lunes, 17 de diciembre de 2012

Tabletas



Las palabras, como las personas según las religiones, alcanzan a menudo una segunda vida, una acepción distinta (se ve que no han sido buenas, y a menudo mudan a peor). Ha pasado con "móvil" en las últimas décadas. Sucede ahora con "tableta", que desde hará un par de años designa una cosa bien diferente.
A mí que me dejen de iPads o de los artilugios que patenta la competencia. Para mí, tableta no hay más que la de chocolate, del que me gusta tanto el ruido al partirse como su sabor. Ahora, en punto a chocolate, ninguno tan rico en mi recuerdo como el de la infancia de mi padre, quien nos refería cómo lo pedía en el colmado cuando era chico, con su media lengua: -Te me té usté una jícara de tocolate de Matías López.
Comparado con eso, las tabletas de hogaño carecen de memoria, nada se ve en sus pantallas táctiles, que no rozan el milagro. Mi padre, niño, diría que son cativates, catarros inútiles.

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