jueves, 3 de enero de 2013

Diario austral (otras páginas)



Ya se dieron aquí algunas páginas del diario que llevé durante un viaje a la Argentina, hace un par de años. Lo retomo aquí donde lo dejé, en Buenos Aires. Si me animo y el público me jalea (cosas más raras se han visto), iré publicando las anotaciones del resto del cuaderno:


(...)

Con los ojos muy abiertos, va tratando de fijar en la memoria lugares por los que pasará más tarde o en los días siguientes, a fin de orientarse. El vehículo rebasa el Obelisco y sigue enfilando la anchurosa Avenida 9 de Julio, que busca el Río de la Plata sin encontrarlo (ahí está la estación de Retiro para impedirlo, con la zancadilla de sus vías férreas y sus chabolas). Luego tuerce a la izquierda y se interna por el barrio de Recoleta, hasta la calle Guido, donde queda el hotel, colindante, casi, con el cementerio.

         No entrará hoy en ella, pero ya sabe que en la necrópolis, una ciudad dentro de otra, con sus pequeñas cúpulas y abigarradas vías, descansan muchos personajes ilustres a los que la falta de espacio obliga a una notable promiscuidad entre calles estrechas y más sombrías, aún, en el invierno austral. Aquí, el mausoleo blanco de José Hernández, el autor de Martín Fierro, la epopeya nacional que se regala a los escolares en las escuelas. Allí, el del general Lavalle. “Volveré y seré millones”, proclama en una lápida Eva Perón, Evita, junto a la ofrenda de flores que no suele faltarle. Ha leído el protagonista de este diario que el nombre de la necrópolis procede de los Recoletos Descalzos que en el siglo XVIII levantaron una iglesia a la Virgen del Pilar, y que al disolverse la orden a los terrenos del huerto se dio el uso de cementerio. Ya desde fuera, y más aún cuando entre en la iglesia, ésta le recordará a su propia tierra, con los muros encalados, con el barroco retablo de plata repujada. Y cuando esa tarde visite el centro y se coloque ante el Cabildo, el viejo ayuntamiento le evocará lo mismo: la arquitectura andaluza, que aquí ha recibido carta de naturaleza gracias al jesuita Andrés Bianchi.
         Sabe que no es así, porque ello supondría una aberración de la cronología, pero se pregunta si los elevados panteones del XIX y principios del XX no serán, como plantas que compiten por la luz, émulos de las altas torres de departamentos (otra palabra de aquí, por pisos) que bordean el camposanto, calles de Vicente López, Junín o Azcuénaga o limítrofes, allende los altos tapiales de ladrillo que recuerdan, aunque con menos cipreses tras de ellos, a los de la también fúnebre isla de San Michele en Venecia.
         Del Barrio de la Recoleta se le fija en la retina la imagen de los paseadores de perros, que pueden llegar a llevar -disciplinados y felices, dándole lametones al rostro lavado de la mañana- hasta una veintena en la traílla. También, buenos portales con mucho mármol, y colegiales uniformados, y tiendas elegantes, y comercios de ultramarinos con fiambres y quesos como sólo es posible ver en España e Italia.




       La tarde la dedica a recorrer en colectivo diferentes barrios, y pasa por San Telmo, el Parque Lezama, cerca de donde divisa una parrilla sugerentemente bautizada “Hasta el huesito” a la que se promete volver cuando apriete el hambre, y llega, por calles muy depauperadas, a la Boca. No es aficionado al fútbol, pero no puede sustraerse a su influjo, y aquí lo tenemos en los aledaños de la Bombonera, el estadio del Boca Juniors, pintado de amarillo y azul, los colores del club, se cuenta que por el azar de que un buque sueco pasó por delante de los fundadores del –estibadores, gente del puerto- que no sabiendo qué colores escoger como propios decidieron adoptar los del primer barco que pasara.

