lunes, 27 de febrero de 2012

Versos ajenos, ya propios


En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.


WISLAWA SZYMBORSKA
(En traducción de Gerardo Beltrán)



Como juegan los niños, a sabiendas
de que han de hacerse daño en la caídas,
o quedar humillados por el triunfo
de otros niños más fuertes (...)


JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA




viernes, 24 de febrero de 2012

Idas y venidas de las golondrinas





Golondrina, espina de la nube,
ancla del aire,
Ícaro mejorado,
frac en el séptimo cielo,
golondrina, caligrafía,
manecilla sin minutos,
gótico temprano de pájaros,
estrabismo en los cielos.

WISLAWA SZYMBORSKA
(En traducción de Abel Murcia)

* * *

Durante una ola de frío, el gobierno francés había enviado un tren para trasladar al Sur a las golondrinas que no habían podido emigrar a tiempo, y que desfallecían ateridas en la costa.

RICARDO RONCAGLIOLO sobre un recuerdo de Enrique Amorim

jueves, 23 de febrero de 2012

La rama y el gorrión


José Cenizo Jiménez ha reseñado Lejos (Isla de Siltolá) en el periódico digital Papel Literario. Siempre sonroja el autobombo pero, en fin, esto es lo que ha escrito:


LA RAMA Y EL GORRIÓN


Muy grato ha sido encontrarnos con este nuevo libro del poeta y traductor Antonio Rivero Taravillo, nacido en Melilla en 1963 pero cultísimo habitante de Sevilla desde hace muchos años. Antonio, desde que abandonó la dirección de La Casa del Libro de Sevilla hace pocos años, ha tenido mucha suerte. Está más libre, tiene más tiempo para la investigación y como resultado ha escrito, entre otras cosas, dos libros sobre la vida de Luis Cernuda, con premio incluido.

Ahora nos regala Lejos, para sentirnos cerca de su propia vida, pues creemos que hay mucho de autobiográfico en esta obra, en cierto modo una mirada atrás y alrededor sobre su mundo, sobre el eje central y universal del paso del tiempo, cuando se acercan los cincuenta (una edad, lo sabemos por experiencia). El “tempus fugit”, con hondo pesimismo a veces, es el tópico recurrente, se acerque a la visión familiar, a la amorosa o a la de la vida -su vida- en general. El padre ya necesita de nuestros cuidados -hemos crecido-, los antiguos amores sólo están ya en las líneas redentoras del verso y las sentencias se acumulan en los poemas, impregnados de un desengaño barroco actualizado: “Huyen los años, mudan los afectos / y todo se concilia con la muerte”; “Todo es separación, adioses, marcha. / Hasta este instante en que estoy a tu lado / brevemente tocado por la dicha”; “Envejecer es esto: / que muera el corazón sin que se pare”.

Un consuelo queda para el poeta: el poema. Al escribir se recupera del olvido lo que se pierde, que, como decía Machado, por eso se canta. Rivero Taravillo, en varios poemas, nos ofrece su poética, basada en estas máximas: el poeta finge (con Pessoa), los libros y lecturas tatúan nuestra alma y nuestra escritura, lo irrelevante cobra luz en los poemas, la poesía renace el mundo: “Las horas son inútiles y frías, / y un verso hace la luz. Renace el mundo”.

Sobrevive el amor en estos poemas, a menudo con la presencia de términos bélicos, como expresión de lucha y batalla. Y dos curiosidades: una, un poema a la suegra, algo inusual, hablando muy bien de ella nos referimos, una especie de segunda madre o sencillamente “Madre”, “(…) pues diste vida / a mi amada y su espíritu tan libre”. El final de este insólito poema es magistral, una verdadera declaración de amor: “Mi propia madre, que murió muy pronto, / no era más que mi madre, pero tú / eres la madre de quien yo más quiero, / y así eres más querida tú que aquélla, / igual que, infinitamente, a mi amada, / la quiere más mi alma que a sí misma”. La otra sorpresa es “La rama solitaria de febrero”, poema en el que cumple aquello de que el poeta logra decir con bellas palabras lo que el lector ha podido alguna vez llegar a sentir, en este caso, la emoción estética ante un detalle aparentemente sin importancia: cómo se cimbrea una rama cuando la abandona un pájaro.

