martes, 22 de enero de 2013

Diario austral (VII)



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Al mediodía pasa por el hotel y se entera de que cuando caminaba a La Chacarita se ha producido un asalto con toma de rehenes a muy pocas cuadras de por donde ha pasado. Los delincuentes entraron en el 1945 de Aráoz, en Palermo, cuando a primera hora de la mañana Dora, la portera, limpiaba la vereda, y retuvieron a varios miembros de una familia hasta entregarse bastante horas después.
También se entera de que, mientras, a pocas cuadras de allí y con todo el despliegue policial que contempla en la televisión, dos delincuentes en motocicleta, motochorros los llaman, aprovecharon para asaltar a un matrimonio en una salidera bancaria. El suceso tuvo lugar sobre el mediodía, cuando la pareja con una niña de tres años retiró dinero de una sucursal del banco Santander Río situada en las inmediaciones de Corrientes y Aráoz. Desde allí la familia se dirigió a una inmobiliaria ubicada en Acevedo y Velazco, pero fue interceptada por los ladrones. Éstos ladrones les arrebataron el dinero y huyeron a toda velocidad.
Visita las librerías de la calle Florida y las de Corrientes, que cumpliendo con la convención, “ya no son lo que era”, y a continuación rinde viaje El Ateneo Grand Splendid, en la Avenida Santa Fe a Callao: el antiguo teatro y cine convertido en establecimiento del ramo, que pasa por ser uno de los más hermosos del mundo. Algo tiene de eso, con su patio de butacas transformado en gran sala de venta y lo que fue la zona de palcos forrada de volúmenes. Comprueba la arbitrariedad de sus fondos: hasta seis ejemplares de algún título de quimérica venta (aunque deseable, porque es de un amigo) y, por el contrario, ausencias pasmosas. En poesía, por ejemplo, colecciones completas de las dos editoriales más conocidas del ramo pero nada de otra no menos importante y una de cuyas colecciones se llama nada menos que “La Cruz del Sur”, con pie que ostenta la terna “Madrid, Buenos Aires, Valencia”. En el antiguo escenario funciona una cafetería, donde se detienen lo mismo turistas que hombres de negocios. Alguna vez suena el piano. Compra un número de Proa, el 12, que incluye las primeras entregas de la publicación. Y recuerda “El espectro”, uno de los mejores cuentos de Horacio Quiroga, en el que los protagonistas, después de muertos (nada desvelo, porque ya se dice en su tercer párrafo), acuden todas las noches a ver películas que guardan un secreto de íntimo significado para ellos: “Todas las noches, en el Grand Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos cinematográficos. Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido introducirnos, a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro. Allí, desde uno u otro palco, seguimos las historias del film con un mutismo y un interés tales, que podrían llamar sobre nosotros la atención, de ser otras las circunstancias en que actuamos.”
A última hora de la tarde cumple con uno de los objetivos del viaje: rendir homenaje a los caídos de la Guerra de las Malvinas, en la Plaza San Martín, paradójicamente frente a la torre apodada de los Ingleses. Ya contó en un libro anterior, Las ciudades del hombre, cómo el conflicto del Atlántico Sur cambió su biografía: fue, en aguas gélidas, la tabla a la que se aferró para cambiar la que pudo haber sido su vida, gris como aquel mar encrespado. Aquellos sucesos, su implicación en ellos, la atención que les prestó, fueron bienvenidas tempestades que lo sacaron de sus anodinos estudios de abogado.
El 2 de abril de 1982, comenzando el decisivo tercer trimestre del curso, matriculado él en 1º de Derecho, sorpresivamente los argentinos desembarcaron en lo que los británicos llaman Falkland Islands. Éstos últimos tomaron por la fuerza el archipiélago en 1833, y habían mantenido la soberanía hasta esa fecha, bien que los argentinos nunca reconocieron esa titularidad impuesta. Fue la invasión una válvula de escape de la Junta Militar para distraer la  atención de la situación interna por que atravesaba la Argentina: no sólo el sojuzgamiento por la feroz dictadura, sino también una recesión económica y una inflación rampante. Envalentonados por informaciones que apuntaban a que los británicos no responderían con vigor a una invasión a tan gran distancia de su territorio nacional, en lo que parecería la última de sus guerras coloniales, la Junta comandada por Galtieri decidió dar el paso (el traspiés, como se vio más tarde). En tres días culminaron las operaciones y los británicos, en considerable inferioridad numérica, que se habían rendido fueron repatriados a través de Montevideo.
España, la España que llevaba décadas reclamando la devolución de Gibraltar, tuvo la nada gallarda postura de abstenerse (en vez de votar abiertamente no) en la votación de una resolución de las Naciones Unidas que exigía a la Argentina la retirada del archipiélago ocupado. El 5 de junio, pese al lema de campaña “OTAN, de entrada no” esgrimido por el PSOE, el partido gobernante, España entra en la Alianza Atlántica como aliada del Reino Unido. Estados Unidos cerró filas con su antigua metrópoli y a partid de la independencia  aliada de siempre, y Chile favoreció también a los británicos, pues sabía de las intenciones argentinas sobre las islas disputadas del Canal Beagle, que a punto estuvieron de provocar una guerra entre los dos países poco antes, en 1978.
Thatcher envió la Task Force. Y fue entonces el imperio de los misiles Exocet (una palabra que en aquellos días sonaba constantemente en los telediarios) y las cargas de profundidad y los aviones Harrier. Para él fue una prolongación tardía de su infancia de sus juguetes bélicos y dioramas. El 2 de mayo día, que en España se conmemora el alzamiento contra los franceses en la Guerra de la Independencia, fuera de la zona de exclusión establecida por los ingleses el viejo crucero General Belgrano fue hundido por el submarino de propulsión nuclear HMS Conqueror. Murieron 368 argentinos y más de 700 fueron rescatados de las gélidas aguas. Luego, la otra parte echó a pique el destructor Sheffield. El 14 de junio los británicos retomaban Stanley (hasta ese momento y durante semanas rebautizado como Puerto Argentino). En su querencia por Argentina, no hizo mella en X el nombre artúrico de dos de los buques británicos, el Sir Galahad y el Sir Tristram, que resultaron hundidos durante la guerra. Eran éstos buques logísticos de desembarco de una clase conocida como Tabla Redonda (sus buques hermanos eran el Sir Bedevere, el Sir Lancelot, el Sir Geraint y el Sir Percivale). Él empezaba a escribir poesía por entonces, y en un cuaderno cuadriculado pergeñó este soneto, que si no poético tiene cierto valor documental:


A LOS MUERTOS DEL “GENERAL BELGRANO”

                           Más que afligirse ya, mi pecho rabia,
                           y más que ser hoy muertos sois simiente.
                           El mar helado acoge en vuestra muerte
                           sangre fértil y renovada savia.

                           El mismo pirata, aunque su arma cambia,
                           ahora os ha devuelto al mar rugiente,
                           el mar de nuestras patrias frente a frente:
                           Palos es Comodoro Rivadavia.

                           Es tanta y tan urgente la impaciencia
                           por ver vuestra victoria que presiento
                           triunfar justa y fatal vuestra inocencia,

                           ver la bandera de Belgrano al viento
                           —dichosa imagen su única presencia—
                           de Drake o de la Thatcher escarmiento.

Incluso oponentes a la dictadura militar, como Ernesto Sábato, apoyaron entonces la toma de las Malvinas, que actuó como aglutinante de la sociedad argentina hasta que la rendición trajo una virulenta respuesta, que contribuyó a la rápida caída de la Junta.
Como en el juego de los barcos, X tenía trazado -si no en papel, en la imaginación- un mapa de la región, por el que iban evolucionando barcos y aviones y tropas terrestres transportadas, por ejemplo los orientales gurkas o los Royal Welch Fusiliers (en cuyas filas sirvió en la Primera Guerra Mundial Robert Graves, un poeta al que traduciría años después) .
Fogwill escribió aceleradamente, como una descarga de ametralladora, su novela Los pichiciegos en 1982, en plena guerra. Sin duda es la más poderosa de las  que se han escrito sobre el conflicto: un grupo de desertores argentinos sobrevive como un ejército de pícaros trapicheando con los británicos. No es una epopeya, y sus protagonistas se enganchan en el poco planchado, y sucio, banderín de los antihéroes. “Esa tarde, creo que fue el primer martes de mayo del 82, al llegar a la casa encontré a mamá y a la empleada que la cuidaba pegadas al televisor y mamá me recibió gritando entusiasmada:

—¡Hundimos un barco...!

Ni la imagen de decenas de ingleses violetas flotando congelados, que de alguna manera me alegraba, pudo atenuar el horror que me producía el veneno mediático inoculado a mi familia.

Entonces volví a mi pocilga, escribí la frase "mamá hoy hundió un barco" con la que di por terminada para siempre mi fallida novela romana, cargué otra hoja de papel en la IBM y doce horas después había completado la mitad del relato de Los Pichiciegos.
A los veteranos de la guerra nunca se les reconoció como debía. Murieron 649 militares en combate, pero más de 350 supervivientes se suicidaron después, incapaces de afrontar la nueva realidad, que incluía cicaterías y miserias para con ellos. El otro día supe de un tripulante del General Belgrano que perdió las dos piernas y ni siquiera tuvo el “privilegio” de disponer de una mala silla de ruedas.


Pero devuelvo a X al Buenos Aires del invierno de 2010. Ahora estaba en el cenotafio, una larga pared con los nombres grabados de las bajas argentinas, dispuestos al modo cómo se conmemora en el cementerio de Arlington a los caídos estadounidenses en la Guerra de Vietnam. Placas de mármol negro con los nombres (apellido y nombre) en blanco, fijadas en un muro de cemento rojo, ante el que siempre hay un soldado de guardia hasta que a la tarde se arría la bandera. Genealogía andina, vasca, italiana, española: Indino y Quilahueque; Arrascaeta, Olariaga; Romano, Scaglione; Díaz, González… También él disparó, si no descargas de honor, casi dos decenas de fotografías en el lugar. Con su anorak rojo parecía mimetizarse con el monumento. Y las siluetas de las dos islas en piedra, la recortada imagen de su propia mente escindida, bipolar y seguramente esquizofrénica (sobre lo que tendría certeza si no temiera ahondar en ese conocimiento).
Más desasosegante resultó, tras ver el monumento, el campamento de los veteranos en la Plaza de Mayo. Las pancartas iban firmadas por los veteranos de Despliegue Continental al sur del paralelo 42º. “Memoria. Justica sin olvido”, decía una. Otra pedía “Basta de falsos ex combatientes. Limpien el padrón”. Una tercera, “Reconocimiento e inclusión, ¡ya!”. Las había de la Aviación Naval y de la Infantería de Marina. También, del Regimiento de Infantería Mecanizada 24, de Río Gallegos.

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