         Por Don Pedro de Mendoza, avenida que recibe su nombre de quien fundara la ciudad en el 1536, llega, con sus paradas de variopintos colectivos y taxis negros y amarillos, a la Vuelta de Rocha, la pequeña bahía a la que se asoma Caminito. Estas calles las patea, se impregna del humo con carbonilla de los asadores, sorteando a los pregonadores de sus excelencias, y arrastra su sombra por paredes pintadas con el rostro engrandecido, como de dios que para muchos es, de Diego Armando Maradona. También camina entre carteles con los idiosincráticos fileteados, ese abigarramiento porteño con colores chillones, flores, líneas enrevesadas y cornucopias del que uno de sus artífices afirmó que “si  Discépolo dijo que el tango es un sentimiento triste que se baila, el filete es un pensamiento alegre que se pinta”. Muchas veces llevan leyendas, frases, que recuerdan a las de los botijos o los platos de alfarería festiva, ingenios gnómicos, sapienciales, paremiológicos. Algunos, por lo general breves, perviven en ciertas líneas de colectivos, como memoria de los carros de tracción animal que recorrían los suburbios. Jorge Luis Borges se ocupó de esto en “Las inscripciones de carro”, páginas recogidas en su Evaristo Carriego, donde ya en 1930 se confesaba “cazador de esas escrituras”. Él recopiló algunas: No tengo apuro, El lecherito del porvenir, Hasta Mañana, Qué habrán hecho tus ojos o Qué le importa a la vieja que la hija me quiera. Siempre los glosa oportunamente: “Qué mira, envidioso tiene algo de mujerengo y de presumido”, dice.
No se adentra sin embargo el viajero por las zonas consideradas inseguras de la Dársena Sur y el maloliente canal del Riachuelo, al pie de los pilares de la autopista La Plata-Buenos Aires que luego, de anochecida, recorrerá en taxi, el último que quedaba en la parada y a cuyo chófer casi abraza con alivio. Le han prevenido que no se aleje demasiado del cogollo turístico, e intenta en lo posible no obedecer la orden sin por ello poner en demasiado peligro su integridad. Sabe que, aunque una balsa de aceite en comparación con otras ciudades sudamericanas, Buenos Aires tiene un creciente problema de seguridad, que salta de continuo a los periódicos y a los noticiarios de la televisión, donde existen canales especializados en el seguimiento de sucesos durante las veinticuatro horas del día. Él mismo podrá dar fe de ello las semana venideras, y ya esa misma jornada.
         La víspera han matado a otro policía, y van tres en cinco días. Ha sido en la Villa 31, un lugar que como un cáncer le ha crecido a Retiro, en el que nadie quiere meterse a no ser que sea (y rara vez lo es) estrictamente necesario. Al agente de la Federal, que participaba en un operativo, le dispararon en la cabeza cuando perseguía a dos sospechosos. Fue evacuado al hospital en helicóptero, donde fue atendido, pero no se pudo hacer nada por su vida. Pocas horas antes, en Florida, un agente intentó detener a unos ladrones que habían entrado a robar el taller mecánico al que había llevado a reparar su auto. Éste recibió los disparos mortales en el cuello y en el pecho.
En el tiempo que esté en Argentina se acostumbrará a esas muertes de policías, muchas veces cuando estaban en un café o en una tienda que eran asaltados. El país está conmovido también estos días por el caso de Carolina Píparo, una mujer de 34 años herida en una salidera bancaria a finales de julio (se llama salideras a los atracos de los que son víctimas las personas que acaban de retirar dinero de los bancos, y para ello el procedimiento de los atracadores es el de “marcar” a los clientes). Aún no sabe que su bebé, Isidro, recién nacido mediante una cesárea de urgencia cuando ella a duras penas convalecía, ha muerto hace tres días.
Pero la Boca, durante el tiempo que él la pise, está tranquila. Hay vigilancia, bares vistosos y repartidores de propaganda de casas de comidas y espectáculos de tango, no en vano se dice que aquí se originó este género que alcanzó la perfección con Gardel. Borges, que dedicó páginas ensayísticas al esclarecimiento del nacer del tango, pudo fijar que independientemente del lugar exacto (hay quien aboga por Montevideo, y quien lo hace por el Rosario) la fecha hay que buscarla alrededor de 1880, y el ambiente en el prostíbulo.
Con música de Juan de Dios Filiberto y letra de Gabino Coria Peñaloza, “Caminito” es uno de los más conocidos tangos, y el nombre del más emblemático callejón de La Boca: paredes y tejados de cinc pintados de azul, amarillo, verde, con los colores chillones de los que se sirve el pobre para dar una mano de alegría a su vida gris, a su tristeza. Los emigrantes genoveses concedían a las fachadas el sobrante de la pintura empleada en las barcazas, y aunque ya no se oyen las tarantelas como antaño ni se mal descifra el dialecto que trajeron, y han desaparecido, como de Cádiz, hay una calle que evoca la huella itálica: Garibaldi. Y en los balcones, vieja ropa tendida que casi, casi, podría ser del siglo XIX. Y, ya puestos, de la isla de Burano, donde tampoco faltan prendas asidas a cordeles, ni casas multicolores como las de aquí.




Pondré que avista numerosos carteles pintorescos: como el trazado con brocha gorda que señala el emplazamiento de la Agrupación Peronista Descamisados de Evita (en todo el barrio, y quizá en el conjunto de Buenos Aires, hay muchos clubs sociales y deportivos), o el que remata la fachada de cinc del “Centro Cultural de los Artistas. República de la Boca, Caminito”, y sobre el cual, en un balcón que se adivina frágil y de atrezzo, se asoma una imagen de Carlos Gardel como un monigote de Fallas, en Valencia, tocado con sombrero y su inconfundible y vasta sonrisa. Al pie, conventillos donde laboran y venden pintores y artesanos. Algún rótulo ostenta la rúbrica del artista que lo pintó, como el A. Genovese que firma el del Café Havanna. Bajo este rótulo, a duras penas se libra del estrangulamiento entre los cables que cuelgan en duradera provisionalidad con alcayatas de las paredes otro más pequeño, adhesivo y ya algo despegado, y sin fileteado alguno, de Prosegur: “Conectada con Central de Alarmas”. También hay aquí y allá algún luminoso de la cerveza Quilmes, con los colores de la bandera nacional, albiceleste.

4 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Pues te jaleo

José Miguel Ridao dijo...

Yo también me sumo al jaleo.

Teresa J. dijo...

Me encantò el post,yo tambièn estuve por esos lugares ,Argentina es un pais que valio la pena conocer.Besos.Teresa J.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias por el "jaleo". Sigue, pues, la serie.