jueves, 17 de enero de 2013

Diario austral (VI)



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Martes 10 de agosto

Emprende X (así podemos llamarlo de ahora en adelante, para ahorrarnos otros epítetos) camino a La Chacarita, el cementerio en que están enterrados Carlos Gardel y, desde ayer, extraído el plomo para los análisis de balística, los dos jóvenes policías recién asesinados. Sobre el plano de la ciudad parece posible ir a pie, cuadra tras cuadra, hasta allí. Pero el papel engaña, o la escala: cuando ya lleva una hora de caminata, comprueba que aún dista bastante de llegar, y decide entonces tomar un taxi en la avenida Scalabrani Ortiz, ya en Palermo. En este momento lo ignora, pero Palermo Viejo, con su mítico nombre acariciado, con sus esquinas, está justo ahí atrás.
         Entre cuadras de casas generalmente bajas, interrumpidas de vez en cuando por la irrupción de un géiser de cemento, el taxi llega a la entrada principal de La Chacarita. Hay muchos comercios y sitios populares de comidas en torno al cementerio, y puestos de flores, como es propio de un lugar de estas características, proclive al crisantemo. La tumba de Gardel queda a la izquierda, en una confluencia de dos calles a a la que tarda en llegar porque, como es natural, pierde el rumbo. Hace frío, pero no es extremo: la mínima prevista para hoy son ocho grados. Entra en calor de nuevo, paseando hacia la sepultura.
         La Chacarita, como tantas partes de Buenos Aires, se creó como consecuencia de la epidemia de fiebre amarilla de 1871, la misma que desplazó a la población pudiente al noroeste de la ciudad. Por aquellas fechas hubo muchos sepelios de personas afectadas por la enfermedad, y en La Chacarita no se daba abasto. Camino de la de Carlos Gardel, los pasos lo llevan junto a la tumba de Jorge Newberry, el aviador que da su nombre al aeroparque dedicado a los vuelos nacionales. Newberry murió en un accidente aéreo en 1914, como Gardel en 1935 (por más que el mito y algunos irreductibles quieran aún que éste no muriese en el percance que le tocó afrentar y, desfigurado, permaneciera oculto hasta el final de sus días). Con Gardel se fue también en aquel accidente de Medellín Alfredo Le Pera, autor de “Mi Buenos Aires querido” o “El día que me quieras”.
         Cuántas veces habrá escuchado los viejos tangos, cuántas veces no los habrá hecho coincidir en una esquina de su sensibilidad con un sucedido propio, con una pena de amor que sólo halla su más exacta expresión en el canto, no tanto sentimental como de varonil refreno. Poseía en tiempos alguna grabación en vinilo, negro y brillante como el cabello engominado de Gardel, y luego reunió cintas de cassette, esa arqueología musical tan remota como la palabra magnetófono. Hoy lleva en el teléfono móvil (en el celular, sigamos empleando las voces de aquí) una cuarentena de tangos cantados por el único. Son grabaciones poderosas. Emocionantes.
Como Borges se hizo eco, la gente no ha dejado de tenerlo en alta estima, acrecentada incluso con los años. Lo que él refiere es de uso común, pero muy hermoso y cierto, nada cliché: “¡Ese Gardel! Cada día canta mejor.” Recibe los apodos de “El bronce que sonríe” y “El Mudo”. También el de “El Zorzal criollo” o también, por su pelo moreno, “El Morocho del Abasto”, su barrio. Estremece pensar que en 1915 recibió un disparo en una reyerta a la salida del Palais de Glace (muy cerca del hotel de la calle Guido) y que siguió cantando veinte años, hasta su llorada muerte, si tal hubo, con una bala alojada en el pulmón izquierdo.


Sobre la tumba, y enmarcada por dos paredes blancas en ángulo recto, una escultura en cuya mano siempre reposa un cigarrillo o una flor. Esta mañana, un clavel rojo que luego un golpe de viento hará caer y cuatro colillas de boquilla rubia, que hacen recordar inevitablemente “Rubias de New York”:

Mary, Peggy, Betty, Julie,
rubias de New York,
cabecitas adoradas
que vierten amor.

 En torno, decenas de placas de bronce con todo tipo de homenajes, lo mismo de entidades de México, Uruguay o Ecuador (radios, peñas, asociaciones) que de individuos. Las de éstos son a menudo exvotos. Una reza: “Gracias Carlitos por los favores recibidos”. Otra detalla el motivo del agradecimiento: “Gracias Carlitos por la pensión”. Las hay dedicadas a Doña Berta, su madre, venerada como una Virgen María del nuevo rito. Las hay barrocas, sencillas, en forma de corazón, con bajorrelieves. Con frac y pajarita, Gardel sonríe, más morocho que nunca.
Menos conocido es que también en La Chacarita están enterrados los poetas Alfonsina Storni o Evaristo Carriego, autor de La canción del barrio. Alguien que dedicó una monografía a Carriego, Borges, compuso sendos poemas sobre los dos más importantes cementerios bonaerenses. Sobre la Recoleta escribió: “Crece en disolución bajo los sufragios de mármol / la nación irrepresentable de los muertos.” Y a propósito de La Chacarita:

Trapacerías de la muerte -sucia como el nacimiento del hombre-
siguen multiplicando tu subsuelo y así reclutas
tu conventillo de ánimas, tu montonera clandestina de huesos
que caen al fondo de tu noche enterrada
lo mismo que a la hondura del mar.

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