martes, 8 de enero de 2013

Diario austral (IV)


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Después de la ducha, da un vistazo al ejemplar de Clarín, y se entera del malestar que en el Poder Judicial han provocado  las declaraciones de algunos políticos que culpan a aquél de la ola de inseguridad. "El delincuente antes de ser aprendido quiere zafar de esa situación y trata de evadirse. Hay una violencia desmedida desde jóvenes, creo que están tirando por tirar", aseguró Néstor Valleca, jefe de la Policía Federal tras el entierro en el Panteón Policial de La Chacarita del agente Cristian Aoun, el asesinado el sábado en Florida. Valleca declara estar preocupado por las excarcelaciones. Luego la presidenta Cristina Fernández de Kirchner echa más leña al fuego, acusando a los jueces; en la Argentina el fútbol es más que una religión, y se le debe de haber pegado algo de esos futbolistas que echan balones fuera.

Abrigado y caminando, alcanza el viajero la calle Anchorena. No está lejos de su hotel junto la Recoleta. Poco más allá de la esquina con Puyrredón se halla el número 1660, que alberga la Fundación Internacional Jorge Luis Borges y un pequeño museo dedicado a su memoria. Un amigo común había escrito a María Kodama (a quien él ya conocía, por otra parte) anunciándole su visita, pero la viuda no está ahora en Buenos Aires. Abona, pues, el simbólico precio de la entrada y se deja seducir por la voz y el encanto de las dos muy jóvenes estudiantes o quizá ya licenciadas, egresadas, que se ocupan de la atención al visitante. No son muchas las vitrinas, y en ellas hay condecoraciones, libros, cartas, bastones, imágenes del aleph, la reproducción de algún dibujo infantil del niño Georgie.
         La Fundación ocupa el inmueble colindante a aquél en el que vivió el autor de Inquisiciones entre 1938 y 1943. El viajero compra algunos libros y un buen número de postales en las que aparece el escritor con un gato. Y se emociona. Procura que a las chicas (no sería injusto llamarlas sirenas) que se han turnado en la guía por el breve museo les pasen inadvertidas esas lágrimas que vidrian ya su mirada, como el cristal de una vitrina más, ésta empañada. Le explican que se celebran conciertos y conferencias en el pequeño salón de actos. Le cuentan cuanto saben, pero no tienen inconveniente reconocer lo que se les escapa y sobre lo que él tiene también la delicadeza de no ilustrarlas). En el tiempo que está allí no se ve a nadie más, con excepción de unos operarios que realizaban tareas de mantenimiento y que salían al ingresar él. De la casa de Anchorena se sale, y aún es media mañana tan sólo, con la sensación de que ya todo huelga, de que la suma de horas hasta que acabe el día es un cúmulo ocioso, innecesario.


Dejaré ahora que almuerce en un asador de Recoleta –bifé, vino y, ya que está traduciendo a Gerard Manley Hopkins, bicarbonato, por la aliteración- y le concederé un par de horas sin que tenga que comparecer en estas páginas. Por la tarde, puntualmente a la hora que le he dicho que regrese, tras hacer un recorrido por el centro de la ciudad (enorme, pero que aquí se llama microcentro) y ver frente a la Casa Rosada a unos veteranos de la guerra de las Malvinas (de esto hablaré más tarde), enfila la Avenida de Mayo por la acera derecha, y visita una de sus librerías, quizá El Túnel. En ella encontrará una primera edición de El oro de los tigres, de Borges, algo dañada por la humedad; un ejemplar con la firma, azul, menuda, ascendente, del autor, y guardas y una lámina que reproducen ilustraciones de Raúl Russo. Son ciento cincuenta pesos, y si no se trata de una falsificación, es barato. Sale pletórico del establecimiento y para celebrarlo se dirige al cercano Café Tortoni, el más famoso de una ciudad abundosa en confiterías y elegantes salones de té. Por ejemplo, y sin salir de la misma Avenida de Mayo al 599, el Café London City, donde Julio Cortázar escribió su novela Los Premios.

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