Así hemos vivido este libro lleno de sorpresas y belleza, con la emoción de un lector que se reconoce en cuanto lee, lo haya vivido o no.



martes, 21 de febrero de 2012

Las armas y las letras



Hay libros pioneros, que desbrozan un territorio sobre el que adquieren el dominio, sin que éste pueda disputársele. Acerca de la Guerra Civil española y la literatura de quienes la vivieron y murieron por su causa, ninguna obra como Las armas y las letras, de Andrés Trapiello.
De la vieja edición en Planeta, colección Espejo de España dirigida por Rafael Borràs, el contenido se ha trasvasado a otras en Destino y, en formato bolsillo, en Austral. La de Destino, que ya ha conocido varias reimpresiones, alcanzará sin duda un puesto irremplazable en las bibliotecas.
Porque Trapiello, que vierte de continuo juicios con los que se podrá estar o no de acuerdo, pero a los que hay asentir en lo que respecta a la inteligencia, ha remozado su casi enciclopedia con muchos datos nuevos que se suman a los ya antiguos, y con un despliegue iconográfico como no hay igual.
Los diferentes tonos del sepia se conjugan con los más chillones del granate o el azul para reproducir carteles, cartillas, folletos, libros. A la hermosa imagen de cubierta de Carlos García-Alix se suman el diseño y la maquetación de Alfonso Meléndez y del propio Trapiello, y la factura del libro es primorosa.
En cuanto al contenido, se reproduce en general el que ya conoció el primer lector, pero puesto al día y revisado en no pocos aspectos. De entre las aportaciones novedosas destacaría unas páginas recobradas de Sánchez Mazas sobre su increíble peripecia y los torrenciales y políglotas (como una biblia de su desamparo) cuadernos de Rafael Cansinos Assens, ambos textos aún inéditos fuera de las muestras que aquí se ofrecen. Pero hay más.
Y es que Trapiello siempre va un paso por delante de otros estudiosos, porque no se limita a hacer glosas, sino que halla las fuentes sobre las que el glosar viene más tarde. Ya sea en una punta de libros en el Rastro, en el dorso de una tarjeta postal dejada al desgaire en un tomo huérfano, en un cartapacio olvidado, en cuartillas manuscritas en las que nadie reparara, él va acopiando materiales diversos, la cantería con la que levanta su edificio.
Dirá alguien que, como siempre, afloran sus filias y fobias. Cierto: Andrés Trapiello no es un robot, ni la realidad sobre la que escribe uno de los principios de la termodinámica.

lunes, 20 de febrero de 2012

Graffiti


Las calles de las ciudades amanecen cada mañana más ricas en fealdad, manchadas por los autorretratos de los grafiteros. De la antigua Roma a hoy se ve que hemos avanzado poco. Por lo menos, en aquellos tiempos era factible poner grilletes a los autores y, con suerte, venderlos en algún mercado de esclavos.
Trazan garabatos, estilizaciones sincopadas de la basura urbana en un alfabeto que no es ni latino ni griego, sino todo lo contrario. Las persianas metálicas se convierten así, en realidad, en fidelísimos espejos de quienes las pintarrajean.
La tolerancia es una cosa muy bonita, que cultivo con Leonardo o Goya, Turner o Velázquez. La que se pueda tener con los graffiti, sin embargo, la dejo para los estudiosos de nuestra sociedad (digo, suciedad) dentro de dos mil años.
Sueño despierto y acaricio la idea de introducir una novedad en su espectáculo: ¿no podrían los fabricantes de botes de pintura en spray aprender de los probos manufactureros de bombas de mano y, poniendo el temporizador a cero, puesto que de todas formas van a verse manchados los cierres hacer que estos se tinten de vísceras y sangre? De sesos, no, que tal cosa no hay.


martes, 14 de febrero de 2012

Una de espías



Me llegan comentarios de que Facebook empieza a exhibir sin rebozo anuncios "personalizados" según la actividad en internet del usuario. Y los escucho con una mezcla de estupor y homenaje a Orwell. Pero hace un minuto acabo de comprobar algo que ya me inquieta, la verdad. En correos electrónicos que no han pasado por Facebook hablo ayer y hoy con dos amigos acerca de Seamus Heaney. Y la empresa del niñato listillo y resentido -que nació ¡en 1984!- me pone en mi muro un anuncio de Heaney. Pero un Heaney Cars o algo así, vendedor de coches Mercedes Benz de segunda mano. Facebook, además de espía, tonto.
A ver si con esta entrada se entera el Zuckerberg ese, y para qué nos vamos a andar con ambages, de que me cago en su puta madre. Que lo de mirar por la mirilla es una cosa bien rastrera y miserable. Y que use el traductor de Google si quiere el gilipollas.

