sábado, 19 de enero de 2013

Cárceles, cementerios




Hay una geografía de sucesos que se confunde, como en un plano con diferentes capas de papel cebolla en la mesa de dibujo de un arquitecto, con la ciudad actual, con el trazado de sus calles y plazas, a las que mancha indeleblemente la sangre de la memoria. Como la radioactividad, los crímenes de ayer siguen con sus reverberaciones de horror presentes en la urbe de hoy.
            No son muchos los muertos que la ETA ha dejado entre nosotros, pero aunque fuera uno solo este uno ya sería demasiado. Y es difícil olvidarlo si uno ha cumplido unos años. Va al bar La Estrella o a la Academia de Buenas Letras a un conferencia y pisa el lugar donde fueron acribillados Jiménez Becerril y su esposa. Viene de trasegar en La Azotea, por la calle Jesús del Gran Poder, y pasa por delante de donde mataron a Muñoz Cariñanos. Se detiene ante ese otro tapeo, las muchas cubiertas que exhibe el generoso escaparate de la librería Céfiro, en Virgen de los Buenos Libros, y respira con alivio entreverado de escalofrío al pensar que hace unos lustros, en idéntica actividad inocua y placentera, podría haber saltado por los aires a causa de los explosivos que el tal Parot iba a hacer estallar en la comisaría de la Gavidia. Va a Correos, o a Los Arcos, y también tal vez recuerde la carta bomba que mató en la cárcel Sevilla-I a cuatro personas.
            Los terroristas han tenido siempre a su favor, además de una amnistía en 1977, penas llevaderas para sus crímenes, pues la legislación penal española es, por decir algo suave, eso mismo: suave.
            Nada me dolería el reagrupamiento de presos de ETA en cementerios vascos si una epidemia tan inconcebicle como la ideología por la que han matado los recolectara con su virus. Pero más allá de eso, un imponderable sobre el que no tenemos dominio (como la caída de un asteroide o un camión sin frenos), no creo que la sociedad tenga que buscar venganza, basta con que se cumplan las condenas. Ahora bien, cuando el sábado pasado miles de personas pedían en Bilbao que los presos vascos volvieran a su casa, ¿qué pedían? ¿No salieron de Baracaldo o Mondragón los asesinos a poner bombas y pegar tiros en Madrid o Sevilla? ¿No se les quedó pequeño el terruño y sembraron muerte en nuestras aceras? ¿Por qué entonces no van a penar en nuestras cárceles? Si querían billete de ida y vuelta podían haberse ido a una agencia de viajes y decirlo a la cara a la señorita; disparar por la nuca tiene eso, que a lo mejor no se vuelve a la cuna, al caserío, al sirimiri. Haberlo pensado antes.

(El Mundo, edición de Sevilla, 18-1-13)