sábado, 8 de diciembre de 2012

La Puerta de Tahrir


Detalle de los jardines del Cristina, en Sevilla


Antes, cuando uno quería ver El Cairo, no tenía más remedio que hacer las maletas y trasladarse al original, la capital de Egipto. Esa y muchas otras desventajas tenía la época atrasada en que vivíamos. Afortunadamente, hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad y haciendo bueno esto último, lo bárbaro, lo extranjero, ya tenemos el Festival de las Naciones en plena Puerta de Jerez, en Sevilla. Ya contamos con una réplica de la cairota Plaza Tahrir a la entrada del centro de Sevilla, con sus jaimas, sus acampados, y sus moros, sin que le falte un perejil. La primavera árabe trasladada al otoño decadente europeo. ¿Cómo no vamos a felicitarnos por ello? ¡Lo que ahorramos en billetes de avión y en hoteles! Se puede llegar en metro y volver a dormir a casa. Esto sí que es progreso.
Y sin embargo, uno se pregunta si era necesario levantar esa maqueta a escala 1:1 del caos de allí justo donde aquí se ha hecho. A fin de cuentas, ¿no acaba de terminar hace unos días el mismo festival en ese otro emplazamiento más idóneo del Prado? ¿O es que ahora un festival es algo que dura el año entero, como la semana fantástica de esos grandes almacenes que se alarga, chicle con sabor a fresa, hasta llegar a un mes?
Ha sido muy bonito ver los días de montaje del tinglado una hilera de coches y furgonetas estacionados en el paseo principal de los jardines del Cristina, un apéndice natural de la feria de marras, con sus vehículos de marcas francesas, alemanas, italianas, checas, como si hubiera también un salón al aire libre de vehículos de ocasión. Lo insólito, sin embargo, no era verlos sobre el albero de los restaurados jardines, sino que no adornara sus parabrisas multa alguna de la Policía Local. ¿O es que por eso de las naciones y las banderas extranjeras los competentes son la Guardia Civil o el mismísimo CNI? Todo esto sucedía en la avenida rotulada con el nombre de Luis Cernuda, donde desde hace un par de años existe un hito de piedra con el poema “Donde habite el olvido”. Es decir, Sevilla.
            En muchos países hay por estas fechas mercados navideños. Una ciudad monumental como la nuestra debería, con todo, cuidar más la estética. Ni el emplazamiento ni las casetas y tiendas de campaña aportan nada; al contrario, quitan: espacio a las jardines, visibilidad al entorno, clientes a los establecimientos de hostelería que sobreabundan en los alrededores y que, por si fuera poco la crisis, ahora tienen que competir con los chiringuitos no de playa. De plaza. De la Plaza, o Puerta, de Tahrir.

(El Mundo, edición de Sevilla, 7-12-2012)

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