En Villa Ocampo





Voy leyendo El amante uruguayo, de Santiago Roncagliolo, que leía hace unos días Fernando Iwasaki y nos recomendaba en una cena con Jorge Volpi la otra noche. El libro sobre Enrique Amorim es -tiene razón Fernando- un tesoro de noticias curiosas y de estampas de escritores conocidos y oscuros. Anoche, por ejemplo, leía sobre Borges, y aquí dejo una fotografía de una visita hace año y medio a una casa que él conoció bien, la de Victoria Ocampo en San Isidro, a las afueras de Buenos Aires.

(Se me crea o no, estaba escribiendo aquí el nombre de Volpi y alguien lo ha pronunciado en el noticiario de la tele: acaba de ganar el Premio Planeta Casa de América. ¡Enhorabuena, Jorge!)

lunes, 13 de febrero de 2012

domingo, 12 de febrero de 2012

Cena con amigos


Pero cómo disfrutamos anoche en casa de José María Conget y Maribel Cruzado. Allí, reunidos también con Juan Lamillar e Ismael Yebra y sus mujeres en torno a una buena mesa (y no solo: antes, de pie, magníficas croquetas que pasó en bandeja Maribel), y conversando, riendo, pasaron las horas en un santiamén o veloz abracadabra, como esos latinajos de carrerilla que soltó José María, monumento a su excelente memoria. Se habló de Ribeiro (el escritor) y Bryce (el bebedor), del menisco que el anfitrión se rompió en Lima, de Frank O'Connor (a quien sacó él, que conste, a pesar de mi hibernofilia patológica). De Hemingway y Venecia, mientras Juan tomaba fotografías entre frases y flases. Luego, al despedirnos, ya con los abrigos en la mano, Ismael, que acaba de publicar un excelente memorial no del colegio jesuita de Clongowes en Dublín, sino el de los escolapios al que asistió Cernuda, mencionó a Joyce, y este compareció al final de la velada, en la fría noche, y recordamos la otra memorable cena y tertulia de "Los muertos". Sabio y silencioso, John Huston nos miraba desde la escalera de la casa, rezagado por haberse quedado a beber a hurtadillas no sé si whisky o coñac.
No caí en la circunstancia de que Conget obtuvo el Premio Estado Crítico por su novela Todas las mujeres, que recuperé hace tres años en Paréntesis, y que precisamente el libro que yo le llevé, el segundo tomo de la biografía de Cernuda, lo acaba de obtener en la modalidad de ensayo. Otro lazo. Otro vínculo. Como también que cuando él vivía en Londres habló muchas veces con Rafael Martínez Nadal. Trajo al mantel la anécdota que este le refirió (y que incluyo en el libro) sobre el almuerzo que compartieron Cernuda y Stephen Spender en el Soho, que debió de ser lo más opuesto a la comida nuestra congeniadora, amable, sin aristas.
Fuera de su biblioteca, sus cuadernos y la pantalla del ordenador, uno lleva poca vida social. Por eso corre aquí a dar constancia de noches como la pasada.


(Uno de los relatos de La ciudad desplazada, el más reciente libro de relatos de José María Conget, se desarrolla en Londres. Aquí junto a mí tengo el ejemplar dedicado).

lunes, 6 de febrero de 2012

DONDE LOS JUEGOS


Saliendo de un portal del viejo barrio,

he visto un ataúd que transportaban

con unas ruedecitas hasta un coche

del color del asfalto recién puesto.

En doble fila, entorpeciendo el tráfico,

pronto alejó sus flores como otoño

parsimoniosamente tras la esquina.


Conozco bien la calle, el edificio.

Mis amigos y yo siempre jugábamos

por la tarde en la obra abandonada

-pilares sin paredes, suelo en bruto-.


Cuando era tan solo un esqueleto.


sábado, 4 de febrero de 2012

Algo sobre Gecé


Leyendo sobre aquel periodo y aquellas gentes, me ha estado saliendo al paso estas semanas Ernesto Giménez Caballero. Curioso e inclasificable caso de escritor comprometido, principalmente con sus desvaríos, este Gecé. Se lee lo que le decía pasando por Valladolid al bueno de José Antonio Primo de Rivera y se asombra uno de la paciencia de este hombre -Primo- que no le hacía de inmediato beber ricino para purgar sus empalagos de senescal lisonjero y descacharrado. El gran vanguardista era al mismo tiempo el más arcaizante, y su fantasía mística anidaba tanto en imperios pasados como en los amperios, motores y maquinarias del futurismo.
Mariano Ruiz-Funes, uno de los mejores ministros que tuvo la República, lo calificó cierta vez como "un Malaparte de menor cuantía". Pero aparte de liante visionario, o quizá por lo mismo, Gecé fue el alma de La Gaceta Literaria, gran revista en la que colaboraban Benjamín Jarnés, Guillermo de Torre o Luis Buñuel junto a Ramiro Ledesma, el mejor impuesto en aquellos años en filosofía alemana e introductor de Heidegger en España.
Tras la Guerra Civil, "Franco lo envió, como embajador, al destino más remoto entonces disponible: Paraguay", comenta Andrés Trapiello en la silueta que de él hace en Las armas y las letras.
Siempre desconcertante, aún recuerdo cómo allá por la Transición saludaba en un artículo periodístico la llegada de Mitterrand a la presidencia de Francia como una oportunidad de encarnar el socialismo nacional, que no sé si era una forma de maldad hacia el gabacho, por aquello de que el orden de los factores no altera el producto.


