sábado, 5 de enero de 2013

Carta a los Reyes


La foto, cuyo autor no he podido identificar, procede de una entrada 
sobre arte callejero en un blog griego 




Este año os pediría algunas cosas, Reyes Magos. Una ciudad sin bolsas de basura que la pereza abandona en una papelera con sus cintillos de plástico asomando, naranjas o amarillos, como fallidos testimonios de que lo que en realidad debían estos apretar, con fuerza, es los pescuezos de quienes, no menos desechos ellos mismos, allí las dejaron desamparadas; sin patinadores que apuran hasta el último centímetro y esquivan al peatón como un torpedo errado, un fallo de la balística que hace emitir un suspiro de alivio por parte de quien no se fue –uf, menos mal– a pique; sin energúmenos que pregonan su incultura con coches que sin embargo pagan letra a letra, como una plana de encefalograma idéntico, para hacerlos letrinas rodantes de las que brota una supuesta música, marrón y hedionda, siempre la misma como ellos son siempre mastuerzos.
Una ciudad sin tipos que aún no han quedado tetrapléjicos (todo se andará) y entre tanto aparcan sus coches en las plazas reservadas a los discapacitados físicos en calles o centros comerciales; sin esas analfabetas para todo lo que no sea leer las manos de los turistas incautos que, devenidos actores amateurs del vodevil que tiene por escenario los alrededores de la catedral asienten educadamente a lo que no entienden.
Una ciudad sin proselitistas de sus gustos musicales (infaliblemente pésimos) en teléfonos móviles que escuchan por la calle sin auriculares, al paso o plantados bajo un balcón en no pedida serenata que está exigiendo a gritos un cubo de agua; sin tienduchas chinas que incurren en la uniforme fealdad de sus mercancías hacinadas (achinadas, diría Marco Polo) y a veces sacando a la calle su deprimente catálogo de cachivaches; sin lanzadores de cohetes de hermandades o sindicatos; sin ciclistas por las aceras, cambiadas las tornas de la ley del más fuerte; sin vehículos interrumpiendo los carriles bici o los pasos de cebra; sin adolescentes incapaces de aplaudir a nada o nadie pero siempre dispuestos a dar palmadas como simios, sin ton ni son.
Una ciudad sin vendedores ilegales ocupando la vía pública mientras el comercio legal languidece o cierra; sin bares que imitan lo argentino no en las empanadas y el asado, sino en el corralito y en el vapor de agua en verano, como en Iguazú; sin bizarras pizarras; sin gin-tonics en las aceras, sin orines; sin que sea su arquetipo lo cani y lo cañí. Limpia, cívica, ¿es imposible?
Una ciudad con ciudadanos sin complejos, capaces de reprender a quienes la afean y hacen menos habitable.

(El Mundo, edición de Sevilla, 4-12-13)