sábado, 26 de enero de 2013

A la puerta de un bar



No se los ve venir, porque son prácticamente indiscernibles y por eso mismo uno no está preparado para reaccionar. Van como a sus recados, a realizar una gestión, cree uno; y, bien vestidos, aseados, se acercan al velador como para pedir fuego pero sin un cigarrillo en la mano. El fuego, que ya han recibido, es otro: el que ha hecho arder la sociedad del bienestar como una pira funeraria.
            Estaba uno el otro día a la puerta de un bar, tomando unas cervezas con unos amigos, y en el rato que se tarda en beber dos cañas (rato de invierno, más demorado que el de verano) cuatro personas se acercaron a pedir a nuestra mesa. Una, por mantener la cuota, era la ya tradicional inmigrante gitana, con su chapurreado español y su vistoso pañuelo en la cabeza. Pero los otros tres eran hombres jóvenes de aquí, y uno rapado, como tantos varones modernos, a la moda. Confieso que de otro solo pude presumir la edad por el timbre de la avergonzada voz, pues me faltó valor para mirarle a la cara, como un hombre. Nos vamos haciendo ratas de un barco que se hunde, y deseamos darnos, mientras podamos, al escapismo.
            El primero ofrecía cupones solidarios o algo parecido, y explicó que había estado trabajando en una cadena de cafeterías, ahora en suspensión de pagos. Venía a referirse, entiendo, a que por esa circunstancia no cobraba aún el paro. Los otros dos dijeron ser trabajadores de la construcción; el último incluso declaró ser oficial de primera, como un hidalgo del andamio venido a menos que acuciado por la carestía se queja: “Con lo que yo he sido”. Nos fuimos al rato, y no dio tiempo, pues, de que también nos abordara un arquitecto. Entretanto, el vendedor de tabaco de contrabando hacía su ruta de establecimientos. Últimamente ofrece también calcetines y no sé si otras mercaderías ante el descenso del consumo de cigarrillos. No debe de dar para mucho el negocio, pues se puso a hurgar en una papelera.
            Cuánto ha cambiado. Ahora los que piden apelan a la solidaridad y sería insultante llamarlos mendigos, pues en eso han dado, aunque sean oficiales de primera que hace meses que no ven un ladrillo. Hoy los pobres te presentan el curriculum y, si hace falta, añaden las referencias, cartas de recomendación, tablas de cotización y lo que sea menester.
            Entre los amigos había un jubilado reciente. Era el más jovial de todos, el más relajado. Todo puede suceder, y más hoy día, pero parecía aliviarle la idea, el mejor somnífero para las noches, de que él al menos ya no perdería el empleo. 

(El Mundo, edición de Sevilla, 25-1-13)

2 comentarios:

Jesús Beades dijo...

Una descripción hermosa y triste; es decir, realista.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias, Jesús. Es lástima que haya que escribir sobre estas cosas. Pero hay que hacerlo.