceras. Habrá, entonces, que descreer del tópico. Como en Agrícola, los ajenos, los extranjeros, quedan bien parados si se les compara con los nativos (en el caso de Tácito los romanos, aquí los sevillanos).
            La mitología y la religión de los antiguos irlandeses era amiga de la reencarnación. Aquí en Sevilla justo un año después del cierre de Flaherty, el mítico pub de la calle Alemanes, tenemos ahora, en metempsicosis hibérnica, el O'Neills de la calle de nuestro emperador Adriano.
            Tenía ya ganas de conocer un pub irlandés, pues es sabido que en los diecisiete años que estuvo abierto aquel no pisé el local ni llegué a comprender qué arcano misterio hallaban muchos en ese brebaje negro que tiene un nombre parecido a Güines, una de las calles de la Casa de la Moneda. Y no me ha defraudado O'Neills, con su madera, su acogedor personal, sus vasos con el arpa y su vidriera de San Patricio. A ver si Daniel ahora se anima.

(El Mundo, edición de Sevilla, 28-12-12) 

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