domingo, 6 de enero de 2013

Diario austral (III)




Lunes 9 de agosto

Antes de tomar en la habitación el café y las medias lunas, curioso nombre de refrigerio para empezar no la noche sino el día, se desayuna con la noticia de un derrumbe de un gimnasio en Villa Urquiza, en el que se ha rescatado a once personas, aunque todavía prosigue la búsqueda de víctimas. La televisión cubre el suceso con todo el despliegue de que es capaz. Es hermoso escuchar el acento porteño, aunque sea en tan trágicas circunstancias. Al parecer, el local se hallaba junto a un edificio en construcción, y las excavadoras, con sus vibraciones, han desencadenado la catástrofe.
         En los intermedios, dos venerables y distinguidos actores (él con un aire a Bioy Casares), en los que adivina el acento de la alta sociedad porteña, anuncian casas de compra de oro y alhajas y relojes de lujo en la calle Alvear, en el cogollo elegante del barrio de Recoleta y aun de todo el conurbano. En otros anuncios, los actores Ricardo Darín y Susana Giménez interpretan, con cuidada ambientación muy kitsch (es lo que toca) a diferentes dependientes y clientas (o a sus diversos avatares) a lo largo del tiempo de un comercio de electrodomésticos, Fávrega, que cumple cien años. A veces, con su galantería añeja, Darín recuerda al José Luis López Vázquez más servil con las damas. Cuando ella solicita una “radio transmisora”, urgida porque su “radio teatro” comienza poco después, el apremiado dependiente, con manguitos, responde:


Su pedido es una orden,
su deseo mi capricho;
si mi suerte es su destino,
a oír la radio se ha dicho.


         Ve a continuación la comparecencia ante la prensa de alguien a quien el taxista puso de vuelta y media la noche anterior: Mauricio Macri, el presidente de la Ciudad de Buenos Aires, un tipo rico, de buena facha, hijo de uno de los principales magnates del país, que tiene intereses comerciales que a un europeo han de parecerle incompatibles con el ejercicio de un cargo político. Pero escribo “europeo” y al pensar en Silvio Berlusconi el gentilicio se desarma por la importancia de la excepción italiana. En esto, la Argentina (al viajero le gusta anteponerle el artículo, como hacen los nacionales) no dista mucho de uno de los países cuyos inmigrantes más la han conformado.
         Por cierto, que Macri fue presidente del Boca Juniors, de cuyo bastión regresaba, como digo, cuando el taxista ilustró al viajero sobre las peculiaridades argentinas, incluida la corrupción generalizada. Por ejemplo, le explicó la curiosa figura de los “ñoquis” (contratados que cobran pero no van a trabajar), reducto del sindicalismo peronista. Y no escapó de sus invectivas, que no cabría tildar de insidiosas, porque parecen fundadas, el anterior presidente Carlos Menem, sobre el que arrojó graves acusaciones en asuntos más que turbios que atañen a un ramillete de episodios como el sangriento atentado contra una asociación israelí, la deflagración de un depósito de armas o la caída del helicóptero en que viajaba su hijo, suceso que el taxista no duda en calificar de un “recado” que al padre enviaban malquistados compinches mafiosos de países de camellos y arenales.

(...)


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