viernes, 3 de febrero de 2012

Aub sobre Garfias



"Cayó muchas veces en el olvido de los demás hasta olvidarse de sí mismo"

La Cultura en México, 30 de agosto de 1967

jueves, 2 de febrero de 2012

Un regalo de Jordi Doce




Me llegaba la semana pasada un ejemplar del último número de la revista Minerva, publicación cuatrimestral del Círculo de Bellas Artes, gracias a la generosidad de Jordi Doce. No podía haber acertado más en su regalo.
No solamente incluye la revista un artículo de Seamus Heaney (traducido por Doce) sobre Thor Ballylee, edificación en que habitó W. B. Yeats y de la que toma el título su libro La torre, sino que proporciona la lograda versión que también Doce borda de Purgatorio, una breve pieza dramática de las postrimerías yeatsianas (1938) que trata el tema del parricidio, que como supo destacar Ellmann fue recurrente en su prducción. Destacaría de la obra el momento en que el anciano cuenta cómo fue concebido y su vano intento de alertar, ahora, a su madre de que no se entregue a quien va a yacer borracho, entonces, con ella:

¡Sordos! ¡Sordos los dos! Si lanzara
una piedra o un palo no me oirían;
y esto prueba mi falta de cordura.

Para completar el número, un excelente ensayo de Shigehiko Hasumi sobre John Ford, el gran director de origen irlandés. Por cierto, que la Isla Esmeralda rendirá tributo este mes de junio al realizador de La diligencia con una serie de actos, que incluirá la entrega del John Ford Award, que en su primera convocatoria se ha otorgado a Clint Eastwood.

Yeats moría en 1939, el año en que se filmaba La diligencia.

miércoles, 1 de febrero de 2012

El sol en la fruta





Eliot escribió algunos poemas en francés y Borges hizo lo propio en la lengua inglesa, a cuya prosa encomendó el polaco Conrad, años antes, la narración de sus aventuras tan marítimas como inmarcesibles. Ioana Gruia, rumana de 1978, transmuta su lengua romance en español terso y limpio y nos regala en El sol en la fruta un poemario impecablemente escrito en nuestro idioma.
La autora se dedica a la literatura comparada en la Universidad de Granada, y no es raro encontrar citas y también huellas no declaradas de otros poetas en su obra. A veces, el lector, seguramente resabiado, ve demasiados ecos, como el de Dámaso Alonso y su Madrid en Hijos de la ira en el "Bucarest" de Gruia, donde también se compara la ciudad con un cementerio (la misma capital está presente en "El olor de las ruinas", donde hay un homenaje a Quevedo en la enumeración que va a dar en "nada"). Pero Gruia alza el vuelo y, aparte de testimoniar gran oficio, hace gala de un ramillete de poemas muy buenos, que poseen a la par emoción e inteligencia. "Si tú me llamas Ioana" es un hermoso poema, que juega con el precedente de otro conocido de Ángel González pero cuyo tema en realidad viene avalado por el sortilegio de cualquier relación amorosa, en que uno adquiere sentido por el otro.
Todo el poema "Exploradores" está muy logrado, y particularmente sus últimos cinco versos, donde los viejos

Quieren volver al barco que los trajo
durante años a esta isla abandonada.
Corren hacia la orilla.Ya muy lejos
distinguen el dibujo de una sombra:
la juventud como un barco fantasma.

Siendo natal del país que integra a Transilvania, cómo extrañarnos, por otra parte, de que Gruia entone una "Canción del deseo vampiro". Pero hay mucho más en la treintena larga, y alta, de poemas que componen El sol en la fruta.
Hace tiempo que no soy jurado del Premio de Poesía Andalucía Joven, pero me congratula que se la haya concedido el premio del año pasado a este libro. Y que envuelto en el sencillo y elegante vestido que le da Renacimiento podamos ahora leerlo y disfrutarlo. Eso que pierde la literatura rumana y ganan la andaluza y la española.